¡Pobres hombres!

Pobres hombres que se ven amenazados en un ascensor, en sus casas o en las calles; expuestos a cualquier mujer desaprensiva que los acuse de acosarlas al subir o bajar en el ascensor, de maltratarlas en el hogar o de violarlas en la calle o en un portal.

Qué duro tiene que ser eso de la masculinidad para ir zafándose de las mujeres y conseguir que al final de cada año no sean ellos los acosados, ni los maltratados, tampoco los violados ni asesinados. Sin duda todo un ejercicio de habilidad y escapismo que les evita caer en las redes que las mujeres tejen con su perversidad, y luego les lanzan con su maldad para atraparlos.

Y qué sangre fría deben mantener para que, a pesar de todas esa presión y amenazas a las que están sometidos, luego se les vea caminar por las calles con decisión y determinación como si fueran suyas, simular que no sienten miedo en los lugares de ocio, y que incluso se divierten y disimulan para acercarse a hablar con sus agresoras potenciales en mitad de la fiesta. Y cuánto valor debe correr por sus venas para luego llegar al hogar y sentirse como si fuera un lugar tranquilo y seguro para ellos, cuando en cualquier momento pueden ser denunciados falsamente.

Ese vivir como si no pasara nada ante a amenaza de las mujeres debe ser duro y exigente, algo que sólo un hombre hecho y derecho es capaz de soportar.

Porque todo eso es lo que se deduce de los argumentos que recogen los estudios científicos, como el ICM de 2005, que muestra cómo la sociedad piensa que la mujer es responsable de la agresión sexual que sufre por flirtear (33% de la población lo piensa), por vestir sexy (26%), o por haber tomado alcohol durante su tiempo de ocio (30%), nada dicen sobre la responsabilidad de los hombres que agreden. Algo parecido a lo que lleva, tal y como recoge el Barómetro del CIS de noviembre de 2012, a que el 0’9% de nuestra sociedad manifieste que es “aceptable forzar las relaciones sexuales en determinadas circunstancias”, y que el 7’9% diga que “no es aceptable, pero que no siempre debe ser castigada esa agresión por la ley”, es decir, que debe quedar como un tema de pareja. Pero, ¡oh casualidad!, una pareja en la que el hombre impone su voluntad y viola, y en la que la mujer es violada y debe callar. Como si la fuerza y la posición de poder no formaran parte también de la relación.

El machismo ha creado el marco para presentar a las propias víctimas como responsables de la violencia de género en cualquiera de sus expresiones, especialmente en la violencia sexual. Esa es la razón por la que se cuestiona su conducta antes de ser violadas y por la que también se cuestiona después de haber sufrido la violación, porque toda forma parte de la idea que las hace culpables “por el hecho de ser mujeres”. Quizás por ello hasta las campañas institucionales ante las fiestas de los pueblos y ciudades lanzan mensajes a las mujeres sobre lo que deben o no deben hacer para evitar las agresiones sexuales, mientras que no dicen nada a los hombres, que son quienes agreden y consienten con su silencio y distancia.

No es fortuito que el porcentaje de denuncias por violación se limite al 15-20%, y luego, cuando se lleva a cabo la investigación y se celebra el juicio bajo el peso de los mitos y estereotipos de la cultura machista, que el porcentaje de condenas sea sólo del 1% (Brtish Crime Report, 2008).

Vivimos en la “cultura de la violación”, es decir, en la cultura de la violencia de género, porque vivimos en la cultura del machismo, y eso significa que la realidad viene determinada por sus referencias androcéntricas, y que luego los hechos son integrados bajo el significado que otorgan esas mismas referencias. No hace falta negar lo ocurrido, sólo basta con cambiar su significado.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio contra los integrantes de “La manada” por una presunta violación cometida en los San Fermines, y el intento de cuestionar a la víctima hasta con informes sobre su vida después de la agresión, es un ejemplo típico de esta situación creada por el machismo. Una situación en la que los hombres se presentan como víctimas por ser “presuntos inocentes”, y las mujeres como culpables por ser “presuntas víctimas”.

