“Victiman”

“Victiman” es el nuevo superhéroe del machismo, una especie de “primo de Zumosol” en versión “macho man” y con música de Village People de fondo. Ellos, tan acostumbrados a inventar nombres para sus miedos (“feminazi”, “hembrismo”, “mangina”…), han olvidado buscar uno para esa especie de héroe virtual que acude en su ayuda cuando la razón se pierde entre su impotencia.

El machismo está construido sobre una falacia, tan grande que hace normal la desigualdad y la violencia dentro de ella hasta el punto de invisibilizarlas y negarlas. De ese modo presenta la normalidad como algo neutral y adecuado para hombres y mujeres, y habla de todo lo que plantea corregirla como un ataque, de ahí que considere la Igualdad como una amenaza y la medidas desarrolladas en su nombre como una agresión.

Esa falacia sólo puede construirse sobre el valor y la credibilidad de la palabra y la voz de los hombres, capaces de ocultar la propia realidad tras su sonido y su monólogo, pues de lo contrario habría bastado una contra-argumentación crítica hacia ese modelo, o la simple descripción de una realidad caracterizada por la discriminación, el abuso y la violencia contra las mujeres para desmontar esa mentira irreal.

Pero a pesar de la solidez de esa estructura, el machismo ha tenido que cambiar de planes conforme la Igualdad ha avanzado y la sociedad se ha hecho más crítica con él. Y para ello, con independencia de contar con todo el arsenal de la cultura en forma de ideas, valores, creencias, mitos, estereotipos… ha introducido nuevas estrategias con las que contrarrestar las situaciones más delicadas, siempre contando con el peso y la gravedad de su palabra.

Una de esas estrategias es tomar una parte por el todo para esconder la realidad bajo el eco del relato que la acompaña, y transmitirla por el aire con la velocidad de la urgencia y la necesidad. Así, por ejemplo, para contrarrestar la violencia de género y sus homicidios, desde el machismo se dice que la mayoría de los casos conocidos son denuncias falsas o que las mujeres también maltratan; ante a las mayores tasas de paro femenino, afirma que se deben a que las mujeres prefieren quedarse en casa al cuidado de la familia; frente el bajo porcentaje de mujeres en puestos de decisión, indican que su biología las hace menos competitivas y que son ellas las que renuncian a asumir responsabilidades… De ese modo toman aquellos casos existentes bajo esas u otras razones, para a partir de ese pequeño margen de “verdad” construir toda la falacia que supone generalizarlos.

Pero esa estrategia no es suficiente. Al menos ya no es suficiente.

Antes podría serlo cuando su posición era incuestionada y todos los mecanismos de poder, desde la capacidad de influir al control social, reducían al mínimo su cuestionamiento. Pero ahora no sólo existe una conciencia crítica sobre las manifestaciones del machismo en todas sus formas, sino que también se conoce toda la estrategia desarrollada y el entramado social que hace de esa construcción cultura y normalidad. Por eso el machismo necesita algo más, y ese plus pasa por presentar a los hombres como víctimas de la situación que ellos mismos han creado y defienden. Y lo hacen, no para cuestionarla, sino todo lo contrario, para responsabilizar a las mujeres y quitar los argumentos que inciden en que la situación social de la desigualdad sólo les afecta ellas. De ese modo niegan el resultado y, sobre todo, niegan la desigualdad y el machismo como origen de estos resultados, al tiempo que sitúan las causas en las circunstancias aisladas de cada uno de los problemas, en lugar de incidir en los factores comunes que afectan a todos ellos.

Como ejemplo de la situación que los convierte en víctimas hablan de que los hombres, en general, sufren más violencia que las mujeres, que las custodias se las dan a las madres, que son ellos los que realizan los trabajos de más riesgo, que sufren más accidentes de tráfico y laborales, que tienen una menor esperanza de vida media… Pero esa lectura basada en la situación histórica no es suficiente, ya no les basta con presentarse como víctimas de la desigualdad, ahora lo amplían para mostrarse también como víctimas de la Igualdad, y aparecer como “doblemente víctimas”.

Y la explicación que dan para justificar que son víctimas de la Igualdad la estructuran sobre una doble referencia: por un lado afirman que el feminismo y la Igualdad niegan la realidad, y por otro que en esa negación se esconde la victimización de los hombres. Entre los argumentos que utilizan para presentar a los hombres como víctimas están todas las afirmaciones que repiten incansablemente en las redes sociales y allí por donde vayan. Algunos ejemplos son:

. Afirman que desde el feminismo se niega la existencia de denuncias falsas, cuando en realidad lo que se niega es que sean el 80%, como ellos afirman, y se reconoce que representan alrededor del 0’017%, dependiendo del año, tal y como recoge la FGE.

. Dicen que se niega la violencia contra los hombres, aunque tampoco se niega, sólo se insiste en que, al margen de su menor incidencia en las relaciones de pareja, no existe una construcción cultural alrededor de ella que lleve a responsabilizar a la víctima, a justificar al agresor, y a entenderla como algo “normal”, como sí ocurre con la violencia de  género.

. También afirman que la Igualdad está en contra de la custodia compartida, cuando de lo que está en contra es de la “custodia compartida impuesta” al margen de las circunstancias que han caracterizado la relación y la responsabilidad ejercida antes de la separación.

