Hombres incompletos

Pensar que la historia se repite es un exceso, casi una visión romántica de una realidad caracterizada por lo contrario, por una continuidad invariable que nos hace creer que cuando el problema no se manifiesta en toda su intensidad ha desaparecido. Pero en verdad está ahí, continúa porque las circunstancias que dan lugar a él permanecen, y lo único que cambia es su grado de expresión. Por eso la historia no se repite, simplemente no cambia.

Y eso es lo que ahora demuestran los argumentos que utiliza el posmachismo para atacar a las mujeres e intentar demostrar su inferioridad. El posmachismo no sólo continúa con la versión más tradicional del machismo exhibicionista con hombres como Donald Trump, el eurodiputado polaco, Janusz Korwin-Mikke, los empresarios de Chile y su muñeca hinchable, o muchos hombres anónimos cada día… sino que recupera ideas tradicionales con un argumento actual. Viene a ser lo que Claude Levi-Strauss llamaba la reactualización del mito, pero en este caso elevado a toda su potencia en lo que supone una “reactualización del machismo”.

La idea de base sobre la que se levanta toda esta argumentación es la sempiterna inferioridad de las mujeres y su dependencia de los hombres, hoy recuperada sobre referencias concretas alrededor de la “debilidad física”, la “menor inteligencia” y la “incapacidad personal” para asumir ciertas responsabilidades. Ante este planteamiento la conclusión que utilizan para justificar su machismo no sólo insiste en la inferioridad de las mujeres, sino que tratan de destacar su maldad comparándolas con los peores hombres, y dicen que si las mujeres no maltratan más es porque tienen menos fuerza física, si no ocupan puestos de mayor responsabilidad y decisión se debe a que son menos inteligentes, y por tanto, si no se ven envueltas en temas de corrupción, no es porque entiendan el ejercicio del poder de otra manera, sino porque no están en las posiciones desde las que actuar de modo similar a los hombres. Y para demostrar su argumentación recurren a los típicos casos aislados para generalizarlos y dar por cerrada su argumentación teórico-práctica sobre la inferioridad y maldad de las mujeres.

El razonamiento es sencillo y sintónico con las ideas, valores y creencias tradicionales de la cultura machista, con lo cual aparecen cargados de razón y sentido, y a penas generan crítica y rechazo. Todo parte de tomar al hombre como referencia y de asignarle una serie de valores positivos a su condición, de manera que desde el bueno de Adán hasta el último hombre “denunciado falsamente” por violencia de género, la historia siempre ha sido así y con una mala mujer cerca para explicarla.

Bajo esa idea, como los hombres son fuertes, inteligentes y capaces, además de buenos, y las mujeres no son hombres, pues se toma como referencia el elemento que da objetividad al argumento, es decir, la fuerza física a partir del elemento biológico dado por el sexo, y se da por buena toda la argumentación en lo físico (hombres fuertes, mujeres débiles), en los psicológico (hombres más inteligentes, mujeres menos inteligentes), y en lo conductual (hombres capaces, mujeres incapaces). Y además, se le añade el otro argumento también por comparación, de manera que como el hombre es bueno, de hecho sólo hay que ver cómo el Derecho ha utilizado históricamente la figura del “buen padre de familia” para decidir sobre la conducta en términos de justicia, pues las mujeres que no llegan a lo de los hombres son malas, y además, perversas en su razonamiento.

Al final todo queda explicado bajo esa construcción y todo tiene sentido en esta sociedad para ocultar la desigualdad y su significado, y reducirlo todo a las consecuencias de la condición propia de hombres y mujeres o a determinadas circunstancias. Bajo esa idea no hay desigualdad ni machismo, sólo que los hombres son más fuertes, más inteligentes, más capaces y más buenos, y por tanto, las mujeres más débiles, menos inteligentes, más malas y menos capaces. Nada nuevo en el fondo, pues hasta la violencia de género la explican bajo la idea de que “algo habrá hecho la mujer (mala) para que el hombre (bueno)” le “haya tenido que pegar”.

Ya Sigmund Freud, a principios del siglo XX, lo explicó y le dio trascendencia psicodinámica al hablar de “complejo de castración” y de la “envidia de pene”, y tomar el falo como referencia y, en consecuencia, a los hombres como portadores de esa referencia de personalidad e identidad, y a las mujeres como unas eternas aspirantes en su frustrada búsqueda. De ese modo, las mujeres siempre estarán limitadas por ser “hombres incompletos”, y los hombres siempre están en riesgo ante esa “castración social” a la que puede llevar no ser hombre según el modelo tradicional, por lo que la Igualdad es presentada como la cuchilla afilada dispuesta a llevar a cabo esa “amputación social” de los hombres.

Que hoy, en pleno siglo XXI, todavía haya hombres y una cultura que considere que las mujeres son “hombres incompletos” y, por tanto, inferiores, débiles e incapaces, no demuestra ignorancia, sino cómo el conocimiento está sometido a la ideología de quienes prefieren mantener las posiciones de poder, antes que enfrentarse a su propia y limitada realidad, no como pérdida, sino como enriquecimiento para convivir en paz.

La única castración que existe es en los derechos de las mujeres y, por tanto, en la justicia social; por eso muchos hombres tienen miedo a la Igualdad, porque saben que el machismo, o sea, nuestra cultura, es una construcción levantada sobre el abuso y el poder, y no quieren perder sus privilegios en esa especie de “falocracia cultural y social” en la que viven.