Lo dicho, ¡pobres hombres!

 

Advertisements

Bienvenidos al machismo

¡Ahora se han dado cuenta!… Ha tenido que producirse la denuncia contra Harvey Weinstein para que, de repente, todo Hollywood se vea reflejado en el espejo del abuso sexual; y ha tenido que ser Hollywood, la ciudad de los sueños, para que el resto de la sociedad viva la pesadilla de la violencia de género en forma de abusos y agresiones sexuales.

Hasta que no se ha conocido esta situación muchas personas han preferido mantenerse al margen y mirar al lado contrario cuando los hechos llamaban su atención. Da igual que en España asesinen a 60 mujeres de media cada año en el contexto de las relaciones de pareja, que 600.000 sean maltratadas, el machismo siempre ha sido capaz de solventar la situación y ocultar la realidad a través de su estrategia.

Siempre lo ha tenido fácil porque ha contado con los instrumentos necesarios para lograrlo. Y estos instrumentos son las “3 C”: credibilidad, culpabilidad y complicidad. Por un lado, la credibilidad de los hombres a través de su palabra inmaculada, por otro, la culpabilidad de las mujeres construida a partir del mito de su perversidad, y en tercer lugar, la complicidad del resto de la sociedad, pues sin ella no habría sido posible que tantos violentos lo hayan podido ser durante tanto tiempo, y aún hoy sigan siéndolo.

Las “3C” originan una credibilidad intermitente (al hombre sí me lo creo-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no…) que es la que permite que sólo se vea lo que interesa y que se crea todo lo demás, una situación que no se produce por accidente, sino por decisión de quienes tienen la capacidad de determinar la realidad para que no se vea afectado el orden dado ni descubiertos sus rincones de invisibilidad. De este modo, la violencia contra las mujeres en cualquiera de sus formas se puede ejercer a espaldas de la mirada social y reforzar así la identidad machista y los privilegios que conlleva, no sólo para los hombres que usan la violencia, también para el resto. Por eso la gran mayoría contribuye desde la complicidad, porque al final todos los hombres, violentos o no, se benefician de una sistema diseñado para ellos. No por casualidad, por ejemplo, sólo el 5% de los maltratadores termina siendo condenado, ni tampoco es fortuito que los hombres tengan mayor tasa de empleo, mejores condiciones laborales, mayor salario, más presencia en los puestos de dirección…

La normalidad impuesta es tan eficaz que lleva a momentos como el que de forma muy gráfica y directa ha relatado Leticia Dolera La actriz cuenta que estaba en un bar con cuatro hombres, y uno de ellos, director de cine, le pone la mano en el pecho mientras los otros disimulan. Ella le pregunta:

  • ¿Qué haces?
  • Te toco una teta; responde él
  • No puedes hacer eso; le dice de nuevo ella
  • Sí puedo, mira… y le vuelve a tocar

Eso es el machismo. No se trata sólo de asaltos y ataques en callejones oscuros, sino de una normalidad que lleva a abusar de las mujeres hasta en lugares públicos, delante de otras personas y después presumir de ella; y a pesar de todas esas circunstancias permanecer entre la invisibilidad y la negación. Pero todavía va más lejos, y cuando se llega a conocer, en lugar de entender que forma parte de esa normalidad que lleva a ocultar lo ocurrido, lo que se hace es culpabilizar a la víctima y ponerla a ella como responsable de los hechos.

El informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA) de la UE es muy revelador. El 55% de las mujeres europeas han sufrido acoso sexual en algún momento de sus vidas, pero más significativo resulta aún las referencias al contexto en el que se produce. El estudio recoge que conforme el nivel profesional es más alto el porcentaje de mujeres que han sufrido acoso es mayor (el 75%), un dato que indica que el destino y el camino para alcanzar esos espacios y funciones ocupados y dirigidos por hombres está lleno de acoso sexual.

