The nothing box

Quizás recuerden el monólogo de Mark Gungor en el que describe con ironía las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. En él explica que el cerebro de los hombres tiene una caja específica e independiente para cada cosa: una para el coche, otra para la casa, una para la familia, otra para el trabajo… y así para cualquier tema, mientras que en el femenino todo está interconectado y relacionado. El funcionamiento del cerebro masculino es muy sencillo, cuando necesita pensar en algún tema acude a su caja correspondiente, entra en ella y lo analiza al margen de todas las demás. Sin embargo, a pesar de tener una caja para cada cosa y cada cosa en una caja, algo que le da una gran potencialidad a la hora de resolver los problemas, el autor destaca que la caja más importante de ese cerebro masculino es la “nothing box”. Sí, una caja vacía llena de nada a la que se acude como refugio o escondite cuando surgen problemas que no se pueden resolver desde alguna de las cajas sencillas o cuando predomina el estrés.

Y claro, una sociedad machista construida a imagen y semejanza de los hombres, ha adoptado el modelo masculino de reflexión y toma de decisiones. Y para ello cuenta con una especie de cajas específicas donde sitúa cada uno de los temas sociales, de manera que cuando se tiene que resolver un problema relacionado se acude a la caja correspondiente. Así, por ejemplo, ha creado una caja para la economía, otra para el paro, una para la inmigración, otra para la educación, una para la sanidad, otra para la ordenación territorial… y bajo ese criterio crea todas las que sean necesarias para que no haya problema sin caja a la que ir ante las diferentes cuestiones que se suscitan en el día a día.

Sin embargo, al igual que le ocurre al cerebro masculino, en esta sociedad machista y en la política que aborda los problemas que surgen en ella,  cuando lo necesita recurre a la “nothing box”. Una caja vacía a la que se llega para esconderse de la realidad y soñar con tiempos pasados o momentos por venir bajo la luz de los símbolos, pues en la oscuridad de la caja hueca son ellos la única vía de dar forma a la imaginación, y de hacer que en esa nada encajada adquiera apariencias de verosimilitud.

La estrategia también es simple, primero se reduce a nada todo lo que se hace, bien porque lo hecho hasta el presente no gusta y se dice que “no vale nada”, o bien porque lo que se plantea no se comparte y se afirma que “no servirá para nada”,  después se abre la caja de los truenos de la “nothing box” para dar salida a su imaginación y se habla de racismo, de machismo, de xenofobia, LGTBfobia…

El problema para quienes prefieren acudir a la “nothing box” es que olvidan que la realidad es todo lo que sucede fuera de ella mientras ellos están en su interior, por eso cuando se asoman al salir se muestran desorientados y desfasados en un tiempo que no ha parado de suceder. Esta es la razón, volviendo al monólogo de Mark Gugor, por la que se hace tan importante tomar como referencia el modelo de cerebro femenino que plantea en su charla. Un modelo repleto de interconexiones que permiten relacionar cada una de las cuestiones individuales con todas las demás, para darle un sentido global a la realidad con su diferente problemática, y a la convivencia desde la pluralidad. Y todo ello, como dice el autor, movido por la energía de las emociones, a la cual yo también añadiría la de la Igualdad, única forma de no caer en la trampa de la “nothing box”.

La solución, como se puede ver, es sencilla, quien busque respuestas en la “nothing box” encontrará la nada como salida, por mucha resonancia y por mucho eco que sea capaz de producir el sonido hueco de sus palabras. Al final sólo es el quejido de la “nothing box” en una sociedad que necesita el compromiso común para mejorar la convivencia sobre el respeto y la diversidad, no crear cajas vacías o llenas de nada.

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Hombres al borde de un ataque de nervios

Muchos hombres están de los nervios, eso de ver cuestionados sus privilegios y de poner en evidencia que toda su fortaleza, racionalidad, entereza, criterio y valor era el cuento que ellos mismos habían inventado para impedir que las mujeres pudieran demostrar que era falso, lo llevan fatal y no saben muy bien qué hacer. Por eso mientras que muchos hombres, conscientes de esa injusticia, están saliendo del redil de la desigualdad, otros prefieren vivir acorralados en el machismo y desde allí tratar de lanzar sus mensajes y agresividad para mantener sus posiciones de poder.

Es un ejercicio de resistencia y contraataque.