 

El sexo abusador

Llamar fuerza al abuso es como llamar lluvia al invierno.

Los hombres no son el sexo fuerte, sino el sexo abusador. No es la fuerza física la que lleva a someter a las mujeres, a discriminarlas, a acosarlas, a maltratarlas y a asesinarlas, sino la posición de poder que ocupan en la sociedad y la sociedad que ocupan y hacen suya desde ese poder que se han otorgado a sí mismos. Por eso el resultado es la combinación de la situación individual de cada uno de ellos y del contexto social que los ampara a todos para hacer de él un instrumento de control de las mujeres por medio de la desigualdad.

Ninguno de los hombres que maltrata y somete a su pareja lo hace desde su mayor fuerza física, por eso ningún hombre, aunque mida 1’90 de estatura y tenga una complexión atlética, puede someter a una mujer si no se dan las condiciones que la sociedad ha puesto para hacerlo a través de la relación de pareja; podrá agredirla, pero no someterla. Es cierto que la fuerza física aparece como un factor añadido, pero el control, el dominio y el sometimiento que ejercen sobre las mujeres con las que mantienen una relación no se consigue al abalanzarse sobre ellas, golpearlas, retenerlas y secuestrarlas para después amenazarlas desde esa fuerza física que se alega, todo lo contrario.

El control se consigue desde el poder que da la cultura y que lleva a imponer a las mujeres criterios en nombre de la normalidad, y a corregirlas y castigarlas por medio de la violencia según interpreten sus conductas y su adecuación a las referencias de esa cultura machista que ellos mismos se encargan de valorar.

Por eso la violencia comienza con un proceso de aislamiento en el que el agresor separa a la mujer de sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia y amistades, para, de ese modo, impedir que la mujer tenga a quién acudir cuando se produzcan las agresiones. Y por esa razón la violencia aumenta conforme su situación es de mayor vulnerabilidad y aislamiento, de ahí esa “evolución cíclica de intensidad creciente” que describen los estudios. Y cuanto más sometida está la mujer, más violencia ejerce el hombre, puesto que no es la fuerza física la clave ni una ganancia de masa muscular en el gimnasio la que la explica, sino el abuso de esa posición que da la cultura machista, y que cada maltratador adapta a su situación particular para abusar más y hacerlo con mayor impunidad.

Esa es la razón que lleva a encontrar que la violencia de género aparezca con más intensidad en los contextos de mayor vulnerabilidad, como sucede en el medio rural, donde el control social actúa como un colaborador imprescindible y hace que las calles se llenen de silencio, y como ocurre en mujeres con menos redes sociales y apoyo, como les pasa a las mujeres extranjeras. Pero también les sucede a las mujeres con discapacidad, en las que a la dependencia social y cultural se une le material.

El informe presentado por la Fundación CERMI el pasado 3-4-17 muestra cómo las mujeres con algún tipo de discapacidad sufren más violencia de género, y ello se debe al abuso de la posición de poder que lleva a cabo el hombre maltratador, no por una mayor fuerza física. Los datos de la Macroencuesta de 2015 mostraron que la prevalencia de la violencia de género en mujeres con discapacidad es más del doble, y mientras que en las mujeres sin discapacidad es del 12’5%, en las mujeres con discapacidad se eleva al 31% debido al abuso que dificulta denunciar la situación o salir de ella, tanto por las consecuencias de la violencia, como por las circunstancias personales y sociales.

La desigualdad de la cultura machista no es una cuestión material en la que la mejor parte de la distribución de tiempos, espacios y funciones se la llevó quien partió y repartió, sino que es una estructura de poder que, por tanto, tiende a perpetuar la situación y a acumular más poder. Y al igual que todo el mundo entiende que “el movimiento se demuestra andando”, como dijo Diógenes, también hay que entender que “el poder se demuestra abusando” como manera de demostrar que se está por encima de lo formal, puesto que hacer lo que hay que hacer no demuestra poder, sino responsabilidad. Y ese abuso sirve para conseguir más poder y para reforzar las posiciones desde las que se ejerce, y mantenerlas como adecuadas a la condición del hombre que abusa y presenta la situación como parte de la normalidad.

La cultura machista ha sido diseñada desde la desigualdad y construida sobre el poder, por eso cuenta con los mecanismos de dependencia necesarios para retener a las mujeres dentro del abuso al vincularlas a lo doméstico y, en consecuencia, instaurar una dependencia material y económica a su abusador, y por medio de unas referencias culturales que la llevan a decir lo de “mi marido me pega lo normal” o “mi marido me pega, pero por lo menos le importo”. Todo eso no es por fuerza, sino por abuso.

La fuerza física sólo ha sido el argumento para ocultar la construcción de poder sobre la ideología de quien se cree superior, y para presentar el abuso continuado como violencia ocasional y luego hacer creer que se trata de un accidente. De hecho, últimamente vemos cómo desde el posmachismo, en esa obsesión que tienen de presentar a las mujeres como las “malas y perversas de la historia”, hablan de que las mujeres no maltratan más porque tienen menos fuerza física. Ya no les vale repetir que “ellas también maltratan, pero psicológicamente”, y ahora pasan a mostrarlas como “maltratadoras incapaces” para insistir en sus limitaciones sin cuestionar su maldad.