Es la consecuencia de la estrategia de las “3C”, y por si todo ello fuera poco, además cuentan con una especie de “mecanismo de seguridad” por si falla alguna de las “Cs”, y es hacer creer que la violencia contra las mujeres no se produce en los lugares donde habitualmente ocurre. Es lo que hemos visto en el estudio del FRA respecto al acoso sexual, y mientras que la sociedad cree que sucede en trabajos no cualificados, en verdad ocurre más en los niveles más altos y en la universidad. Y llega a ser tan poderoso el argumento que se utiliza hasta en los juicios, ¿recuerdan el caso de Nevenka Fernández, concejala en el ayuntamiento de Ponferrada, cuando el Fiscal Jefe de Castilla y León decía que se “había dejado tocar el culo como una cajera del Hipercor”?. Lo mismo ocurre cuando se presenta la familia como un escenario idílico caracterizado por el amor, el respeto y la convivencia, sin cuestionar la construcción violenta de las relaciones y la instrumentalización de la familia por parte del machismo para defender sus ideas, valores y privilegios.

Todo forma parte de su estrategia: Primero se niega y oculta con las “3C” (credibilidad del hombre, culpabilidad de la mujer y complicidad social), y luego, si a pesar de ello se conoce el problema, se presenta como imposible porque en la universidad, en la política, en el cine, en la alta dirección empresarial… no se dan conductas de acoso; como también se dice que en las familias de bien no existe la violencia de género, indicando que se trata de un problema de un hombre concreto con una mujer en particular para ocultar el machismo que hay detrás.

Bienvenidos al machismo, ha costado, el viaje ha sido largo y duro, diez mil años atravesando los desiertos del silencio, las montañas de la amenaza, mares y océanos embravecidos por la violencia, ríos de soledad y miradas de culpabilidad, pero al final se ha llegado al machismo.

De manera que bienvenidos, pero no se queden en la puerta, “pasen y vean”. Lo que acaban de conocer sólo es la pequeña parte que se ha colado por la puerta de un plató que alguien ha cerrado mal, pero los hogares, las empresas, la universidad, las calles… están llenas de machismo y su violencia.

 

La complicidad de las mujeres

La Audiencia Provincial de Córdoba ha condenado a una madre  por las agresiones sexuales que ha ejercido el padre sobre su hija y su hijo. Según la sentencia, el padre abusó de su hija de 6 años múltiples veces, a la que violó y desgarró la vagina al intentar penetrarla, y de su hijo de 5 años, a quien agredía aprovechando que salían a pasear el perro. El padre ha sido condenado a 27 años de prisión, y la madre a 3 años por “consentir la situación” a pesar de que el propio Tribunal refiere que “no reaccionaba para evitarlo por el poderoso miedo que sufría”, pues su marido “la tenía dominada, sometida y amenazada”.

No es el único caso, con demasiada frecuencia las madres son condenadas por la violencia que cometen los padres bajo un clima de terror y maltrato que no se reduce a los hijos y a las hijas, y que también se dirige contra ellas de forma directa a través de agresiones físicas, psíquicas y sexuales. Sin embargo, la Justicia todavía es incapaz de entender cómo esa violencia paraliza y distorsiona la realidad bajo el triple impacto de las alteraciones psicológicas, las amenazas directas y el sufrimiento que nace de la sensación de culpabilidad por no actuar a pesar de las circunstancias. Todos estos elementos atrapan más que impulsan, y hunden en la realidad de la que intentan salir más que empujan a hacerlo.

Como Médico Forense he vivido en diferentes ocasiones ese tipo de decisiones sin que el Tribunal fuera capaz de acercarse a la realidad ni entender la situación de esas madres destrozadas por la violencia sufrida en su cuerpo, y vivida de forma mucho más grave a través del daño ejercido sobre sus hijos e hijas.

Sin embargo, esa misma Justicia es capaz de entender la inocencia de los hombres cuando las mujeres son condenadas por maltratar o abandonar a sus hijos recién nacidos, y de otorgar credibilidad a los padres que afirman no saber nada cuando las mujeres relatan que ocultaron los embarazos y sus conductas criminales.