. Por lo tanto, la Igualdad y el feminismo no están a favor de que la custodia sea para las madres por ser mujeres, sino que sea para las mujeres cuando han ejercido de madres sin que los hombres hayan asumido su responsabilidad de padres.

. Tampoco está a favor de que los padres se queden sin hijos e hijas, ni de que los niños y niñas se queden sin padre, todo lo contrario, lo que se quiere desde la Igualdad es que esa paternidad sea ejercida desde el primer momento, no a partir del último.

. Del mismo modo, desde la Igualdad no se pide que se ponga a mujeres en puestos de responsabilidad por ser mujeres, sino que no se las excluya de esas posiciones por serlo, y que no se dé la duda por cierta cuando se trata de mujeres y la capacidad por segura cuando se trate de hombres. Por tanto, lo que se cuestiona es que el trabajo y sus responsabilidades se presenten como un derecho para los hombres y como una opción para las mujeres.

Y así podríamos continuar “hasta el infinito y más allá” con los argumentos falaces utilizados desde el machismo con el doble objetivo de generalizar situaciones puntuales para camuflar todas las manifestaciones de la desigualdad y el machismo, y para presentar a los hombres como víctimas de la desigualdad y de la Igualdad.

Esta estrategia no es gratuita ni inocente, pues en el fondo viene a reforzar toda la construcción de la desigualdad bajo la idea de la necesidad de protegerse ante los ataques que se hacen en nombre de la Igualdad, y a legitimar la violencia contra las mujeres como una conducta proporcionada y ajustada a la situación existente.

No es nada nuevo, sucede en todos los regímenes dictatoriales y en las estructuras de poder, las cuales aprovechan su posición para presentarse como víctimas de una amenaza concretada en sus “enemigos”, bien se trate de otras posiciones políticas, movimientos sociales, ideas… para de ese modo conseguir apoyo y cohesión entre los suyos, y justificar la violencia bajo el argumento de la amenaza y de la provocación de quien la sufre. Y hoy el machismo, que es poder, está utilizando la estrategia de presentar a los hombres como víctimas. Víctimas históricas de la desigualdad y víctimas presentes de la Igualdad.

Los hombres no son víctimas del machismo, sino su producto, y como tal modelo jerárquico de poder muchos hombres sufren consecuencias negativas del mismo, pero siempre junto a los beneficios que el sistema les aporta como hombres, por eso no se enfrentan a él. Y por ello la solución a los problemas que existen en la sociedad se solucionan con un nuevo modelo de convivencia basado en la Igualdad y con una nueva forma de entender la masculinidad, no reivindicando más machismo ni llamando a voces a “Victiman” para que acuda en su ayuda.

¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.

“Yes we Trump”

trump-genteHemos pasado del “Yes we can” al “Yes we Trump” como el que pasa la hoja de un libro o cambia de canal o emisora de radio. La misma sociedad que creía en sí misma para alcanzar el futuro, al final ha creado un ídolo de 14 quilates al que adorar para liberarse así de la culpa y la responsabilidad, aunque sea pagando la debida penitencia.

Trump ha traído a la sociedad americana lo que ningún otro presidente ha sido capaz, y mientras todos han insistido en su grandeza, algo que también ha hecho Trump, éste ha unido a su discurso la “otredad del pueblo americano”, es decir, la conciencia del otro como alguien diferente.

Trump ha sido hábil, y en un momento de confusión global como consecuencia de los importantes cambios y de la lectura neoliberal que ha llevado a reducir el anhelo y las aspiraciones humanas a la economía y lo material, se ha aprovechado de la interpretación que se hace de la realidad, la cual gira más alrededor de la amenaza que de la oportunidad. Esta especie de “calentamiento social” al final destiñe y encoge las identidades hasta dejarlas reducidas a lo que un día fueron, no a lo que han seguido siendo desde entonces, como si ese momento original fuera la razón de ser para un futuro que no se reconoce en cuanto se hace presente.

Y un pueblo como el norteamericano siempre es un terreo propicio para lo más y para lo menos, al tener más sueños que memoria y más historias que historia. No es fácil encontrar un relato sobre los elementos que definen la identidad del pueblo americano, salvo su anhelo de alcanzarla y de ser pueblo por encima de sus orígenes tan diversos, por eso necesitan repetirse a sí mismos lo grandes que son y la trascendencia de su política y su economía. Y pueden ser grandes en lo que hacen, pero eso no los lleva a saber lo que son.

Basta con escuchar el mensaje de Obama y el de Trump para pensar que no estamos ante un mismo pueblo ni una misma nación, la simple descripción de la realidad que expone cada uno de ellos ya nos lleva a concluir que se trataría de dos países y sociedades, no sólo diferentes, sino opuestas. Y mientras Obama hablaba de esperanza y futuro, de confianza en lo que son como nación, Trump afirma lo que han sido en el pasado y duda de esa nación plural y diversa de hoy para presentar la realidad como una amenaza apunto de suceder, de ahí su “nosotros primero”.

Pero como no pueden decir lo que significa “ser americano de Estados Unidos”, echan mano de esas ideas sobre la identidad que guardan como muestra para encargar un traje a medida y de color original, después de que el proceso del tiempo lo haya encogido y desteñido, aunque ya no sea la prenda adecuada para este momento de la historia. Y ahí es donde las personas como Trump juegan con ventaja al defender una idea de “identidad por contraste”.