Los hombres que no rechazan la identidad tradicional impuesta por el machismo son el sexo abusador, y lo son a través de la cultura y de la violencia individual que ejerce cada uno de ellos. Reducir toda esa elaboración a una cuestión de fuerza física es otro argumento que demuestra que estamos ante una situación de poder y abuso.

La “arriesgada apuesta” del color rosa

“Una apuesta arriesgada”, así define la noticia la decisión del equipo de Fórmula 1 Force India de pintar de color rosa sus coches esta temporada.

El rosa es mucho más que un color, es un símbolo que señala el territorio de las mujeres, el límite que los hombres no pueden sobrepasar, la bandera que marca el territorio de lo femenino donde un hombre es visto como un extraño, no desde dentro, sino para quien lo mira desde fuera. Porque ser hombre es ser reconocido como tal por otros hombres, de manera que cuando alguno se aleja de su modelo deja de ser un “hombre de verdad”.

El rosa se convierte así en una doble referencia, por un lado en ese color que marca lo de las mujeres, y por otro, en el color que señala lo que supone “no ser hombre” y marca la frontera que define la identidad masculina, y, por tanto, lo que dejarían de ser en el momento en que se impregnara de rosa.

Ese es el motivo que lleva a que aún hoy se identifique a los niños con el color azul y a las niñas con el rosa, que los juguetes sigan en catálogos con hojas marcadas por cada uno de los colores, y que, por ejemplo, la “prensa rosa” sea la forma de denominar a las publicaciones dirigidas a las mujeres… Todo como un límite para los hombres, como esa “línea rosa” que no deben traspasar para no ser cuestionados como hombres. La crítica y el rechazo se produce contra los hombres, no tanto frente a las mujeres que entran en el territorio azulado, pues en esos casos la propia desigualdad y discriminación, incluso la violencia si hiciera falta, se encargarían de controlar la situación.

No hay problema si una niña viste ropa celeste, de hecho lo hacen; o si juega con un balón de fútbol, cada vez juegan más; o si decide coger un muñeco de Star Wars o un soldado, en ocasiones los integran en sus juegos… nadie les llama la atención por ello. El problema está en que un niño vista de rosa, juegue con muñecas, se ponga a preparar la comida de sus muñecos en una cocinica, o a pasearlos en un carrito de bebés… Lo mismo que no hay problema en que una mujer lea el National Geographic o una revista de actualidad política, pero sí surgen dudas y preguntas cuando una hombre se pone a leer una revista de la prensa rosa.

El rosa es la representación simbólica del universo femenino, un espacio controlado por los hombres desde su cielo azul, pero al que no pueden pertenecer bajo la amenaza de “dejar de ser hombre” y de perder los privilegios concedidos por la cultura como tales hombres.

Y aunque pueda parecer un tema menor o algo propio de la Navidad y sus catálogos de juguetes, su presencia y significado va mucho más allá, tal y como se comprueba en la noticia sobre el color del fórmula 1 y en los comentarios surgidos a dicha información. La forma de abordar la cuestión refleja esa dualidad en la que el machismo ha convertido la realidad al interpretarla sobre “lo de los hombres” y “lo de las mujeres” tomando como referencia de valor lo masculino, y negando la diversidad que surge de todo lo que no sea “hombre o mujer” según ese maniqueísmo histórico del machismo.

Y no es nada casual. Partir sólo con dos posibilidades, hombres y mujeres, o sea, masculino y femenino, y hacerlo desde la superioridad de la primera de ellas, permite crear la cultura alrededor de sus elementos de valor, hacer girar la sociedad sobre “lo de los hombres” y “lo de las mujeres”, y crear unas identidades para unos y para otras a partir del sexo biológico, como si la esencia de las personas fuera “su carne” y no su mente. En cambio, admitir que los colores de la realidad son variados, no sólo rosa y azul, y que ser hombre o mujer en sentido tradicional no son las únicas referencias de identidad en nuestra sociedad, tiene dos consecuencias inmediatas sobre la cultura machista. Por una parte, dificulta la gestión y el control de la diversidad desde una posición que pierde la referencia dual del blanco y negro, es decir, del rosa y el azul, puesto que en el modelo tradicional todo resulta sencillo desde un punto de vista práctico al considerar que lo que no es azul es rosa, y por lo tanto inferior. Y por otra, la propia construcción de la identidad masculina hegemónica a partir de la pureza del sexo que lleva a entender que sólo “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva”, resultaría imposible al no poder imponer ni convencer de la idoneidad de esa construcción basada en las idea de “sexo fuerte” y de “inteligencia y racionalidad” como características asociadas a los hombres.

Por eso, tal y como recoge la noticia, el rosa es una “arriesgada apuesta”, porque significa traer a un territorio masculino algo que no sólo no pertenece al mismo, sino que representa todo lo contrario, y en consecuencia su presencia se entiende como “contaminación”, como algo tóxico, de ahí el riesgo.

Que el coche de Force India sea de color rosa no le genera más rozamiento con el aire, ni modifica su aerodinámica, tampoco le hace perder adherencia en las curvas, ni desgasta más sus neumáticos, sin embargo, es una “apuesta arriesgada”. Es más, la propia información destaca el hecho significativo de que los casos de los dos pilotos, Pérez y Ocon, serán rosas para enfatizar lo arriesgado de una apuesta que, según parece, debe poner en juego sus propias vidas. Lo mismo hasta se niegan a competir junto a ellos el resto de pilotos, dado el riesgo que se ha generado alrededor.