Sucedió, por ejemplo, en Coslada, donde Catalina arrojó a su bebé a un contenedor de basura, de donde fue rescatado al escuchar sus gemidos un vecino. Según el relato, la mujer ocultó el embarazo a su marido y a sus tres hijos, da igual que vivieran en un piso pequeño, que compartieran cama y cuarto de baño durante los nueve meses que se prolongó el embarazo. También resulta indiferente que la mujer diera a luz en el Hospital del Henares, que tras recibir el alta se fuera a su casa junto a su familia, y que los hechos ocurrieran nueve días después. Al final la única responsable fue la mujer, el padre no tuvo nada que ver ni tampoco “consintió” los hechos.

Algo parecido ocurrió en el municipio sevillano de Pilas, donde una mujer asesinó justo después de nacer a su hijo y lo guardó en un congelador, conducta que repitió en otro embarazo posterior. Según el relato y la investigación, el padre que convivía con ella junto a otros dos hijos nunca supo nada de ninguno de esos dos embarazos, ni tuvo nada que ver de forma directa o indirecta en los hechos, lo mismo que tampoco resultó cómplice por ocultar o no enfrentarse en algún momento a lo ocurrido, ni por no entender como “sospecha” o “indicios” determinadas situaciones que se produjeron durante todo ese tiempo.

Y como estos dos casos de Coslada y Pilas hay muchos que se valoran y juzgan bajo las mismas referencias: las mujeres resultan culpables y son condenadas por la violencia que ejercen sus maridos dentro del hogar, mientras que los hombres no sólo no son condenados cuando la violencia es ejercida por las mujeres, sino que ni siquiera se considera esa posibilidad.

Todo ello refleja cómo el mito de la “perversidad de las mujeres” invade la percepción de los hechos para darle un significado acorde con la construcción cultural, mientras que el mito del “buen padre de familia” actúa de forma similar al influir sobre el sentido de lo sucedido, pero de manera contraria para proteger a los hombres. Da igual que los hechos digan lo contrario y que la realidad social venga caracterizada por una violencia de género dirigida contra las mujeres que las paraliza tanto, que el 75-80% de las asesinadas lo son sin ni siquiera haber denunciado que vivían en esa situación de violencia que termina por costarles la vida.

La injusticia de esta sociedad comienza en su normalidad, lo demás sólo son los “accidentes” que las circunstancias no han podido evitar. Y esa normalidad injusta es la desigualdad y el machismo que la ha tomado como referencia para esconder que la respuesta puntual ante sus manifestaciones especialmente graves, como ocurre con los casos más intensos de la violencia de género, sólo es un espejismo que entretiene y una pantalla que permite ocultar la realidad que cree resolver.

Mientras no nos liberemos de esta construcción cultural, las mujeres siempre serán cómplices de todo lo que se realice bajo los parámetros de la maldad y la perversión que la cultura impone, aunque sea llevado a cabo por hombres.

Y es que la culpa de las mujeres es la liberación de responsabilidad de los hombres.

 

PD. Otro día hablaremos de la “complicidad de los hombres”

Modelo machista de resolución de conflictos

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso.

El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia. Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad. Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales… Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer.

Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer. Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato.

Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre. Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”. Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor.

La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad. Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente.

En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación. Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

 

Un hombre ejemplar

La ejemplaridad de los hombres no busca el valor ético de la sociedad, este ya lo tienen al haber creado la cultura a su imagen y semejanza, lo que en verdad busca es ser la referencia para otros hombres y defender de manera práctica los valores que los hacen hombres y los llevan a comportarse de manera ejemplar, aunque sea a través de la injusticia y el abuso.