Y el último ejemplo lo hemos visto en las reacciones a las críticas a la sentencia del Tribunal Supremo, que obliga a una madre y a sus hijos a abandonar el domicilio donde vivían tras la separación, por haber iniciado una relación de pareja con otro hombre. Nada nuevo, salvo la decisión del Supremo, puesto que se trata de una antigua reivindicación del machismo después de fracasar en su estrategia de control histórica. No olvidemos que todo esto viene de una realidad en la que la ley obligaba a las mujeres a pedir permiso al marido para cualquier cosa que hicieran en la vida pública. La misma realidad en la que les resultaba prácticamente imposible divorciarse  hasta que llegaron las llamadas “leyes de divorcio no culpable” en los 70, pero después, aunque lograban divorciarse, su vida seguía dependiendo de su ex marido porque él decidía cuando y cuánto dinero pasar para que sus hijos pudieran cubrir las necesidades básicas, una situación de abuso tan evidente y grave que se tuvo que desarrollar una normativa específica para obligar a pagar lo que sólo era parte de la responsabilidad de esos “buenos padres”. Pero como la situación no era un problema de legalidad sino de mentalidad, esos “buenos padres” inventaron estrategias para seguir hasta hoy sin pagar lo que se derivaba de sus responsabilidades, por eso han utilizado otras vías para continuar con el control de las mujeres y castigarlas por su decisión de separarse, sin importarles el daño causado a sus hijos.  

Por eso ahora están tan contentos de que el Tribunal Supremo les “haya dado la razón”, y se ponen tan nerviosos cuando se critica esa decisión y, sobre todo, su significado. Gracias a esa sentencia pueden volver a mandar un mensaje de fondo muy claro y directo hacia sus ex mujeres: “Si te quedas en casa cuidado de mis hijos no tendrás problemas, pero si metes a otro hombre en casa te irás a la calle con tus hijos”.

Esas referencias demuestran que muchos hombres construyen la familia sobre la idea de posesión, no sobre el compromiso, la responsabilidad y el amor,  de lo contrario no tendría sentido que la decisión para que sus hijos y la ex mujer salgan de la casa se base en que ella inicie una nueva relación de pareja. Es la idea del “tú eres mía o de nadie”trasladada a la familia y resuelta de diferente forma, pero siempre bajo el criterio de la posesión y de la legitimidad para “romper” aquello que consideran propio.

Las consecuencias para los hijos y las hijas es una especie de “daño colateral” del que siempre será responsable la madre por meter a otro hombre en la casa. Es el argumento habitual de los hombres y su Derecho para resolverlo todo con la culpa de las mujeres, y en este caso si ella no hubiera metido a nadie en casa sus hijos seguirían viviendo en ella. Ocurre como en la violencia de género, en la que a pesar del daño que sufren los hijos e hijas por vivir en ese contexto donde el padre maltrata sistemáticamente a la madre, la mayoría de las veces delante de ellos, como demuestran los estudios, el último de ellos la tesis doctoral “Menores y violencia de género: Nuevos paradigmas”, defendida el 30-11-18 por la ya doctora Paula Reyes y dirigida por la catedrática Juana Gil, el Derecho y la Administración de Justicia miran para otro lado y son capaces de “abstraer” de ese hogar violento a los niños para decir que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”y otorgar custodia y visitas sin problema. Y si los niños y las niñas se rebelan frente a esa decisión y no quieren ver al padre maltratador, pues tiran de manual, echan la culpa a las madres y les aplican el inexistente SAP (Síndrome de Alienación Parental).

Que el 83% de las familias monoparentales sean “monomarentales”, es decir, formadas por madres y sus hijos e hijas, parece que no significa nada, como tampoco parece tener nada que ver a la hora de que las mujeres tengan menos independencia y oportunidades el contexto social que las lleva a sufrir más paro, a ocupar los trabajos peor pagados y más precarios, a soportar la brecha salarial, y a que sean ellas las que reduzcan sus jornadas laborales o pidan excedencias para cuidar a sus hijos. Todo ello bajo unas circunstancias en las que desde siempre los hombres han intentado controlar a las mujeres impidiéndoles y dificultándoles la libertad a través del divorcio, como hemos explicado antes. La sentencia del Supremo es plenamente coherente y consecuente con este escenario, porque este escenario es el machismo. El machismo es cultura, no conducta.

Y por eso dice tanto ese nerviosismo violento de los hombres cuando ven que se critica una decisión como la recogida en la “sentencia suprema”, porque en el fondo observan, una vez más, cómo queda al descubierto toda su estrategia de poder e injusticia que les hace disfrutar de los privilegios auto-otorgados, y poder decir cuando las mujeres se enfrentan a ella que lo hacen para quitarles “la casa, los niños y la paga”.