Para Trump y la gente como él no se sabe muy bien lo que es ser americano, pero sí saben perfectamente lo que para ellos es no ser americano. Esa es la identidad por contraste, aquella que se construye sobre lo que no se quiere ser, no tanto sobre lo que se es, que queda limitado a los lugares comunes de la historia.

Y con todo ello Trump ha jugado para traer la “otredad americana”, el ser en el no-ser de los otros que lleva a percibir al otro como diferente, inferior y al margen de su comunidad, lo cual en términos prácticos significa al margen de su sociedad. Trump se ha puesto a sí mismo como modelo y todo lo que no se ajuste a él, bien como concepto o en la forma de convivencia que exige, simplemente no es americano. De alguna manera, hemos pasado del “conmigo o contra mí” de George W. Bush, al “o como yo o nadie” de Donald Trump.

El problema no es Trump, sino que ha sido elegido en una democracia por lo que dice, por lo que hace, y por cómo lo dice y lo hace. La sorpresa de Trump no está en que “no cumple su palabra”, como sucede habitualmente en política tras unas elecciones, sino en que la cumple. Trump no es un accidente, sino el candidato y ahora presidente de una parte de la sociedad que defiende esas ideas, valores y creencias construidas sobre el machismo, la xenofobia, el racismo, la homofobia… en definitiva, construidas sobre quien se cree superior y la otredad del resto.

Y Trump no está sólo, hay mucha gente en EEUU y en Europa que gritan de forma decida y con pleno convencimiento, “yes we Trump”, porque defienden esas ideas y valores que han crecido en la sociedad porque otros han dejado marchitar los valores de Igualdad, la Libertad, la Justicia, la Dignidad… en los jarrones de los despachos de la política y las instituciones, donde sólo decoraban, en lugar de haberlos plantado en los jardines de la convivencia, y de haber evitado que cuando alguien lo ha hecho llegaran los “yes we Trump” y los pisotearan o pasaran por encima de ellos con un autobús.

Si Trump ha ganado y la ultraderecha puede ganar en diferentes países de la UE es porque hay más gente que los vota. Juegan con la ventaja de la historia y con una cultura desigual donde las jerarquías son un valor y la opresión del diferente y del inferior un forma de reconocimiento, o cambiamos ese modelo de sociedad con al cultura de la Igualdad, o seguirán golpeando con políticas y guerras que aún no existen, pero que ellos provocarán dentro y fuera de cada país para ganarlas y hacer así que venzan sus ideas.

 

Si Valentín hubiera sido Valentina

corazon-valentinaSorprende que la misma sociedad machista que utiliza la normalidad para discriminar, abusar y agredir a las mujeres se detenga un día a celebrar el amor, mientras deja que el resto del tiempo pase con la misma violencia que la historia ha hecho posible con cada uno de sus días.

Parece como una excusa, como una sinrazón para darle razón al amor, como una especie de borrón donde lo que importa es la cuenta nueva y no lo vivido hasta ese momento. Soy consciente de que no siempre es así, pero sorprende esa celebración del amor en un día donde lo que se proclama es el gesto y la escenificación del momento sobre el compromiso de la relación.

Quizás si nos vamos al origen de este “día de los enamorados” entendamos mejor su significado “en masculino”.

Antes de nuestra era, en la Antigua Roma, se celebraba la fiesta de Lupercalia dirigida a estimular la fertilidad de las mujeres, la de los hombres, como tantas otras cosas de la masculinidad, no se cuestionaba ni necesitaba estímulo alguno. La celebración consistía en golpear a las mujeres con látigos de piel de cabra y de perro mojados en sangre de esos mismos animales para, de ese modo, aumentar su fertilidad, aunque más bien parecía un rito de iniciación para indicarles que la vida en familia vendría acompañada de esos latigazos verbales y físicos. En el proceso de asimilación de las fiestas paganas que desarrolló el cristianismo, allá por el año 496, el papa Gelasius I prohibió esa fiesta e instauró el 14 de febrero como día de San Valentín, fecha que con el tiempo fue asociada al amor y a la amistad. Sin embargo, no queda claro que la figura del santo existiera en realidad, se dice que fue uno de los mártires de Roma ejecutado por casar a los soldados del imperio, a pesar de que el emperador Claudio “El Gótico” lo había prohibido por considerar incompatible la carrera de las armas con el matrimonio, aunque no hay una confirmación histórica sobre la vida del santo.

La relación de ese día con el amor se reforzó en 1400, cuando el rey Carlos VI de Francia creó la “Corte del amor”, bajo la cual organizaba competiciones cada primer domingo de mes y en el día de San Valentín para que los hombres participantes consiguieran pareja. A partir de ese siglo XV se extendió la costumbre de escribir poemas o “valentinas” entre los enamorados, y en el siglo XIX, en pleno romanticismo, se popularizó en Gran Bretaña la comercialización de tarjetas para las parejas de enamorados, extendiéndose rápidamente a todo el mundo anglosajón.

Como se puede apreciar, el origen del día de san Valentín no deja de ser curioso en su vinculación al amor, pues por un lado aparece asociado a la violencia contra las mujeres, y por otro a su cosificación como trofeos en las “competiciones del amor”, siempre con la satisfacción de los hombres como objetivo. Y todo ello ha quedado oculto por las palabras huecas y el eco oscuro que levantan al pasar por la gruta labrada en nombre del amor, un 14 de febrero.