Tenemos un problema muy serio como sociedad cuando pintar un coche de color rosa en una competición en la que uno de los objetivos es llamar la atención para que la publicidad tenga más impacto, y otro conseguir que los coches sean fácilmente identificados del resto de las escuderías, es considerado una “arriesgada apuesta”.

Todo ello refuerza algo en lo que ya hemos insistido, acabar con los problemas de una desigualdad hecha cultura por el machismo exige algo más que actuar sobre cada una de sus manifestaciones, de ahí la importancia de que el Pacto de Estado sobre el que ahora se trabaja no se limite a la violencia de género y se extienda al machismo. Es la forma de acabar con ese paisaje oscuro y sombrío que ha impuesto a la realidad, aunque luego juegue con los colores para camuflarse dentro de ella.

 

Machismo y corrupción

Los hombres son el modelo ético en una cultura patriarcal que se ha levantado tomando lo masculino como universal, es decir, como referencia común para toda la sociedad, y lo femenino como particular y propio de determinados contextos, generalmente relacionados con lo familiar y lo doméstico.

Eso hace que la realidad venga condicionada por lo que los hombres consideran que debe formar parte de ella, que las leyes y el Derecho hayan tomado como modelo de comportamiento el representado por un “buen padre de familia”, que los tratos se cerraran con un “apretón de manos”, por supuesto de manos viriles, y que el sello más indeleble fuera la “palabra de hombre”, que permanecía en el aire como si fuera parte de su oxígeno, nitrógeno y argón.

Y en contraste, las mujeres, desde la Eva del Paraíso hasta la última de sus hijas, son falsas, perversas, mentirosas, interesadas, traicioneras…

Y a pesar de esta construcción cultural nada desinteresada, nadie ha caído en el “pequeño detalle” de que las mayores traiciones, mentiras, falsedades, manipulaciones, perversidades y crueldades, ahora y a lo largo de la historia, han sido llevadas a cabo por esos hombres cabales, de palabra indeleble y apretones de mano que estrangulan la realidad entre sus dedos para hacerla favorable a sus intereses. Da igual que la realidad muestre que los hombres son quienes protagonizan la mayoría de las felonías, perversiones y crímenes, para la sociedad ellos continúan siguen siendo “buenos padres de familia”, hasta el punto de que cuando se conocen algunas de estas acciones todo se justifica al afirmar que se trata de una serie de “casos aislados”.

Todo ello demuestra que la clave de la realidad no está en su relato descriptivo, sino en el significado que se le da, y que una misma situación puede ser buena o mala dependiendo de quién la protagonice y del sentido que se le otorgue a partir de sus motivos o de los objetivos que pretende conseguir. Y claro, cuando la legitimidad para interpretar la realidad se le da a quien la hace verdad día a día, es decir, a los hombres, y cuando se les dice que la interpreten sobre el modelo de referencia, o sea, la cultura patriarcal, el resultado se presenta como adecuado a los ojos de esa sociedad machista que espera que todo siga igual a pesar de la injusticia.

Eso es corrupción y esa corrupción moral se llama machismo.

Porque corrupción es “vicio y abuso”, tal y como recoge la tercera acepción del DRAE. Y es “vicio” al construir una cultura sobre lo masculino que desprecia lo de las mujeres, y es “abuso” cuando esa construcción se ha llevado a cabo para crear una espacio de poder donde lo de los hombres y los hombres son beneficiarios de un contexto y unas relaciones que giran sobre lo masculino.

Si no fuera así no estaríamos en pleno siglo XXI reivindicando la Igualdad como forma de acabar con la discriminación de las mujeres, con la brecha salarial, económica y educativa que sufren por todo el planeta, y con los abusos, el acoso y una violencia de género que mata a 50.000 mujeres cada año, sólo en el contexto de las relaciones de pareja.

Y reivindicar la Igualdad no es un acto abstracto ni neutral, significa actuar para erradicar los privilegios que los hombres se han otorgado a sí mismos a costa de los derechos de las mujeres, significa acabar con las ventajas laborales, económicas, domésticas, educativas… Significa lograr que los hombres no abusen de las mujeres en los contextos más diversos, e impedir que las maltraten y asesinen con la normalidad como cómplice.

La corrupción es más poder desde el poder, y el machismo busca más poder desde el poder que ya le ha dado la desigualdad.

Pero las venas de la convivencia aún llevan el veneno original del machismo, de ahí que haya tantos frutos tóxicos en la sociedad, entre ellos una economía opresora, una política distante e insensible, unos organismos internacionales incapaces de mirar fuera de sus despachos, unas religiones que miran al más allá y ponen las injusticias del presente como camino a la otra vida… Y cada uno de esos contextos ha sido diseñado por hombres y es dirigido por hombres con el manual de instrucciones de sus ideas y valores.

La incorporación de las mujeres está permitiendo cambiar ese modelo, pero no se conseguirá sin una critica a su naturaleza de poder e injusticia, tan sólo lo irá adaptando a nuevas circunstancias, como ha ocurrido a lo largo de la historia.