La universalidad de la condición masculina permite que cualquier contexto sea adecuado para mostrar sus bondades, lo cual pone a disposición de los hombres una multiplicidad de escenarios en los que poder demostrarlas, pues en todo ellos actúan bajo las mismas referencias y sobre los valores comunes de su masculinidad. Da igual que sea en el trabajo, en el tiempo de ocio, en la familia, en las relaciones sociales… basta que un hombre destaque en algo para ser considerado un “buen hombre”, mientras que las mujeres tienen que destacar en todo para, simplemente, no ser cuestionadas, puesto que si no es así levantarán la crítica sobre su parte más débil. Es lo que ocurre con muchas mujeres trabajadoras, que son grandes profesionales pero luego las critican por ser malas madres al “dejar a sus hijos en la guardería todo el día”, por no pedirse una reducción de jornada, o por posponer la maternidad y la familia a su trabajo. Pero no sólo por eso, también las cuestionan por lo contrario, y cuando deciden cuidar y educar a sus hijos e hijas, las critican por la vida cómoda que han elegido y por “vivir a costa del marido”.

La ejemplaridad que se deduce de la condición de hombre y se induce de su demostración en cualquier escenario, es la que lleva a ser “buenos hombres” en toda circunstancia, como ocurre con los hombres que ejercen la violencia de género. Estos agresores son “tan buenos” que a pesar de ser violentos se presentan como buenos padres, y se sienten en tal posesión de la verdad que niegan la violencia incluso con sentencias condenatorias, hasta el punto de haber creado una asociación de “víctimas de la Ley Integral contra la Violencia de Género”, demostrando que para ellos su ideología está por encima de la democracia.

Y lo que son las casualidades de la vida, ahora, el “caso de Juana Rivas” que parte de una denuncia por violencia de género que no se investiga, a pesar de existir indicios y una condena anterior, es presentado como prueba de esa ejemplaridad masculina en la que un buen hombre y buen padre es víctima de una ley que no le han aplicado, y de unas instituciones y medios sólo por el hecho de entrar a opinar e informar sobre el caso y no darle la razón.

Por eso el machismo nunca hace propuestas constructivas, no plantea política alguna ni medida para afrontar aquello que considera inadecuado o susceptible de mejora. No le importan los hombres que sufren violencia por parte de otros hombres, ni los accidentes laborales, ni los problemas de salud que padecen… su único objetivo es que no se desarrollen políticas de Igualdad ni se corrijan las manifestaciones y consecuencias de la desigualdad. Es más, las propias iniciativas en este sentido son presentadas como un ataque a los hombres y como una discriminación positiva a favor de las mujeres, una situación tan absurda como presentar la política sanitaria como un ataque a las personas sanas y una discriminación hacia quien goza de buena salud.

Y en ese afán de mantener la desigualdad y la discriminación de las mujeres, y de ese modo proteger sus privilegios, no paran de compararse con las mujeres para ensalzar la bondad de los hombres sobre la maldad de las mujeres. Lo hemos visto de manera clara también en el caso de Juana Rivas, y mientras ha estado bajo la actuación judicial, Francesco Arcuri ha sido presentado como víctima de las “feminazis” (por cierto, muy “oportunos” los hombres con carteles con el lema “Stop feminazis” que aparecían tras él en televisión, ¿nadie hace nada contra esa apología del odio?), a pesar de lo cual él mostraba su bondad y magnanimidad repitiendo que quería la custodia compartida para que sus hijos pudieran estar con su madre. Pero la cosa no quedaba ahí, y desde el machismo se le canonizaba como un hombre aún más bueno y ejemplar que el resto, por mostrar esa condescendencia a pesar de haber convivido con una mala madre que se iba de juerga y volvía bebida de madrugada mientras él se quedaba con los niños, y con una mala mujer capaz de denunciarlo falsamente para quitarle los hijos y su dinero.

Ahora las circunstancias han cambiado, y cuando ha conseguido el objetivo de que los niños regresen a Italia por no haberse investigado la denuncia por violencia de género, su ejemplaridad cambia para que los hombres sean “hombres de verdad”, y se traduce, por un lado, en una actitud agresiva y beligerante contra la Ley Integral, las instituciones y los medios españoles, y por otro, con una negativa a que la madre de sus hijos pueda, siquiera, hablar con ellos.