No es casualidad que cuando el feminismo comenzaba a impactar sobre la sociedad convulsa del XIX y reivindicaba la emancipación de las mujeres, la respuesta de la sociedad machista fuese contrarrestar la crítica recurriendo a los sentimientos, y potenciar la idea del amor romántico para consolidar en nombre de la identidad y las emociones lo que hasta ese momento había sido costumbre y tradición. De ese modo, el papel de las mujeres en las relaciones de pareja pasó de ser presentado como una cuestión de “necesidad y dependencia”, a una decisión tomada por las mujeres desde su teórica libertad y dentro de un proceso natural que el propio romanticismo se encargaba de destacar. Una deriva que culminó luego con la exaltación de esas ideas y valores en la celebración de san Valentín como día, no de las personas enamoradas, sino como día del “amor romántico” con todos sus mitos y trucos, como muy bien nos contó Carolina Martín en su “San Valentín hace trampas”

El problema no es la celebración del amor, sino el significado que se da al mismo y cómo esos mitos construidos sobre la idea romántica del amor y de la relación, con su “media naranja”, con sus “celos son amor”, con “el amor todo lo puede”, con “los polos opuestos se atraen”, con la “ausencia de intimidad y espacio propio”... son los mismos que hoy llevan a normalizar la violencia de género bajo el mito de que “quien bien te quiere te hará llorar”, y hacen a las víctimas responsables de lo que sufren y de tener que resolverlo. Y todo en nombre del amor mientras los hombres siguen con su poder y violencia, eso sí, muy románticos y cargados de flores para la ocasión.

Si Valentín hubiera sido Valentina, es decir, si la celebración del amor sobre el significado que el feminismo y muchas mujeres daban a la realidad en el XIX, cuestionando la falacia de una normalidad de familias perfectas y relaciones idílicas, a pesar de que la violencia formaba parte de ellas, las relaciones se habrían configurado de otro modo y hoy celebraríamos el amor, pero no la idea de un amor romántico y tóxico que tanto daño ha hecho a las mujeres.

Si Valentín hubiera sido Valentina hoy celebraríamos el amor y la relación basada en el compromiso, en el respeto, en la convivencia, en la corresponsabilidad, en la libertad, en la felicidad como proyecto común y lo común como encuentro de subjetividades… porque hoy sería la Igualdad quien definiría esas relaciones.

Algo falla en el modelo de amor romántico, como también escribe Carolina Martín, cuando el 30% de las mujeres del planeta sufrirán violencia por parte de sus parejas (OMS, 2013). Y algo falta en ese modelo de amor cuando en la sociedad y entre la juventud aún prevalece esa idea de amor romántico con todos los mitos que permiten establecer relaciones de poder en las que la violencia forma parte de su normalidad, hasta el punto de que muchas mujeres maltratadas llegan a decir lo de, “mi marido me pega, pero por lo menos le importo”.

Y lo que en verdad falta es Igualdad para disolver hasta la nada el modelo machista de relación y las identidades que llevan a él. Si Valentín hubiera sido Valentina ya lo habríamos conseguido.

 

Malos, locos y borrachos

hombres-malosTambién celosos, drogadictos, trastornados… esa es la forma de presentar a los hombres que tiene el machismo. 

Los mismos machistas que no dudan en saltar sin red a los medios y a las redes sociales en defensa de los hombres, a los que presentan como víctimas de una conspiración feminista-planetaria que incluye a las instituciones del Estado, en verdad piensan que detrás de todo hombre hay un loco, un borracho, un drogadicto… en definitiva un “hombre malo” en potencia, pues esa es la forma de justificar la violencia de género que cometen esos hombres que nunca antes han sido considerados como borrachos, locos o drogadictos, y mucho menos como “hombres malos”, hasta el punto de que incluso después de asesinar a sus mujeres son reconocidos por el vecindario como “buenos hombres”, “buenos vecinos”, “buenos maridos”, “buenos padres”… Todo menos esos “hombres malos” que se han puesto tan de moda últimamente para explicar la violencia de género.

El machismo no defiende a los hombres, se defiende a sí mismo y eso significa que defiende a los hombres mientras sean útiles dentro de las diferentes jerarquías del modelo patriarcal. Los hombres debemos ser conscientes de la trampa que esconde el machismo al decir que habla en “defensa de los hombres”, cuando en realidad lo único que defiende son los privilegios que luego disfrutarán hombres, pero no todos. Por esa razón mantiene a cualquier precio la desigualdad de género como forma de garantizar beneficios a cualquier hombre a través de la discriminación de las mujeres. El “premio” para cada hombre está construido en esa desigualdad entre hombres y mujeres, tanto en el ámbito particular de la intimidad, recordemos que las mujeres dedican cada día un 97’3% más de tiempo al trabajo doméstico y un 25’8% más al cuidado de hijos e hijas, mientras que los hombres tienen un 34’4% más de tiempo de ocio diario (Barómetro CIS. Marzo 2014); como en la sociedad, donde han dispuesto de lo público como algo propio, hasta el punto de considerar la Igualdad como un ataque a sus posiciones y una pérdida de algo que les pertenece, tal y como recogían las palabras del presidente de la CEOE cuando afirmó que “la incorporación de las mujeres era un problema para el mercado laboral”.