Porque toda esa construcción está basada en una estructura de poder que originariamente se levantó sobre la referencia hombre-mujer, al ser esta la única que existía cuando la organización social se articuló sobre la acumulación de riqueza, y fue necesario garantizar la transmisión de los bienes a la descendencia de cada hombre poderoso para, de ese modo, acumular más poder. Con el paso del tiempo, conforme las sociedades ganaron en complejidad, los elementos de desigualdad y discriminación se fueron ampliando a partir del machismo original, pero en todo momento tomando a los hombres como referencia para unir después el color de la piel, el origen, las creencias… Las nuevas referencias de desigualdad no acabaron con el machismo, sino que lo consolidaron.

Reducir el machismo a las cuestiones entre hombres y mujeres es otra de sus trampas para que todos esos casos parezcan una anécdota y consecuencia de una cultura desigual, discriminatoria y violenta que afecta a las mujeres, pero también a los hombres. La sociedad es machista porque ha adoptado el machismo original para crear una posición de poder desde la que resolver los conflictos de manera ventajosa, lo cual lleva a generar más conflictos para acumular un mayor poder.

El poder de la desigualdad es consecuencia del machismo, no el machismo consecuencia de una desigualdad general.

Si el machismo sólo fuera una cuestión de hombres y mujeres, y no un modelo de convivencia e identidades para poder vivirlo, no habría tantas resistencias y ataques para evitar que cambie toda la construcción social, y el propio sistema sería el primero en intentar acabar con las manifestaciones más graves del modelo, como por ejemplo la violencia de género. Pero no lo hace, porque sabe que abordar de raíz estas manifestaciones exige, indefectiblemente, erradicar el modelo machista de convivencia e identidades.

El machismo es la corrupción de la propia sociedad a través del vicio de la desigualdad y del abuso de los hombres sobre el resto de las personas que consideran inferiores por ser diferentes a su identidad (mujeres, homosexuales, transexuales, intersexuales…), y ajenas a su contexto social (extranjeros, personas de diferente grupo étnico, creencias, ideologías…) A partir de esas referencias las combinaciones son infinitas en la interseccionalidad de las relaciones, pero el principio siempre es el mismo y está muy bien definido: discriminar, abusar y atacar desde la referencia de los hombres y desde lo de los hombres.

Acabar con la corrupción exige acabar con el machismo, que es la corrupción original.

 

“Yes we Trump”

trump-genteHemos pasado del “Yes we can” al “Yes we Trump” como el que pasa la hoja de un libro o cambia de canal o emisora de radio. La misma sociedad que creía en sí misma para alcanzar el futuro, al final ha creado un ídolo de 14 quilates al que adorar para liberarse así de la culpa y la responsabilidad, aunque sea pagando la debida penitencia.

Trump ha traído a la sociedad americana lo que ningún otro presidente ha sido capaz, y mientras todos han insistido en su grandeza, algo que también ha hecho Trump, éste ha unido a su discurso la “otredad del pueblo americano”, es decir, la conciencia del otro como alguien diferente.

Trump ha sido hábil, y en un momento de confusión global como consecuencia de los importantes cambios y de la lectura neoliberal que ha llevado a reducir el anhelo y las aspiraciones humanas a la economía y lo material, se ha aprovechado de la interpretación que se hace de la realidad, la cual gira más alrededor de la amenaza que de la oportunidad. Esta especie de “calentamiento social” al final destiñe y encoge las identidades hasta dejarlas reducidas a lo que un día fueron, no a lo que han seguido siendo desde entonces, como si ese momento original fuera la razón de ser para un futuro que no se reconoce en cuanto se hace presente.

Y un pueblo como el norteamericano siempre es un terreo propicio para lo más y para lo menos, al tener más sueños que memoria y más historias que historia. No es fácil encontrar un relato sobre los elementos que definen la identidad del pueblo americano, salvo su anhelo de alcanzarla y de ser pueblo por encima de sus orígenes tan diversos, por eso necesitan repetirse a sí mismos lo grandes que son y la trascendencia de su política y su economía. Y pueden ser grandes en lo que hacen, pero eso no los lleva a saber lo que son.

Basta con escuchar el mensaje de Obama y el de Trump para pensar que no estamos ante un mismo pueblo ni una misma nación, la simple descripción de la realidad que expone cada uno de ellos ya nos lleva a concluir que se trataría de dos países y sociedades, no sólo diferentes, sino opuestas. Y mientras Obama hablaba de esperanza y futuro, de confianza en lo que son como nación, Trump afirma lo que han sido en el pasado y duda de esa nación plural y diversa de hoy para presentar la realidad como una amenaza apunto de suceder, de ahí su “nosotros primero”.

Pero como no pueden decir lo que significa “ser americano de Estados Unidos”, echan mano de esas ideas sobre la identidad que guardan como muestra para encargar un traje a medida y de color original, después de que el proceso del tiempo lo haya encogido y desteñido, aunque ya no sea la prenda adecuada para este momento de la historia. Y ahí es donde las personas como Trump juegan con ventaja al defender una idea de “identidad por contraste”.

Para Trump y la gente como él no se sabe muy bien lo que es ser americano, pero sí saben perfectamente lo que para ellos es no ser americano. Esa es la identidad por contraste, aquella que se construye sobre lo que no se quiere ser, no tanto sobre lo que se es, que queda limitado a los lugares comunes de la historia.

