Machismo gratis total

Con frecuencia los machistas actúan como los niños cuando hacen alguna travesura que quieren ocultar. Se oye un ruido en el salón donde un niño anda jugando, entra el padre o la madre para averiguar qué ha ocurrido, ve que hay un jarrón roto en el suelo, y lo primero que dice el niño mientras intenta ocultar el balón tras su cuerpo, es “yo no he sido…” Y lo hace porque en verdad cree que en su mundo esa explicación es suficiente para alejar las dudas y llevarse la sospecha.

Los machistas que saltan a las redes como si estas fueran la arena del coso, no hablan desde la inocencia infantil, sino desde la falta de costumbre de siglos de impunidad. No están acostumbrados a que se les exija por todos los “jarrones rotos” de su violencia ni a dar explicación alguna por nada, por eso intentan lo del “yo no he sido” negando la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones. Pero como observan que ya no tienen éxito y sólo se lo creen ellos mismos, ahora tratan de incorporar algún argumento nuevo  para intentar pasar desapercibidos, a pesar de que las consecuencias de su violencia son objetivas.

La última estrategia del machismo es hacer creer que el trabajo contra su modelo y la violencia de género no es legítimo, y que las acciones realizadas desde el feminismo y las instituciones que abordan estos casos de violencia, se llevan a cabo por los beneficios económicos de quienes defienden y trabajan por la Igualdad. Por eso, entre otras iniciativas, desde la ultraderecha han pedido conocer la identidad de trabajadoras y trabajadores bajo un primer argumento que hablaba de “ideología”, aunque después hayan cambiado sus razones, aunque no las acciones. Para ellos la derecha ni el machismo son ideología.

Lo que busca el machismo con ese argumento es un doble efecto, por un lado presentar ese trabajo como las tareas de una especie de mercenarios que sólo buscan un interés material; y por otro, hacer creer que dichas personas necesitan aumentar el número de casos de violencia de género, y con ellos el ataque a los hombres, la familia, el orden social…  para enriquecerse mucho más a costa del sufrimiento de quienes sufren la injusticia de esa estrategia, que son los hombres “denunciados falsamente”.

La estrategia no es nueva, si se revisa la hemeroteca, al argumento económico es el que más se utiliza contra las personas a quienes se busca criticar, y presentarlas como interesadas en su trabajo y compromiso sólo por el interés económico. Un ejemplo cercano lo tenemos en la visión estereotipada de la política que se suele dar desde estas posiciones, sobre todo cuando se actúa contra personas y los partidos de izquierdas, porque en su modelo de sociedad la derecha representa el status y la riqueza, y es legítimo, según sus argumentos, que tengan dinero y que realicen actividades de todo tipo para conseguir más ganancias a título personal, además de gestionar la política. Por el contrario, la izquierda es presentada como un grupo de personas que llegan a la política para enriquecerse y con la revancha de “quitarle a los ricos” lo que tienen; y todo ello porque son incapaces de ganarse un sueldo por méritos propios.

El machismo ha recuperado esta estrategia para defender su posición porque sabe que genera ese doble impacto: la crítica a través de la idea de instrumentalización de las propuestas a favor de la Igualdad, y el odio contra todas las personas que las secundan y desarrollan al mandar el mensaje de que lo hacen para enriquecerse (asociaciones, organizaciones, profesionales…) sobre el dolor de quienes sufren las consecuencias negativas de esas iniciativas, que para ellos, como hemos apuntado, son los hombres buenos y honrados “denunciados falsamente”.

Y no es casualidad. En el machismo perciben que toda la transformación que vive la sociedad a favor de la Igualdad, además del cambio cultural que conlleva, supone una pérdida de los beneficios que la desigualdad otorga a los hombres.