El machismo es poder y como tal conlleva enfrentamiento y violencia como un instrumento para alcanzarlo y perpetuarlo, una violencia que también sufren los hombres como parte de sus luchas en determinados contextos y espacios habitualmente relacionados con la delincuencia. Esa es la violencia que con más frecuencia y gravedad sufren los hombres y de la que no dicen nada desde el machismo por formar parte de su estrategia de poder en el espacio público. Algo similar a lo que ocurre con la violencia de género, que también callan sobre ella porque es parte de la estrategia que siguen en el contexto privado, hasta el punto de haberla convertido en una violencia estructural amparada por la normalidad y la justificación, que sólo puede afectar a las “malas mujeres”, es decir, a aquellas que la cultura considera que han hecho algo para que el hombre responda de esa manera.

El machismo lo único que defiende es su modelo de masculinidad arraigada en el poder de esa cultura que ha diseñado para los hombres, y en los hombres “diseñados” con una identidad que defiende al machismo. Es un doble refuerzo: lo colectivo define y recompensa lo individual, y cada individuo defiende y refuerza lo colectivo con todas sus ideas, valores, creencias, normas, costumbres… porque saca beneficio de ellas.

Por eso el “hombre de verdad” para el machismo debe ser capaz de “poner a la mujer en su sitio” sin necesidad de que trascienda a la sociedad combinando el control social, la amenaza y, en caso necesario, el ataque explícito a través de la agresión. Para el machismo, un hombre denunciado por violencia de género, no digamos si lo ha sido por una agresión grave o un homicidio, es un hombre que “ha fracasado” en su control, en ese objetivo de retener a la mujer en “su sitio”. Para el machismo el hombre denunciado es un “mal hombre” que pone en riesgo al grupo y a toda la construcción cultural, por ello lo primero que intenta es cuestionar la denuncia diciendo que es falsa, pero si fracasa o los hechos son objetivos, entonces lo aparta del grupo de “hombres buenos” y lo consideran un borracho, un loco, un drogadicto, un extranjero… en definitiva, un “hombre malo”.

Como se puede ver, cuando afirman que hay “hombres malos” que llevan a cabo la violencia de género y lo concretan en el loco o en el borracho, lo que están diciendo no es que el hombre-loco o el hombre-borracho maltrata, sino que el loco o el borracho maltrata, destacando la circunstancia sobre su condición de hombre y de la masculinidad construida por la cultura. La consecuencia directa es que liberan al resto de los hombres de ser maltratadores al no ser locos, borrachos o la circunstancia que utilicen en cada momento (celoso, extranjero, psicópata…), por eso interesa tanto que se defina un perfil de maltratador, porque al aceptarlo lo que en verdad se afirma es que el resto de los hombres no lo son.

Los estudios indican que no hay perfil de maltratador, aunque de forma gráfica podríamos expresarlo de otro modo y decir que tiene tres características, como ya recogí hace años. Las tres características del perfil de maltratador son: “hombre, varón, de sexo masculino”, es decir, no hay elementos que lleven a un hombre a ser maltratador salvo su voluntad y decisión, de manera que cualquier hombre puede serlo si así lo decide.

Y toda esta construcción del machismo se completa con la idea creada para las mujeres. Ellas son presentadas como “buenas mujeres”, pero siempre que se atengan al guión dado por la cultura respecto a los roles, funciones, tiempos y espacios asignados. En cuanto se salen del mismo son reconocidas como “hijas de Eva” con toda la maldad y perversidad escondida bajo su piel doméstica. Pero a diferencia de los hombres, su maldad no es algo de “determinadas mujeres” que se han convertido en “malas mujeres” por el alcohol, la locura o las drogas, sino que la presentan como una condición propia de todas las mujeres guardada en su esencia femenina. Para el machismo la bondad de las mujeres se debe de la imposición que hace la cultura y a la intervención de los hombres que controlan que todo transcurra tal y como está preestablecido, de ahí que se llegue hasta justificar la violencia de género como parte de la “normalidad”.

En definitiva, vemos como el machismo ignora los elementos comunes que la cultura ha creado para que exista desigualdad, discriminación, abuso y violencia contra las mujeres, y reduce cada uno de los resultados que trascienden a “hombres malos” o “circunstancias malas”. En cambio, cualquier situación en la que una mujer aparece como protagonista es juzgada sobre su maldad o perversidad: si es positiva y ha triunfado porque se “habrá acostado” con muchos hombres para conseguirlo o habrá hecho cualquier otra cosa, y si es negativa, directamente porque son malas y perversas. Pero es más, mientras que un hombre en cualquier circunstancia es garantía de compromiso, palabra, lealtad… una mujer es presentada como una amenaza.

La cultura machista, o sea, el machismo, establece toda una serie de mecanismos sociales para conseguir articular la convivencia y las relaciones sobre estas referencias dentro de la normalidad, por eso les cuesta tanto abandonarlas y aceptar la realidad. Porque hacerlo y reconocer que los maltratadores y asesinos no son “hombres malos”, ni borrachos, ni locos, sino hombres normales, tal y como recogen los informes del CGPJ tras analizar las sentencias de los homicidios por VG, supone desvelar la estructura social y cultural que es el machismo, algo que supondría la crítica de las circunstancias donde los “hombres buenos” obtienen los privilegios y beneficios a partir de la desigualdad y la injusticia que supone restárselos a las mujeres.