 

La casa por el tejado

El Tribunal Supremo ha resuelto que una madre y sus hijos abandonen la casa donde vivían tras el divorcio, porque en ella vive también su nueva pareja. Argumenta que el domicilio donde antes vivía con su exmarido deja de ser “familiar” cuando se forma una nueva relación de convivencia.

La sentencia responde a una demanda histórica promovida fundamentalmente por padres que tras el divorcio no aceptaban que sus exparejas rehagan su vida afectiva, y que entienden la separación como un nuevo escenario de control y poder sobre la mujer, para lo cual es importante que sea ella quien tenga la custodia de los hijos e hijas, puesto que consideran que actúa como una dificultad para rehacer sus relaciones afectivas.

Esta percepción clásica ha cambiado bastante, pero las ideas que la sustentan no tanto. Quizás muchos de los que ahora se felicitan por la decisión del Supremo desconozcan la evolución seguida en esta materia, y no recuerden una época no muy lejana cuando los exmaridos se negaban a pagar la pensión por alimentos y no había manera en la práctica de actuar contra ellos. Después la ley cambió para obligarlos y facilitar el embargo de sus cuentas o bienes si no lo hacían, pero muchos de ellos, en lugar de entender su error, lo que hicieron fue simular que estaban en paro, cobrar de manera “no visible”, justificar un salario inferior para pasar menos cantidad de dinero… todo lo que hiciera falta menos asumir sus responsabilidades como padres, una situación que no ha desaparecido en la actualidad. Y claro, para todo ello el argumento no puede ser que les importa muy poco que sus hijos tengan dificultades, sino que se justifican al decir que lo hacen porque “la mala de su exmujer”  se gasta su dinero en zapatos, ropa o con su nueva pareja.

Si tenemos en cuenta estos antecedentes y la estrategia que sigue el machismo para ocultar la realidad de la violencia de género, al tiempo que busca imponer la custodia compartida en cualquier circunstancia y de espaldas al interés de esos hijos e hijas, que según dicen es lo que les mueve, la pregunta que surge es sencilla. ¿Si no fueran mujeres quienes están a cargo de la mayoría de las familias tras la separación, habría sido igual la sentencia del Tribunal Supremo?

Según la Encuesta Continua de Hogares de 2017, realizada por el INE, hay 1.529.900 familias formadas por madres y sus hijos e hijas, frente a las 312.600 constituidas por padres con sus hijas e hijos; es decir, el 83% de las familias monoparentales en realidad son “monomarentales”. Y esto no es por casualidad.

Desde el machismo se dice que en los Juzgados se les da la custodia a las madres “de forma automática” “por ser mujeres”, cuando en realidad las decisiones judiciales se adoptan en interés del menor a partir de la experiencia y de las responsabilidades asumidas durante la convivencia por cada uno de los progenitores. La paternidad empieza durante la convivencia, no tras la separación, y además de las averiguaciones judiciales que se realizan en cada caso, todos los estudios demuestran que, cada día, las mujeres dedican más tiempo que los hombres a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos e hijas, lo mismo que son ellas las que piden reducción de jornada para esas tareas de cuidado, y solicitan días u horas libres para poder atender situaciones imprevistas relacionadas con la educación o la salud de los niños y niñas. Y todo eso sucede cada día, es decir, todos los días, no sólo cuando se produce la separación.

No deja de sorprender que los argumentos del machismo cuestionen la violencia de género cuando se dice que las mujeres son maltratadas y asesinadas “por el hecho de ser mujeres”, que nieguen el acoso cuando son hostigadas “por el hecho de ser mujeres”, que duden de la discriminación y la brecha salarial cuando se demuestra que les ponen dificultades y les pagan menos “por el hecho de ser mujeres”,o que ataquen las políticas de acción positiva para corregir su infra-representación en puestos de responsabilidad debido a los obstáculos y exigencias que les hacen “por el hecho de ser mujeres”. Para el machismo esa referencia de que determinadas conductas y situaciones se producen “por el hecho de ser mujeres” les resulta una tontería o una simpleza, pero en este caso son esos mismos argumentos machistas los que dicen que en los juzgados les entregan la custodia de los hijos y de las hijas “por el hecho de ser mujeres”. Nada coherente, como el machismo mismo, pero ya se sabe que la “palabra de hombre” siempre tiene el acompañamiento de la credibilidad.