Y con todo ello Trump ha jugado para traer la “otredad americana”, el ser en el no-ser de los otros que lleva a percibir al otro como diferente, inferior y al margen de su comunidad, lo cual en términos prácticos significa al margen de su sociedad. Trump se ha puesto a sí mismo como modelo y todo lo que no se ajuste a él, bien como concepto o en la forma de convivencia que exige, simplemente no es americano. De alguna manera, hemos pasado del “conmigo o contra mí” de George W. Bush, al “o como yo o nadie” de Donald Trump.

El problema no es Trump, sino que ha sido elegido en una democracia por lo que dice, por lo que hace, y por cómo lo dice y lo hace. La sorpresa de Trump no está en que “no cumple su palabra”, como sucede habitualmente en política tras unas elecciones, sino en que la cumple. Trump no es un accidente, sino el candidato y ahora presidente de una parte de la sociedad que defiende esas ideas, valores y creencias construidas sobre el machismo, la xenofobia, el racismo, la homofobia… en definitiva, construidas sobre quien se cree superior y la otredad del resto.

Y Trump no está sólo, hay mucha gente en EEUU y en Europa que gritan de forma decida y con pleno convencimiento, “yes we Trump”, porque defienden esas ideas y valores que han crecido en la sociedad porque otros han dejado marchitar los valores de Igualdad, la Libertad, la Justicia, la Dignidad… en los jarrones de los despachos de la política y las instituciones, donde sólo decoraban, en lugar de haberlos plantado en los jardines de la convivencia, y de haber evitado que cuando alguien lo ha hecho llegaran los “yes we Trump” y los pisotearan o pasaran por encima de ellos con un autobús.

Si Trump ha ganado y la ultraderecha puede ganar en diferentes países de la UE es porque hay más gente que los vota. Juegan con la ventaja de la historia y con una cultura desigual donde las jerarquías son un valor y la opresión del diferente y del inferior un forma de reconocimiento, o cambiamos ese modelo de sociedad con al cultura de la Igualdad, o seguirán golpeando con políticas y guerras que aún no existen, pero que ellos provocarán dentro y fuera de cada país para ganarlas y hacer así que venzan sus ideas.

 

Si Valentín hubiera sido Valentina

corazon-valentinaSorprende que la misma sociedad machista que utiliza la normalidad para discriminar, abusar y agredir a las mujeres se detenga un día a celebrar el amor, mientras deja que el resto del tiempo pase con la misma violencia que la historia ha hecho posible con cada uno de sus días.

Parece como una excusa, como una sinrazón para darle razón al amor, como una especie de borrón donde lo que importa es la cuenta nueva y no lo vivido hasta ese momento. Soy consciente de que no siempre es así, pero sorprende esa celebración del amor en un día donde lo que se proclama es el gesto y la escenificación del momento sobre el compromiso de la relación.

Quizás si nos vamos al origen de este “día de los enamorados” entendamos mejor su significado “en masculino”.

Antes de nuestra era, en la Antigua Roma, se celebraba la fiesta de Lupercalia dirigida a estimular la fertilidad de las mujeres, la de los hombres, como tantas otras cosas de la masculinidad, no se cuestionaba ni necesitaba estímulo alguno. La celebración consistía en golpear a las mujeres con látigos de piel de cabra y de perro mojados en sangre de esos mismos animales para, de ese modo, aumentar su fertilidad, aunque más bien parecía un rito de iniciación para indicarles que la vida en familia vendría acompañada de esos latigazos verbales y físicos. En el proceso de asimilación de las fiestas paganas que desarrolló el cristianismo, allá por el año 496, el papa Gelasius I prohibió esa fiesta e instauró el 14 de febrero como día de San Valentín, fecha que con el tiempo fue asociada al amor y a la amistad. Sin embargo, no queda claro que la figura del santo existiera en realidad, se dice que fue uno de los mártires de Roma ejecutado por casar a los soldados del imperio, a pesar de que el emperador Claudio “El Gótico” lo había prohibido por considerar incompatible la carrera de las armas con el matrimonio, aunque no hay una confirmación histórica sobre la vida del santo.

La relación de ese día con el amor se reforzó en 1400, cuando el rey Carlos VI de Francia creó la “Corte del amor”, bajo la cual organizaba competiciones cada primer domingo de mes y en el día de San Valentín para que los hombres participantes consiguieran pareja. A partir de ese siglo XV se extendió la costumbre de escribir poemas o “valentinas” entre los enamorados, y en el siglo XIX, en pleno romanticismo, se popularizó en Gran Bretaña la comercialización de tarjetas para las parejas de enamorados, extendiéndose rápidamente a todo el mundo anglosajón.

Como se puede apreciar, el origen del día de san Valentín no deja de ser curioso en su vinculación al amor, pues por un lado aparece asociado a la violencia contra las mujeres, y por otro a su cosificación como trofeos en las “competiciones del amor”, siempre con la satisfacción de los hombres como objetivo. Y todo ello ha quedado oculto por las palabras huecas y el eco oscuro que levantan al pasar por la gruta labrada en nombre del amor, un 14 de febrero.