Ese es el poder de los hombres, que pueden hacer una cosa y la contraria y ser coherentes y consecuentes en ambos casos, puesto que la ejemplaridad está en su condición masculina, no en las circunstancias ni en el significado de sus acciones y decisiones. Justo lo contrario de lo que dice el machismo de las mujeres, que son una “pura contradicción” y “ejemplo de nada bueno” salvo que tengan la supervisión de un hombre”, de ahí que aún hoy hablen de su incapacidad y maldad.

 

Presunción de mujer

Los hombres presumen de masculinidad y asumen que con ella hay una serie de elementos asociados que no están en cuestión: no lo está su palabra, su valor, su razón, su condescendencia, su magnanimidad… En definitiva, un amplio grupo de características que, o bien forman parte de esa condición superior que se han otorgado a sí mismos, o bien son consecuencia del desarrollo de sus funciones y roles en la sociedad patriarcal que han creado. Sin ese status de poder no se puede tener una palabra incuestionable, un valor indudable, una razón superior, ni actuar con magnanimidad y condescendencia frente a quienes ocupan la posición inferior y en contraste a la suya: las mujeres.

Lo hemos visto de forma clara en al caso de Juana Rivas, tanto a nivel social como institucional.

Y mientras que a Juana se la ha cuestionado por intentar proteger a sus hijos pidiendo que se investigue una situación de violencia de género, la respuesta ha sido considerarla autora de un delito de denuncia falsa, de otro de sustracción de menores, de otro más de obstrucción a la Justicia… sin presunción de inocencia alguna ni más pruebas que el relato de los hechos aparecido en los medios, y sin ningún juicio que demuestre esos hechos en el contexto de las circunstancias que los han caracterizado. Juana es culpable porque lo dice el machismo, y de ese modo, además, se confirma la asunción de que las mujeres son malas y perversas, especialmente en su relación con los hombres. Para ellas no hay presunción de inocencia, sino “presunción de culpabilidad”, puesto que el punto de partida es “su maldad”.

Con su exmarido, Francesco Arcuri, ocurre lo contrario, la asunción de que los hombres son buenos, que su palabra es sincera y su comportamiento noble, lleva a la presunción de inocencia, no sólo como principio jurídico abstracto, sino como verdad superior y anterior al propio Derecho. La consecuencia es directa, Francesco Arcuri es inocente a pesar de contar con una sentencia condenatoria por violencia de género, y de que las lesiones de su agresión han sido documentadas con informes médicos. Es más, no sólo es inocente, sino que los hechos que terminan en la denuncia ante el Juzgado se debieron a la conducta de la “mala Juana”, que se fue de juerga y llegó bebida de madrugada. Basta su palabra para negar los “hechos probados” y transformarlo todo en una nueva realidad nacida de su relato, algo que han defendido hasta juristas y magistrados estos días.

En definitiva, la “teórica violencia” de Arcuri es producto de su bondad, que deja salir a Juana mientras él se queda en casa cuidando de los niños, lo cual demuestra que Juana era mala al principio y lo es al final. Y esta situación no ha cambiado ahora, aunque sí lo hayan hecho las circunstancias, y mientras que el machismo espera ansioso la condena formal a Juana y su ingreso en prisión por los delitos que ha decidido, los medios muestran al bueno de Francesco en su isla con sus niños sin haber sido investigado por un posible delito de violencia de género, demostrando su magnanimidad y condescendencia al ofrecer a su exmujer la custodia compartida, eso sí ,“siempre que se haga lo que él dice que se haga”.

Todo ello es producto del machismo, de esa construcción cultural que determina la realidad y da significado a lo que sucede para encaje en su modelo de convivencia. El caso de Juana Rivas, por tanto, es un caso más dentro de la violencia de género con la única diferencia respecto a otras mujeres, de que ella residía en un país diferente al suyo, pues más del 70% de las mujeres maltratadas salen de la violencia a través de la separación (Macroencuestas de 2011 y 2015) . Una realidad tan frecuente y peligrosa, que entre los recursos contra la violencia de género que tienen las administraciones para afrontar algunos problemas y las situaciones de riesgo, se cuenta con centros de acogida para las mujeres y sus hijos e hijas. Si no tuvieran que huir no serían necesarios estos centros.