Por eso no deja de sorprender el razonamiento de la sentencia del Tribunal Supremo, pues da la sensación de que más que mirar por el interés de los menores en verdad refleja ese malestar hacia la mujer que rehace su vida e inicia una nueva relación de pareja, y la “comprensión” del mosqueo del hombre que ve que todo eso sucede “en su casa”. Si el padre tiene una responsabilidad con sus hijos e hijas y como consecuencia de ella ha de pasar una cantidad de dinero para su cuidado y necesidades, el hecho de que la mujer viva o no con su pareja en el mismo domicilio es intrascendente sobre las responsabilidades del padre. Y si el padre, como consecuencia de que la decisión judicial que ha otorgado el uso del domicilio a la madre por ser ella quien obtiene la custodia, tiene que buscar una nueva residencia y asumir un alquiler, además de pagar la hipoteca de una casa que es suya, aunque ahora la usen sus hijos y su madre con ellos, también es independiente de que la pareja de la mujer viva en la casa o no.

Aunque todas estas situaciones tras las separaciones y divorcios han de resolverse mejor, no lo dudo, lo que resulta sorprendente es que se traten de presentar como consecuencia de la “maldad de las mujeres”, y que se vea a la Igualdad como responsable de la “injusticia” que viven los hombres. La Igualdad es la solución, no el problema, si los padres asumieran sus responsabilidades en igualdad desde el principio, dedicaran el mismo tiempo que las madres al cuidado y al afecto, dieran prioridad a sus hijos e hijas sobre otras responsabilidades del trabajo o de ocio… la custodia la tendrían ellos, bien de manera exclusiva o de forma compartida, sin necesidad de imponerla, tan sólo continuando con lo que hacían durante la convivencia.

Que el 83% de las familias formadas por un solo progenitor con sus hijos e hijas las formen las madres no es casualidad ni producto del azar, sino la consecuencia de una sociedad impregnada por la cultura del machismo que lleva a los resultados que luego critican sin pararse a cuestionar las causas. Resolverla exige levantar la Igualdad desde los cimientos de la identidad y la convivencia, no empezar la casa por el tejado.

 

Machismo aleatorio

Celia Barquín Arozamena, la joven golfista española asesinada cuando entrenaba en el campo de golf de la Universidad de Iowa, lo fue por “mala suerte”. Es lo que ha declarado el sheriff del condado al calificar el homicidio como un “crimen aleatorio”.

Las palabras del sheriff Geoff Huff reflejan muy bien cómo el machismo ha logrado levantar un marco de significado alrededor de la violencia de género, desde la amenaza al homicidio, que resta transcendencia a cada uno de los casos y gravedad al conjunto de toda la violencia dirigida contra las mujeres. De ese modo, esta violencia queda situada en una serie de circunstancias particulares y de factores individuales, que permiten integrar su dramática realidad sobre esos “hechos aislados” sin cuestionar el machismo común a cada uno de ellos.

Esa es la trampa del machismo que le permite salir indemne de cada uno de esos crímenes y de toda su injusticia, ocultar los factores estructurales que llevan a los hombres a utilizar la violencia contra las mujeres, y a presentar los elementos particulares como determinantes de la conducta criminal, como si el machismo fuera incompatible con ellos y sólo pudiera actuar como causa única, y como si todo fuera circunstancial en esa última fase de agresión, sin considerar lo que ha llevado hasta ella.

Las explicaciones dadas por el sheriff sobre el asesinato de Celia Barquín son muy gráficas en ese sentido. La policía de Iowa presenta el homicidio como un “crimen aleatorio” y la muerte de Celia como “mala suerte”, levantando una falacia  frente al significado de esa conducta criminal, que no está en el resultado, sino en la motivación y objetivos pretendidos por el asesino, Collin Daniel Richards, Y él lo que quería era “violar y asesinar a una mujer”,demostrando la elaboración machista en la violencia y en el objetivo sexual que lo llevó a actuar.

Las circunstancias que hicieron que Celia Barquín fuera asesinada formaban parte de su construcción machista, aunque podía haber sido otra mujer la asesinada, pero esa aleatoriedad en la selección de la víctima no debe definir el homicidio machista como un “crimen aleatorio”, puesto que el objetivo está claro y bien definido: “violar y matar a una mujer”, y así lo hizo.