No es casualidad que cuando el feminismo comenzaba a impactar sobre la sociedad convulsa del XIX y reivindicaba la emancipación de las mujeres, la respuesta de la sociedad machista fuese contrarrestar la crítica recurriendo a los sentimientos, y potenciar la idea del amor romántico para consolidar en nombre de la identidad y las emociones lo que hasta ese momento había sido costumbre y tradición. De ese modo, el papel de las mujeres en las relaciones de pareja pasó de ser presentado como una cuestión de “necesidad y dependencia”, a una decisión tomada por las mujeres desde su teórica libertad y dentro de un proceso natural que el propio romanticismo se encargaba de destacar. Una deriva que culminó luego con la exaltación de esas ideas y valores en la celebración de san Valentín como día, no de las personas enamoradas, sino como día del “amor romántico” con todos sus mitos y trucos, como muy bien nos contó Carolina Martín en su “San Valentín hace trampas”

El problema no es la celebración del amor, sino el significado que se da al mismo y cómo esos mitos construidos sobre la idea romántica del amor y de la relación, con su “media naranja”, con sus “celos son amor”, con “el amor todo lo puede”, con “los polos opuestos se atraen”, con la “ausencia de intimidad y espacio propio”... son los mismos que hoy llevan a normalizar la violencia de género bajo el mito de que “quien bien te quiere te hará llorar”, y hacen a las víctimas responsables de lo que sufren y de tener que resolverlo. Y todo en nombre del amor mientras los hombres siguen con su poder y violencia, eso sí, muy románticos y cargados de flores para la ocasión.

Si Valentín hubiera sido Valentina, es decir, si la celebración del amor sobre el significado que el feminismo y muchas mujeres daban a la realidad en el XIX, cuestionando la falacia de una normalidad de familias perfectas y relaciones idílicas, a pesar de que la violencia formaba parte de ellas, las relaciones se habrían configurado de otro modo y hoy celebraríamos el amor, pero no la idea de un amor romántico y tóxico que tanto daño ha hecho a las mujeres.

Si Valentín hubiera sido Valentina hoy celebraríamos el amor y la relación basada en el compromiso, en el respeto, en la convivencia, en la corresponsabilidad, en la libertad, en la felicidad como proyecto común y lo común como encuentro de subjetividades… porque hoy sería la Igualdad quien definiría esas relaciones.

Algo falla en el modelo de amor romántico, como también escribe Carolina Martín, cuando el 30% de las mujeres del planeta sufrirán violencia por parte de sus parejas (OMS, 2013). Y algo falta en ese modelo de amor cuando en la sociedad y entre la juventud aún prevalece esa idea de amor romántico con todos los mitos que permiten establecer relaciones de poder en las que la violencia forma parte de su normalidad, hasta el punto de que muchas mujeres maltratadas llegan a decir lo de, “mi marido me pega, pero por lo menos le importo”.

Y lo que en verdad falta es Igualdad para disolver hasta la nada el modelo machista de relación y las identidades que llevan a él. Si Valentín hubiera sido Valentina ya lo habríamos conseguido.

 

Malos, locos y borrachos

hombres-malosTambién celosos, drogadictos, trastornados… esa es la forma de presentar a los hombres que tiene el machismo. 

Los mismos machistas que no dudan en saltar sin red a los medios y a las redes sociales en defensa de los hombres, a los que presentan como víctimas de una conspiración feminista-planetaria que incluye a las instituciones del Estado, en verdad piensan que detrás de todo hombre hay un loco, un borracho, un drogadicto… en definitiva un “hombre malo” en potencia, pues esa es la forma de justificar la violencia de género que cometen esos hombres que nunca antes han sido considerados como borrachos, locos o drogadictos, y mucho menos como “hombres malos”, hasta el punto de que incluso después de asesinar a sus mujeres son reconocidos por el vecindario como “buenos hombres”, “buenos vecinos”, “buenos maridos”, “buenos padres”… Todo menos esos “hombres malos” que se han puesto tan de moda últimamente para explicar la violencia de género.

El machismo no defiende a los hombres, se defiende a sí mismo y eso significa que defiende a los hombres mientras sean útiles dentro de las diferentes jerarquías del modelo patriarcal. Los hombres debemos ser conscientes de la trampa que esconde el machismo al decir que habla en “defensa de los hombres”, cuando en realidad lo único que defiende son los privilegios que luego disfrutarán hombres, pero no todos. Por esa razón mantiene a cualquier precio la desigualdad de género como forma de garantizar beneficios a cualquier hombre a través de la discriminación de las mujeres. El “premio” para cada hombre está construido en esa desigualdad entre hombres y mujeres, tanto en el ámbito particular de la intimidad, recordemos que las mujeres dedican cada día un 97’3% más de tiempo al trabajo doméstico y un 25’8% más al cuidado de hijos e hijas, mientras que los hombres tienen un 34’4% más de tiempo de ocio diario (Barómetro CIS. Marzo 2014); como en la sociedad, donde han dispuesto de lo público como algo propio, hasta el punto de considerar la Igualdad como un ataque a sus posiciones y una pérdida de algo que les pertenece, tal y como recogían las palabras del presidente de la CEOE cuando afirmó que “la incorporación de las mujeres era un problema para el mercado laboral”.