Lo hemos visto estos días en Archidona con Carmen Palomina, que se encontraba desaparecida con sus hijas en circunstancias similares a las de Juana Rivas, al no querer entregar las hijas a un padre denunciado por violencia de género. Pero de nuevo aparece la “presunción de mujer”, y se aplican todos los mitos y estereotipos para que el Juzgado, según aparece en los medios, haya determinado medidas de protección ante los indicios de violencia, y al mismo tiempo la realización de un estudio en el Instituto de Medicina Legal sobre la “veracidad del testimonio” de Carmen.

La violencia de género prácticamente es el único delito donde la víctima tiene que ser examinada para ver si miente en la denuncia, y eso es debido al machismo, a esa construcción social que dice que las mujeres denuncian falsamente para “quedarse con la casa, los niños y la paga”, y que el posmachismo repite sin cesar como parte de su estrategia de confusión. A ninguna persona que le han robado el reloj, el móvil o en la casa, a pesar de estar documentados los altos porcentajes de denuncias falsas, le hacen una prueba para ver si mienten en la denuncia, pues además de ser una prueba poco eficaz en personas adultas, sería considerada intimidatoria y un factor de victimización secundaria. En cambio, a las mujeres sí se les hace, a pesar de que los datos de la FGE indican que las denuncias falsas están por debajo del 0’1%, y que lo que en verdad ocurre es que el 80% de las mujeres que sufren la violencia no la denuncian.

Es inadmisible que en pleno siglo XXI se esté interpretando la realidad bajo los parámetros machistas de hace siglos, y que eso ocurra tanto en la sociedad como en las instituciones. Y es que cuando quien juzga la realidad es el machismo, la “presunción de mujer” está por encima del propio conocimiento y de los hechos objetivos.

Trump y los hombres “equi-equi”

TRUMP Y LOS HOMBRES “EQUI-EQUI” (Machistas de Playa -V-)

La genėtica lo tiene claro, los hombres son XY y las mujeres XX, sin embargo la cultura es capaz de revolucionar las referencias de la biología para, en una especie de mutación social, crear los “hombres equi-equi”.

Son los hombres equidistantes, hombres creados por el machismo para que defiendan sus valores e ideas intentando confundir al resto de la sociedad con el objeto de que no se posicione a favor de la Igualdad y, por tanto, en contra de sus intereses.

Es parte de la estrategia de quienes ocupan posiciones de poder, pues para conseguirlo necesitan contar con el contexto de la normalidad y la credibilidad en sus palabras. Lo hemos visto estos días pasados en Donald Trump cuando, al condenar el ataque neonazi  ocurrido en Charlottesville, mantuvo una equidistancia entre el agresor y su ideología fascista y los manifestantes progresistas atacados. La situación ha sido tan descarada y trascendente que las críticas surgidas a su actitud desde todos los frentes, algo habitual cuando se justifica la violencia que amenaza al conjunto de la sociedad, como suele ocurrir con el neonazismo, lo han obligado a rectificar y a condenar el atentado.

Lo que el machismo hace cada día es algo similar. Los machistas “equi-equi” lanzan siempre que pueden mensajes que equiparan la violencia que sufren las mujeres con las violencias dirigidas contra los niños, los ancianos, los hombres… atendiendo al resultando, pero ocultando las circunstancias y su significado; y luego justifican la violencia de género con argumentos que hablan de que se trata de algo “ocasional”, de unos pocos “hombres malos”, de casos “individuales” relacionados con el “alcohol, las drogas o los problemas mentales”… Cualquier razón es buena para ocultar la violencia de género entre las otras violencias, y así conseguir que no haya posicionamiento crítico frente a ella y que esa normalidad cómplice que crea la cultura no se vea alterada. Y en esa estrategia la equidistancia resulta especialmente útil al transmitir la idea de que importan “todas las violencias”, no sólo una, como intentan hacer creer para presentar al feminismo y la Igualdad como planteamientos egoístas sólo a favor de las mujeres y, en consecuencia, en contra de los hombres.