La estrategia es similar a lo que se intenta hacer con la violencia de género en España, dentro y fuera de la relación de pareja. Destacar lo individual y hablar de la multicausalidad de la violencia para esconder el machismo, como si el hecho de que existan diferentes causas para la violencia significara que todas ellas tuvieran que estar presentes en cada caso, y como si la presencia de alguna de ellas descartara el machismo estructural. Este planteamiento no se hace con otras violencias, por ejemplo con el terrorismo; nadie dice de un atentado yihadista sea un crimen aleatorio, ni que las víctimas del mismo murieron por “mala suerte” porque podrían haber sido otras distintas, o que se trató de un terrorista muy impulsivo que actuó porque “perdió el control”.

El planteamiento es sencillo: cuando el homicidio se produce en la relación de pareja, donde la mujer asesinada no puede ser “aleatoria”, se destaca la situación del agresor hablando del alcohol, las drogas, los trastornos mentales, su origen extranjero… Y cuando el homicidio se lleva a cabo fuera de la relación de pareja, se recurre a la situación de la víctima o a las circunstancias alrededor de los hechos, todo para esconder la construcción machista de la violencia que ejerce cada uno de esos hombres, y dar a entender que ha sido un problema contextual, aleatorio o de mala suerte.

El razonamiento que se ha hecho con el asesinato de Celia Barquín en EE.UU. es el mismo que se hizo con Diana Quer, Rocío Wanninkhof, Sonia Carabantes… al indicar que cada una de ellas tuvo “mala suerte”, y preguntarse “qué hacían ellas a esas horas en esos lugares”, planteamientos no muy distintos a los que se han hecho sobre la víctima de “la manada”.

Nada de eso se hace con otras violencias, ni nadie habla de sus víctimas diciendo que tuvieron “mala suerte” o que fueron “crímenes aleatorios”.

Y toda esa forma de presentar la violencia de género influye en la percepción que se tiene de ella. No por casualidad, a pesar de su gravedad y de las 60 mujeres asesinadas de media cada año, considerando sólo los homicidios dentro de las relaciones de pareja, el porcentaje de población que considera que se trata de un problema grave es el 1’9% (CIS, septiembre 2018).

Alguien vive en un error y el machismo no es. Los machistas lo tienen muy claro y actúan en consecuencia.

No podemos caer en sus trampas, con el machismo la suerte está echada, lo que hay que hacer es cambiar de escenario y dejar fuera de él a los machistas y su violencia.

 

Mariposas y asesinos

Tres mujeres han sido asesinadas en 48 horas por sus parejas o exparejas (Madrid, Asturias y Lepe), en junio también hubo otros tres hombres que asesinaron a sus parejas o exparejas en Granada, Pontevedra y Barcelona en menos de dos días, como ha sucedido tantas otras veces. La violación en grupo de “la manada” ha dado lugar a la aparición de otras violaciones grupales con características similares: hombres jóvenes que agreden sexualmente, ambiente de ocio, mujer sola dentro del grupo, alcohol u otros tóxicos en el argumento… incluso uno de estos grupos se ha autodenominado “la nueva manada”… Las evidencias sobre la utilización de otros casos previos de violencia machista como argumento, referencia o refuerzo para llevar a cabo nuevas agresiones, no sólo es algo que se puede intuir, sino que diferentes estudios lo han demostrado, entre ellos el que se hizo desde la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género con la Universidad de Granada en 2011, demostrando que existe una asociación entre homicidios cercanos “no explicable por azar”, resultado que indica que los agresores utilizan los casos previos como elemento para avanzar en su conducta criminal. Los propios asesinos y mujeres sobrevivientes han descrito esta situación, y comentan cómo vivían bajo la amenaza de los agresores que aprovechaban las noticias para decirles, “¿ves lo que le ha pasado a esa mujer?, pues cualquier día de estos te va a pasar a ti lo mismo”…

Pero además de todas esas evidencias, dicha actitud basada en la toma de referencias  a partir de situaciones o conductas similares a la que una persona quiere hacer, es algo humano. Si los asesinos, violadores y maltratadores no utilizaran otros casos para reforzarse en sus intenciones deberíamos preguntarnos qué tienen de “excepcionales”  para no hacer lo que otras personas hacen a diario en otros contextos. Y si algo caracteriza a la violencia de género es su normalidad dentro de la cultura machista, no su excepcionalidad.

Sin embargo, siendo un tema que debe ayudar a la prevención y a la protección, genera cierto desasosiego y confusión bajo la idea de que hablar de esa reproducción de la violencia y asesinatos tras uno previo es como una forma de restarle responsabilidad a quien lo lleva a cabo, cuando su significado es todo lo contrario. Un hombre que mata, viola o maltrata a partir de lo que otro ha hecho demuestra su conciencia, voluntad y capacidad para elaborar su agresión a partir de la integración de  hechos anteriores de una misma realidad, así como su afirmación en la conducta al reproducirla bajo sus circunstancias particulares.