Y claro, es preferible cuestionar a unos pocos “hombres malos” y seguir igual, que cuestionarlo todo y perder los privilegios, aunque el resultado sea la injusticia social y la violencia de género estructural.

 

Machismo supremo

punetasLa opinión es libre, el desconocimiento no; y cuando un profesional opina de manera contraria al conocimiento que exige el ejercicio de su profesión estamos ante una cuestión de responsabilidad, no sólo de libertad de expresión.

Las declaraciones del magistrado de la Sala Primera del Tribunal Supremo, Antonio Salas, revelan, como muy bien dice, su opinión, pero esa opinión indica que está en contra de lo que recoge la ley que debe aplicar, y forma parte de un pensamiento e ideas desde el que se interpreta la realidad y da sentido a los hechos que debe juzgar, lo cual tiene consecuencias directas sobre el resultado. Y lo más significativo es que no da ningún elemento objetivo, ni cita publicaciones científicas, ni tratados internacionales que sustenten sus argumentos, todo forma parte de su opinión y de los que piensan como él.

Algo similar podría haber dicho el médico de Murcia que hace unos meses llegó a la conclusión diagnóstica de que una de sus pacientes lo que tenía es que estaba “mal follada”, y así lo escribió en la historia clínica; o lo que argumentó el profesor de la Universidad de Santiago de Compostela cuando se dirigió a una alumna para decirle que no podía concentrarse en dar la clase porque llevaba un “escote excesivo”; o lo que el exalcalde de Valladolid, León de la Riva pudo haber afirmado al comentar la amenaza de viajar con una mujer en el ascensor… Al final podrían ser “sólo opiniones”, como si esas opiniones no surgieran de un contexto social y cultural que da sentido a la realidad, y como si no tuvieran consecuencias en las decisiones de quienes actúan desde esas opiniones al generar desconfianza en ese trabajo y en las instituciones que representan.

Los argumentos-opiniones del magistrado Salas son muy significativos, aunque nada novedosos dentro de la estrategia que utiliza el posmachismo hace años como forma de resistirse a la Igualdad y a las medidas que pretenden alcanzarla, de hecho, si no fuera magistrado del Tribunal Supremo nadie se habría detenido en ellas. Veamos los dos elementos más destacados.

1.- El problema está en la desproporción de fuerzas entre hombres y mujeres. Según este planteamiento, las personas negras han sido esclavizadas, discriminadas y sometidas porque son más débiles que las personas blancas, los trabajadores del campo fueron explotados por los señoritos debido a su debilidad física, aunque luego eran fuertes para trabajar la tierra de sol a sol… y así podríamos seguir con todos los grupos discriminados. Pero el argumento de la fuerza física va más allá.

En realidad refleja la construcción cultural de la identidad de hombres y mujeres sobre la referencia biológica del sexo, a partir de la cual se asignan funciones y roles para unos y otras. Así, ser hombre conlleva como parte de su identidad las funciones de “protección y sustento” de la familia, y ser mujer las de la “maternidad y cuidado”; y desde esos roles se crea en las hombres la idea de posesión de aquello que se protege y se mantiene, mientras que en las mujeres se crea la idea de sumisión a quien te protege y mantiene. Todo lo que ocurra en nombre de esa construcción no es un error, sino una consecuencia que en algunas ocasiones se puede extralimitar, como, por ejemplo, cuando se produce una agresión y el resultado es más grave de lo previsto. Pero la construcción es tan poderosa que, entonces, en lugar de entenderla como parte de una relación donde la violencia contra la mujer está presente de manera habitual, se limita a criticar el resultado, incluso a sancionar al agresor, pero al mismo tiempo se lanzan justificaciones como que se ha debido al consumo de alcohol, drogas, a algún trastorno mental, o que se trata de un “hombre malo”. De ese modo, en lugar de entender la violencia de género como un problema estructural, se responsabiliza de ella a las circunstancias y se evita cuestionar el modelo histórico de desigualdad, que es el machismo. A partir de ahí, la desigualdad y la violencia no son reales, sino algo natural basado en circunstancias, hasta el punto de llegar a justificarlas, no en la voluntad ni estrategia de quien las usa, sino en la ausencia en la víctima de la característica que lleva a usarla en el agresor. Es lo que señala el magistrado Salas cuando justifica la violencia de género en la “ausencia de fuerza en las mujeres”, algo similar a lo que dijo el ministro Cañete sobre la “superioridad intelectual de los hombres”, destacando la ausencia de inteligencia a niveles similares en las mujeres, como argumento para justificar que haya menos mujeres en puestos de responsabilidad y decisión.

Esa ha sido una de las estrategias del machismo ahora utilizadas por el posmachismo, negar la característica en las mujeres sobre la cual construyen la función de los hombres, bien sea la fuerza, la inteligencia, la competitividad, la determinación, el criterio… o incluso negar las oportunidades a través de la educación, la formación, la experiencia… y luego justificarlo todo como una cuestión natural al orden dado. Un orden que le da a los hombres lo que les niega a las mujeres y que presenta el resultado como “natural”, no como desigualdad ni discriminación.