Y mientras cuenten con la complicidad de lo normal conseguirán que esa equidistancia sea distancia frente a la violencia de género, y proximidad contra el resto de las violencias, puesto que nadie las justifica, ni minimiza, ni tampoco habla de “agresores malos, borrachos, drogadictos, locos…” en esas otras violencias, algo que, como hemos comentado, sí sucede con la violencia dirigida contra las mujeres. Sin esa equidistancia falsa no sería posible que una violencia que ocasiona el 20% de los homicidios anuales en España, y que los produce en “dulces hogares”, fuera de cualquier escenario de delincuencia y criminalidad, sólo sea considerada como problema grave por el 1’4% de la población (CIS, julio 2017). Y eso es lo que ocurre con los 60 hombres que asesinan a sus mujeres desde la normalidad, hasta el punto que el 75-80% de ellas han vivido esa violencia hasta el asesinato sin llegarla a denunciar.

Una equidistancia tan falsa que mientras que no se cuestiona ninguna de las leyes ni medidas dirigidas a combatir el resto de las violencias, ni a sus agresores se les considera víctimas de ellas, la Ley Integral contra la Violencia de Género es atacada sistemáticamente desde la sociedad y algunos foros de la propia administración de justicia, y los hombres (todos) son presentados como víctimas de esa norma.

Esta situación es el resultado de esa aparente equidistancia de los “hombres equi-equi”, una posición nada casual ni accidental, sino una meditada estrategia del posmachismo para potenciar la confusión y con ella la pasividad. Por eso no piden medidas contra las otras violencias, sólo que se quiten las que ya se han establecido para avanzar en la erradicación de la violencia de género. Todo como parte de una manipulación tan burda, y al mismo tiempo creíble por contar con la autoridad de su palabra, que la propia violencia machista que ellos ejercen se presenta como fracaso de las leyes y recursos desarrollados para acabar con ella bajo el mensaje de “siguen matándolas”, como si la promulgación de leyes supusiera un cambio en la mentalidad y en la cultura que da lugar a ella.

El machismo y los hombres “equi-equi” no son capaces de ver lo que la sociedad ha avanzado en Igualdad, pero sí de afirmar que lo que ellos ocasionan con su violencia se debe a que los recursos son captados por el “lobby feminista”, y no por las “verdaderas víctimas”. Pues ellos son los que tienen la autoridad para decir quienes son las “verdaderas víctimas”, lo que es la “igualdad real”, cuál es el “auténtico concepto de violencia”, quién es un “buen padre” y una “mala madre”, cuándo una “denuncia es falsa y cuándo verdadera”…

Es la consecuencia de su falsa equidistancia, aquella que les lleva a afirmar que están en contra de la violencia de género y al mismo tiempo se oponen a las medidas dirigidas a combatirla; la que dice que feminismo es lo mismo que machismo; la que sitúa a un hombre maltratador a mitad de camino entre un buen padre y una mala paternidad; la que pide aplicar la ley con contundencia cuando se denuncia a una mujer, y la critica cuando se aplica ante hombres maltratadores; la que dice que los hombres condenados con sentencia por violencia de género son inocentes, y las mujeres son autoras de denuncias falsas sólo porque ellos lo dicen…

Ante la violencia de género no hay neutralidad ni puede existir equidistancia, o se está contra ella y en el lugar donde ese posicionamiento se traduzca en acción, o se está a favor de que todo siga bajo su realidad. Es así de sencillo.

Tan sencillo que cuando esa equidistancia se presenta frente a otra violencia, como ha sucedido con Donald Trump ante la violencia fascista ocurrida en Charlottesville, todo el mundo reaccionó para exigirle que abandonara esa equidistancia y condenara a los violentos. Si la sociedad fuera igual de exigente y responsable ante la violencia de género, los hombres “equi-equi” tendrían que abandonar su machismo y la estrategia del odio que promueven cada día.

Mientras no suceda seguiremos viendo a estos hombres “equi-equi” pasear su machismo por playas, redes, foros y medios, tal y como ha sucedido este verano.