Plantear la influencia de esa experiencia no quiere decir que la violencia surge de la nada en alguien que no tenía pensado actuar de ese modo, como alguna gente ha llegado a decir para restar trascendencia a esta influencia criminal, siempre influye en quien previamente tiene pensado y decidido actuar de manera similar. Algunos de los elementos que la caracterizan son:

  • El agresor que actúa tras un caso similar ya tiene decidido hacerlo y se encuentra e un momento cercano a materializarlo, por lo que el caso previo le sirve como refuerzo y como facilitador del paso a la acción. La conducta criminal no aparece “ex novo”y lo más probable es que también se lleve a cabo al margen del caso previo, pero al conocerlo el proceso se acelera e impide que actúen factores protectores.
  • Por lo tanto, no surge de la nada, sino de la construcción violenta que el agresor ha elaborado con anterioridad.
  • En ningún caso es un “efecto imitación”, actúa más como “efecto paso a la acción”.
  • La referencia de un caso previo influye “un poco en algunos casos”, no actúa en todos y en los que lo hace sólo incide parcialmente.
  • Su impacto es mayor en “crímenes morales” como la violencia de género, que se llevan a cabo en nombre de los valores, ideas, posiciones… que se consideran propias de los hombres según las referencias culturales, y con ellos, además del daño sobre las mujeres, sus autores buscan el reconocimiento por parte de otros hombres, por eso se entregan voluntariamente en más del 75% de los casos.
  • El efecto tiene más de “imantación” que de imitación, es decir, de “pegar y unir” a los hombres en aquello que los identifica como “más hombres”, y en una cultura machista hay muchos hombres que creen que la violencia de género, en cualquiera de sus manifestaciones, es la respuesta adecuada a la conducta “inaceptable” o “provocadora” que antes han realizado las mujeres.

Y del mismo modo que había confusión sobre el significado de la toma de conciencia y refuerzo en homicidios previos, también hubo confusión respecto al papel de los medios de comunicación, como si poner de manifiesto  esta realidad significara responsabilizar a los medios o pedir que no se informe, cuando el mensaje es el opuesto. Hay que informar siempre y mucho, pero con una visión crítica sobre el agresor y el machismo común a cada uno de los casos, pues mientras que no se desmonte la referencia cultural que permite a los asesinos y violadores revestirse de masculinidad, hombría y virilidad para actuar, y luego encontrar comprensión y justificación en la sociedad, como hemos visto en el caso de “la manada”, y como se comprueba en las redes sociales cuando minimizan y justifican los homicidios de mujeres bajo los argumentos más diversos y peregrinos, pero al fin y al cabo justificándolos, los femicidios y las violaciones continuarán. Por eso, ante una caso es importante titular “un hombre mata…”, en lugar de “una mujer muere a manos de…”y utilizar la palabra “asesinato” para hablar de un homicidio grave, y no quedarse en la excusa  de que se trata de un término jurídico, ¿si no llamamos asesinato a un homicidio grave, cómo lo llamamos?

Aunque nos parezca extraño, incluso una barbaridad, hay hombres que bajo sus motivaciones y justificaciones se sienten más hombres al utilizar la violencia contra las mujeres; y aunque nos parezca una barbaridad, incluso extraño, hay muchos hombres que los ven como “más hombres” cuando lo hacen, y no dudan en abrazar sus argumentos que refuerzan los mitos que presentan a las mujeres como malas y perversas, y a ellos como “pobres hombres” obligados a responder de esa forma.

Sorprende que ante el doble aviso que supone cada uno de los homicidios, un aviso sobre la continuidad de la violencia de género y el machismo que la hace posible, y un aviso sobre el siguiente caso que se va a producir, no se haga nada, y que en cambio haya mecanismos y alertas de todo tipo para prever los efectos negativos de unas finanzas y de una economía que se constipa cada vez que una mariposa mueve sus alas en oriente. La conciencia y consecuencia en el campo económico sobre la influencia de las situaciones previas sorprende con la inconsciencia e inconsecuencia en la violencia de género, pero no es un error, sólo es el reflejo del posicionamiento social ante lo que se considera grave e importante. Y la realidad nos dice que para una cultura machista la vida de las mujeres no es tan importante como para actuar sobre cada uno de los elementos que pueden conducir a su destrucción.