2.- La negación de la cultura en el origen de los problemas. Como acabamos de ver, el machismo es la propia cultura de la desigualdad que toma lo masculino como referencia universal, y organiza la convivencia sobre las características y funciones de los hombres que, además, niega en las mujeres. La estrategia del machismo ha sido construir una normalidad que invisibiliza la desigualdad y la violencia y las sitúa como parte de las circunstancias para cuestionar sólo los “excesos” ante resultados especialmente graves, aunque sin abandonar en ningún momento las justificaciones.

Cuando el magistrado Salas dice que el machismo no está detrás de todos los casos de violencia de género, olvida que esa cultura que él presenta como neutral, además de crear la desigualdad y su normalidad tramposa e interesada, ha creado la también la norma social que permite integrar la violencia de género, hasta el punto de haber llevado hasta la propia ley los valores sobre los que se sustenta. Debe recordar el magistrado que hasta los años 60 el Código Penal recogía el delito de uxoricidio, por el cual el homicidio de una mujer por su marido apenas tenía consecuencias, y que hasta hace unos pocos años el Código Civil exigía la autorización del marido a una mujer para trabajar o para salir fuera del país, entre otras cosas. Debe entender que ese contexto social y cultural es el que crea las identidades que llevan a que 700.000 hombres maltraten cada año, a que 60 asesinen, y a que sólo el 1% de la población vea en ello un problema grave (Barómetros del CIS).

La única maldad que existe es la del machismo, la del machismo activo y la del machismo que se esconde detrás de la neutralidad, del silencio y de la distancia a la realidad para que todo sigua igual, es decir, “sin Igualdad” y con violencia.

Y el machismo lo sabe, por eso ha desarrollado la estrategia del posmachismo y es tan activo en las redes sociales y en todos los ámbitos, porque sobre un aparente respeto a la Igualdad lo que en verdad está desarrollando es una crítica y ataque a todas las medidas e iniciativas dirigidas a alcanzarla, además de intentar desvincular la realidad actual y sus manifestaciones, entre ellas la violencia de género, de toda la construcción cultural e histórica que es el machismo. De ese modo mandan el mensaje de que el problema no es social, sino de unos pocos hombres “malos”, o alcohólicos, o drogadictos, o locos, o extranjeros… siempre habrá un elemento que libere a los hombres sobre la culpa de un hombre que actúe como “chivo expiatorio”.

Por ello no es extraño que todo se intente reducir a un problema de “opinión”, pues al margen de ampararse en la libertad de expresión para influir y condicionar en la sociedad, cada uno desde la posición que ocupa, pero todos minimizando el significado y las consecuencias una violencia que lleva a asesinar a 60 mujeres de media cada año sin que el 70-80% de ellas ni siquiera haya denunciado por esa normalidad que la envuelve, al hablar de opinión lo que intentan es reducir el problema a la subjetividad e ignorar el conocimiento científico y social sobre el problema y su significado. Dejar el problema en la opinión es dejarlo al margen de la educación, de la formación y de la especialización que, en definitiva, es otro de los argumentos del magistrado Salas en contra de lo que muchos jueces y juezas piden cada día mientras hacen un magnífico trabajo sobre los casos de violencia de género que les llegan.

El conocimiento nos hace libres, por eso el machismo insiste tanto en el desconocimiento sobre la realidad de la desigualdad y la violencia de género, porque el poder está basado en la fuerza y en el desconocimiento. Nada es casual, y en la era Trump hemos entrado en un machismo exhibicionista y con una intensidad y beligerancia como no habíamos visto desde hace años. El diagnóstico es claro: estamos ante un “machismo supremo”.

 

37’1º C: Machismo

fiebre-machismo-2A partir de 370 C es fiebre, por lo tanto 37’10 C ya es fiebre y 400 C mucha fiebre.

Esas referencias que se entienden muy bien cuando hablamos de salud o de otros temas, en cambio no se tienen nada claras cuando nos referimos al machismo, y no es casualidad. Todo forma parte de las trampas que el propio machismo ha creado y colocado sobre su territorio hostil para que no sea fácil salir de él. Una de las más utilizadas es la “trampa de lo excesivo”, que permite realizar la crítica sobre aquello que se considera demasiado intenso, dejando el resto como parte de la normalidad y sin cuestionar. Es lo que da lugar a que muchas mujeres digan ante el maltrato lo de “mi marido me pega lo normal, pero hoy se ha pasado”, criticando la cantidad de violencia empleada, pero no la violencia en sí misma que queda como parte de “lo normal”. Una normalidad que lleva a que sean las mujeres quienes dejen el trabajo o reduzcan la jornada para dedicar su tiempo al cuidado de sus hijos, hijas o familiares, o a que cobren menos por el mismo trabajo, o a que si les tocan el culo en clase o en el autobús, o las piropean por la calle, se entienda que no es exagerado y que forma parte de lo normal. El cuestionamiento sólo se hará cuando cualquiera de esas situaciones sobrepase el límite puesto, e interpretado con sus “machomáticas”, por el propio machismo que lleva a cabo las conductas.

Y es que el machismo ha jugado con la normalidad situando el umbral en una posición más alta o más baja según el nivel de crítica social. De manera que si las circunstancias sociales se vuelven críticas con el machismo, pues baja el umbral para reducir el espacio de la normalidad y para que lo “excesivo” comience antes, pero sin renunciar a todo el machismo que queda bajo él. Y si logra recuperar terreno o cuestionar algunas de las medidas de Igualdad, pues vuelve a subir el listón para que lo “excesivo” comience más tarde y sólo se cuestionen las manifestaciones especialmente graves. Esa ha sido su estrategia histórica, la adaptación a las nuevas circunstancias, pero sin transformar el sentido ni el significado que él daba a la realidad, y sin renunciar a la posición de poder que permitía hacerlo.