El machismo es poder y como tal conlleva enfrentamiento y violencia como un instrumento para alcanzarlo y perpetuarlo, una violencia que también sufren los hombres como parte de sus luchas en determinados contextos y espacios habitualmente relacionados con la delincuencia. Esa es la violencia que con más frecuencia y gravedad sufren los hombres y de la que no dicen nada desde el machismo por formar parte de su estrategia de poder en el espacio público. Algo similar a lo que ocurre con la violencia de género, que también callan sobre ella porque es parte de la estrategia que siguen en el contexto privado, hasta el punto de haberla convertido en una violencia estructural amparada por la normalidad y la justificación, que sólo puede afectar a las “malas mujeres”, es decir, a aquellas que la cultura considera que han hecho algo para que el hombre responda de esa manera.

El machismo lo único que defiende es su modelo de masculinidad arraigada en el poder de esa cultura que ha diseñado para los hombres, y en los hombres “diseñados” con una identidad que defiende al machismo. Es un doble refuerzo: lo colectivo define y recompensa lo individual, y cada individuo defiende y refuerza lo colectivo con todas sus ideas, valores, creencias, normas, costumbres… porque saca beneficio de ellas.

Por eso el “hombre de verdad” para el machismo debe ser capaz de “poner a la mujer en su sitio” sin necesidad de que trascienda a la sociedad combinando el control social, la amenaza y, en caso necesario, el ataque explícito a través de la agresión. Para el machismo, un hombre denunciado por violencia de género, no digamos si lo ha sido por una agresión grave o un homicidio, es un hombre que “ha fracasado” en su control, en ese objetivo de retener a la mujer en “su sitio”. Para el machismo el hombre denunciado es un “mal hombre” que pone en riesgo al grupo y a toda la construcción cultural, por ello lo primero que intenta es cuestionar la denuncia diciendo que es falsa, pero si fracasa o los hechos son objetivos, entonces lo aparta del grupo de “hombres buenos” y lo consideran un borracho, un loco, un drogadicto, un extranjero… en definitiva, un “hombre malo”.

Como se puede ver, cuando afirman que hay “hombres malos” que llevan a cabo la violencia de género y lo concretan en el loco o en el borracho, lo que están diciendo no es que el hombre-loco o el hombre-borracho maltrata, sino que el loco o el borracho maltrata, destacando la circunstancia sobre su condición de hombre y de la masculinidad construida por la cultura. La consecuencia directa es que liberan al resto de los hombres de ser maltratadores al no ser locos, borrachos o la circunstancia que utilicen en cada momento (celoso, extranjero, psicópata…), por eso interesa tanto que se defina un perfil de maltratador, porque al aceptarlo lo que en verdad se afirma es que el resto de los hombres no lo son.

Los estudios indican que no hay perfil de maltratador, aunque de forma gráfica podríamos expresarlo de otro modo y decir que tiene tres características, como ya recogí hace años. Las tres características del perfil de maltratador son: “hombre, varón, de sexo masculino”, es decir, no hay elementos que lleven a un hombre a ser maltratador salvo su voluntad y decisión, de manera que cualquier hombre puede serlo si así lo decide.

Y toda esta construcción del machismo se completa con la idea creada para las mujeres. Ellas son presentadas como “buenas mujeres”, pero siempre que se atengan al guión dado por la cultura respecto a los roles, funciones, tiempos y espacios asignados. En cuanto se salen del mismo son reconocidas como “hijas de Eva” con toda la maldad y perversidad escondida bajo su piel doméstica. Pero a diferencia de los hombres, su maldad no es algo de “determinadas mujeres” que se han convertido en “malas mujeres” por el alcohol, la locura o las drogas, sino que la presentan como una condición propia de todas las mujeres guardada en su esencia femenina. Para el machismo la bondad de las mujeres se debe de la imposición que hace la cultura y a la intervención de los hombres que controlan que todo transcurra tal y como está preestablecido, de ahí que se llegue hasta justificar la violencia de género como parte de la “normalidad”.

En definitiva, vemos como el machismo ignora los elementos comunes que la cultura ha creado para que exista desigualdad, discriminación, abuso y violencia contra las mujeres, y reduce cada uno de los resultados que trascienden a “hombres malos” o “circunstancias malas”. En cambio, cualquier situación en la que una mujer aparece como protagonista es juzgada sobre su maldad o perversidad: si es positiva y ha triunfado porque se “habrá acostado” con muchos hombres para conseguirlo o habrá hecho cualquier otra cosa, y si es negativa, directamente porque son malas y perversas. Pero es más, mientras que un hombre en cualquier circunstancia es garantía de compromiso, palabra, lealtad… una mujer es presentada como una amenaza.

La cultura machista, o sea, el machismo, establece toda una serie de mecanismos sociales para conseguir articular la convivencia y las relaciones sobre estas referencias dentro de la normalidad, por eso les cuesta tanto abandonarlas y aceptar la realidad. Porque hacerlo y reconocer que los maltratadores y asesinos no son “hombres malos”, ni borrachos, ni locos, sino hombres normales, tal y como recogen los informes del CGPJ tras analizar las sentencias de los homicidios por VG, supone desvelar la estructura social y cultural que es el machismo, algo que supondría la crítica de las circunstancias donde los “hombres buenos” obtienen los privilegios y beneficios a partir de la desigualdad y la injusticia que supone restárselos a las mujeres.

Y claro, es preferible cuestionar a unos pocos “hombres malos” y seguir igual, que cuestionarlo todo y perder los privilegios, aunque el resultado sea la injusticia social y la violencia de género estructural.