También hay que aplicar la perspectiva de género en estas situaciones para entender que el resultado final es la suma de una serie de factores, no la consecuencia de uno solo.

 

Machismo mundial

La llegada de Trump a la Presidencia de los Estados Unidos, además de tantas cosas que se ha llevado, también ha traído nuevos miedos y amenazas, y una forma de egoísmo que rápidamente ha cuajado en quienes tienen la posibilidad de reivindicarse a sí mismos sobre los demás, es decir, en quienes se encuentran en posiciones de poder. Y dijo eso de “America first” para imponer sus condiciones al resto de los países, algo que difícilmente, por ejemplo, podría haber hecho Haití para reivindicarse con un “Haiti first”, pero además lo hizo para reivindicar una forma diferente de gestionar su posición de poder con el doble objetivo de disfrutar de sus privilegios y de restringir de manera directa al resto sus derechos y oportunidades, al tener que plegarse ante lo prioritario de su afirmación. Es la ostentación intimidatoria que da y quita al mismo tiempo.

Y como el machismo es la posición de poder construida sobre la identidad y la condición de los hombres, pues ahora imitan al líder y dicen “Men first” para exigir que “los hombres son primero” y después, si acaso, las mujeres. En su día lo denominé “machismo exhibicionista” para indicar que lo que ahora interesa es presumir de ese machismo y exhibirlo para delimitar el terreno propio, que es aquel que se pisa y lleva allí donde cada hombre va, porque el machismo no tiene fronteras.

Y como tal privilegio hay que presumir de él, pues de lo contrario, esa posición de  poder se puede confundir con el ejercicio de las funciones propias de determinadas circunstancias, no con la condición, algo que restaría “imagen” y capacidad de influir en el resto. Por eso el poder conlleva el abuso como demostración y como reivindicación, puesto que es en él donde se deja constancia de la verdadera capacidad, no en hacer o mandar aquello que corresponde en determinados contextos. Un jefe demuestra su poder cuando le dice a un trabajador o trabajadora de la empresa, “baja al bar de la esquina y súbeme un café”, no cuando dice “hazme una fotocopia de este informe”; las dos son órdenes, pero la primera es injusta y sustentada en el abuso y en la amenaza implícita en caso de no cumplirla.

Por eso, ante el avance de la Igualdad y la movilización feminista de las mujeres, el machismo ha dicho lo de “Men first”, y reivindica su posición a través del exhibicionismo machista para hacer ostentación de su posición y privilegios, y para advertir de los límites y de las consecuencias que pueden sufrir las mujeres en caso de superarlos.

Y si eso que es algo habitual en el día a día, un Mundial del fútbol se presenta como el mejor escaparate para mostrarlo y demostrarlo. Lo hemos visto en los anuncios y en los episodios de violencia entre aficiones para que no se olvide que es un “tema de hombres” y que la hombría es parte esencial del mismo, se observa en la movilización de prostitutas que acompaña a una competición de este tipo para que luego esos hombres “demuestren su virilidad”, se comprueba en las continuas referencias a las mujeres más sexis de los jugadores convocados, con alineaciones y convocatorias como si se tratara del equipo de gala; o en los abusos que están sufriendo muchas reporteras mientras hacen su trabajo. Y todo ello se refuerza cuando vemos a hombres de distintos países que humillan a mujeres al hacerle repetir ante sus teléfonos palabras de contenido sexual mientras las graban. Aquí hemos conocido algunas de las que han hecho en castellano aficionados de Colombia, Perú y Argentina, pero dudo que se hayan limitado a esos casos.

Cuatro son las características de estas actuaciones machistas:

  1. Un hombre presume de una mujer por el aspecto físico de ella.
  2. Demuestra su hombría al hacerle repetir frases de contenido sexual hacia él o sus amigos.
  3. Lo hace a través de la humillación y riéndose de la mujer, a la que suele intentar besar al final.
  4. Todo queda grabado para poder compartirlo y demostrar su “gesta”, pues el machismo se “demuestra andando” por la senda machista. De ese modo reciben el reconocimiento por parte de sus pares, y suben en consideración dentro del grupo como “más hombres”.

Lo terrible de toda esta situación, aunque no se hable tanto de ello, es que junto a este machismo exhibicionista también está la “exhibición del machismo” en forma de violencia. Una violencia que durante estos días violará a muchas mujeres y terminará asesinando a tantas otras por todo el planeta, como demuestran algunos estudios que vinculan el aumento de femicidios en algunos países con las competiciones deportivas televisadas.