Sólo con mirar la evolución histórica de las sociedades se comprueba que nada tiene que ver la España de hace 50 años con la de ahora, pero en las dos permanece el machismo como referencia y moviendo los hilos de la realidad.

Bajo esa construcción, al hablar de la desigualdad que existe en la sociedad y del patriarcado que la ha creado parece que estamos hablando de una abstracción, de algo teórico y distinto a la realidad y, lo más importante, se presenta como ajena a todo lo que sucede en la sociedad y sin nada que ver con el machismo, pues como hemos explicado, éste queda reducido a lo “excesivo”, a todo aquello que supera el umbral del momento cuando en verdad es la propia desigualdad, es decir, la construcción de una cultura sobre las referencias de los hombres que ha permitido situar lo masculino en una posición de referencia, para otorgarse una serie de privilegios sobre los que obtener ventajas y beneficios respecto a las mujeres, que han sido situadas en una posición de inferioridad y bajo su control y supervisión.

Y como se puede apreciar, la desigualdad es una construcción de poder, no un accidente ni una deriva incontrolada del tiempo, sino el diseño interesado para obtener esas ventajas desde la normalidad que da ser “dueño” de todos los mecanismos de influencia y poder, unidos a la capacidad de dar significado y a la posibilidad de utilizar mecanismos de coacción y violencia para conseguir sus objetivos, entre ellos mantener el orden dado sin que haya ninguna consecuencia negativa a pesar del abuso y la injustica, puesto que se hace desde la normalidad. Es más, si se llega a superar el umbral del momento y se produce un resultado grave, también tiene la capacidad de minimizar lo sucedido por medio del argumento de la justificación (alcohol, drogas, celos, trastorno mental…)

Este es el contexto que permite decir al presidente de la CEOE que “las mujeres son un problema para el trabajo”, que el 80% de las 700.000 mujeres que sufren maltrato no denuncie, que el 44% de las que no denuncian no lo hagan porque la violencia que sufren “no es lo suficiente grave”, o que el 21% manifieste no denunciar por “vergüenza” (Macroencuesta, 2015). Todo ello forma parte de lo normal, no porque sea aceptable, adecuado o consecuente, sino porque “está por debajo del umbral” que el machismo, o sea la desigualdad, ha situado.

Intentar gestionar el umbral para situar el listón más alto o más bajo siempre conducirá al fracaso, puesto que significa mantener el machismo con sus manos y puños invisibles bajo él. Hay que quitar el machismo de la realidad, no bajar el umbral, pues el machismo es la desigualdad, no su representación excesiva. Es como la fiebre en salud. Si a partir de los 370 C se considera como tal, 37’10 C ya es fiebre, 400 C es mucha fiebre, y 420 C es muchísima fiebre; y si una persona ha tenido 400 C y al día siguiente tiene 37’10 C sigue teniendo fiebre, menos, pero fiebre; en ningún caso significa que ha desaparecido.

Con el machismo ocurre lo mismo. La desigualdad es el machismo, son los 37’10 C que nos indican que la normalidad social está por encima de la referencia saludable para la convivencia y que, por tanto, estamos ante una “patología social” inaceptable. A partir de ahí la discriminación, el abuso, la violencia… van sumando grados y aumentando la intensidad del problema, pero eso no significa que sólo atendamos y nos preocupemos de los grados más altos y graves para separarlos y cuestionarlos como si fueran problemas ajenos al machismo de la desigualdad, y como si para llegar hasta ellos no se hubiera pasado décima a décima, grado a grado, por todos los anteriores. Y es lo que sucede ahora cuando se rechaza el homicidio sin rechazar lo suficiente la violencia, y cuando se critica la violencia sin hacerlo lo bastante sobre el machismo que la genera.

No entenderlo así es caer una y otra vez en la trampa del machismo, o lo que es lo peor, no salir de ella. El machismo sí es consciente de toda esta situación y por ello ha desarrollado su estrategia del posmachismo como forma de generar confusión, duda y pasividad en la sociedad y, de ese modo, mantenerla distante al problema de la desigualdad y su significado para así poder mover el umbral hacia arriba, y hacer la normalidad más machista y a los machistas más normales. Es lo que ocurre cuando al hablar de violencia de género salen con el argumento de las “denuncias falsas”, de que “todas las violencias son importantes”, de que “las mujeres también maltratan”… Nunca han dicho nada de otras violencias hasta que se ha hablado de violencia contra las mujeres, y por eso tampoco piden nada contra la violencia que ejercen los hombres contra otros hombres, que supone el 95% de los homicidios de hombres. Eso no importa, lo importante es que no se hable de violencia de género, porque eso implica hablar de desigualdad, y hablar de desigualdad supone hacerlo de machismo, y hablar de machismo conlleva desmontar la estructura que sitúa lo de los hombres como referencia para obtener ventajas y beneficios a costa de las mujeres.

No caigamos en las trampas del machismo, la desigualdad es el machismo, no sólo las expresiones graves y “excesivas” que se producen como parte de él. Por lo tanto, lo que debemos erradicar es el machismo, no sólo la violencia de género.