El “machismo es mundial”, no cada cuatro años, sino todos los días.

 

Postureo machista

“A la tercera va la vencida” se dice para callar que es a la primera cuando se demuestra la verdadera intención de las decisiones, y eso es algo que vemos cada día en la manera “masculina” de interpretar la realidad y de posicionarse ante ella.

Nos quejamos de la conducta y de las consecuencias del machismo cuando se presenta en forma de violencia, de abuso, de acoso, de discriminación… pero en verdad todas esas expresiones sólo representan aquello que se filtra entre las rendijas de los días cubiertos con el manto de la normalidad machista. Un manto que pretende ocultar el escenario de este atardecer de los tiempos, en el que todavía hay quien confunde la longitud de las sombras con la grandeza de la realidad que las produce.

Lo vemos de forma clara en lo que sucede en la actualidad. Por ejemplo, hay un grupo de trabajo para estudiar la reforma del Código Penal, entre ellos los delitos contra la libertad sexual, constituido sólo por hombres, se pone de manifiesto que es una situación al margen de la realidad y de la legalidad y lo corrigen, pero sólo lo justo para incluir a mujeres juristas que actúen exclusivamente sobre la reforma de los delitos sexuales. Ante las nuevas críticas vuelven a modificar su decisión y, ahora sí, crean otro grupo con más mujeres que hombres para acallar todo lo ocurrido. En Cataluña se forma Gobierno y se llama la atención de que sólo se ha contado con tres conselleras, días después se constituye un nuevo Gobierno y su número se eleva a seis.

Unas semanas antes la huelga de mujeres y las manifestaciones del 8M eran consideradas como una iniciativa elitista y una “amenaza a la civilización de occidente”, y un día después era un ejemplo de democracia y una referencia hacia donde debemos caminar como sociedad. El Pacto de Estado contra la Violencia de Género se aprueba “a la fuerza” ante la gravedad de los casos que se suceden, pero luego se le asigna un presupuesto mínimo que después se reduce un 80% y se traslada la responsabilidad a las Comunidades Autónomas y a los Ayuntamientos, a los que la reforma de las Entidades Locales les restó competencias en esta materia que ahora les piden que asuman sin presupuesto para hacerlo.

Todo ello, su sucesión en el tiempo y la repetición por parte de las mismas instituciones y sectores sociales, lo que refleja no es la toma de conciencia del problema de la desigualdad y sus consecuencias, sino la falsedad de las decisiones y el refuerzo en los valores del machismo de quien las toma. Es decir, puro postureo.

Es parte de la estrategia secular que ha seguido el machismo: “cambiar para seguir igual”. Ceder en lo irremediable ante la crítica social para no conceder nada en los elementos y valores que hacen de sus ideas cultura machista, para con esa cultura hacer normal al machismo.

El machismo es postureo de barra de bar y tertulias, de “no te preocupes”y “vuelva usted mañana”, de “no tiene importancia”y “déjalo en mis manos”…

Y el postureo es falacia, como lo es el posmachismo con el que juega ahora para hacer creer que son ellos los que defienden la “verdadera igualdad”. Es parte de su jugada, que no es enunciar una defensa directa de la “desigualdad”, eso sería fácilmente identificable y se volvería en su contra. Su estrategia siempre ha sido presentarlo todo como consecuencia de la normalidad como si esta fuera natural, y a partir de ahí afirmar que las situaciones de desigualdad entre hombres y mujeres han sido dadas por las circunstancias. Su falaz argumento finaliza al presentar los cambios que se han producido porque no han tenido más remedio que asumirlos, como un ejemplo de que en cuanto se modifican las circunstancias cambia la situación de las mujeres, como si todo fuera destino o accidente.

Y esa falacia del postureo machista es confusión, desorientar sobre la realidad en sus manifestaciones y, sobre todo, en su significado, para hacer de la duda el motor que lleve a la decisión. Porque esa duda conduce a la distancia, la distancia a la pasividad, y la pasividad hace que todo siga igual, es decir, que todo continúe bajo las referencias del machismo.

El postureo machista lo que busca es mantener el momento, prolongar un tiempo que hasta ahora ha sido suyo en su encuentro con la realidad. Por eso debemos de estar pendientes de ese postureo de salón que pretende mantener el escenario de la desigualdad social que tantos beneficios y privilegios les proporciona por medio de la táctica de alcanzar más poder a través de generar más desigualdad, como vemos en las políticas económicas y sociales que se imponen desde las posiciones más conservadoras.