Los privilegios de los hombres debidos al machismo son “gratis total”, no necesitan subvenciones, ni ayudas, tampoco iniciativas parlamentarias ni planes de acción, ya cuentan con los Presupuestos Generales del Estado como financiación, con la cultura como marco, y la normalidad como protocolo de actuación. Los hombres ya disfrutan de una brecha salarial a su favor, de una mayor ocupación laboral, de mejores puestos en el trabajo y en los espacios de decisión, de mayor tiempo de ocio, concretamente un 34% más cada día, mientras que las mujeres se tienen que dedicar un 96% más a las tareas domésticas, y un 26% más al cuidado de hijos e hijas (CIS, marzo 2014). El último ejemplo lo tenemos en la decisión del Tribunal Constitucional de declarar inconstitucional el cálculo de las pensiones en los puestos de trabajo a tiempo parcial, entre otras razones por existir una discriminación de género en este tipo de actividades laborales que lleva a que el 75% del mismo sea desarrollado por mujeres.

El machismo no da puntadas sin hilo, y cuando recurre al argumento de los beneficios económicos y los “chiringuitos” del feminismo y de quienes trabajan por la Igualdad, además del ataque, lo hace porque perciben que sus beneficios y privilegios se están resintiendo, de ahí su resistencia y ataque. Porque quieren mantener los privilegios de la desigualdad y el “gratis total” que les proporciona el machismo.

Advertisements

El Supremo y “La manada”

La sentencia “emanada” del Tribunal Supremo sobre el caso de “la manada” ha venido a corregir el desfase que se había producido entre el tiempo y la realidad, un tiempo lastrado por los prejuicios y estereotipos de quienes añoran unos años que quedaron atrás, y una realidad que avanza con la fuerza de la Igualdad y la mirada crítica de la conciencia para no olvidar que hasta 1989 la violencia sexual estaba considerada como “delitos contra el honor”, y que, en consecuencia, no había libertad si no había honor, situación que todavía condiciona el presente.

El Derecho ha cambiado, pero la idea de honor no tanto, por eso  muchos no entienden la libertad de una mujer para caminar con cinco hombres en la madrugada de una ciudad en fiestas, y sí ven la libertad de esos cinco hombres para interpretar y decidir sobre lo que la mujer decide o desea. Esa es la mirada con “perspectiva machista” que lleva a dudar de la credibilidad de la víctima o a darle un significado a los hechos a partir de la conducta de la mujer antes, durante y después de la agresión, al tiempo que ignora la conducta de los agresores y da fiabilidad a sus palabras, aunque no haya coherencia entre ellas ni con los elementos objetivos de lo ocurrido.

Todo el mundo acepta esa mirada, en cambio se rechaza corregir la distorsión que produce mediante el cambio de enfoque, y aplicar una perspectiva de género capaz de mostrar cómo la realidad se ha configurado bajo la luz de un “sol de justicia” que levantaba las sombras necesarias para ocultar el verdadero significado de los acontecimientos.

La sentencia del Tribunal Supremo no sólo pone justicia en el caso, sino que contribuye a mostrar esas sombras presentadas como luz ante el contraste con la oscuridad profunda de la negación, y a consolidar la base desde donde se aplica la justicia, que es la justicia social. Son tres los elementos que aporta:

  1. NO SON ABUSOS, ES VIOLACIÓN. En este sentido, da un nuevo significado a lo que ya la Audiencia Provincial de Navarra había recogido como hechos probados, y refleja el peso de uno de los instrumentos más valiosos de la cultura patriarcal, como es la capacidad de dar significado para, aun reconociendo hechos de manera objetiva, darle un sentido diferente. Es lo mismo que sucede ante los homicidios por violencia de género, que a pesar de producirse con una media de 64 al año, aún son presentados como “casos aislados” a través de un significado que mira a las circunstancias particulares de cada homicidio, en lugar de detenerse sobre los elementos comunes a todos ellos.
  2. NO ES UNA VIOLACIÓN CONTINUADA, SINO 10 VIOLACIONES. Ya no sólo es el significado global de lo ocurrido lo que corrige la sentencia del Tribunal Supremo, sino que muestra cómo ni siquiera se llegan a identificar las diferentes agresiones sexuales cometidas por los cinco agresores, y todo queda como si se hubiera tratado de una sola. De nuevo demuestra cómo la violencia de género no llega, si quiera, a ser percibida.
  3. NO SON VÁLIDAS LAS REFERENCIAS QUE INTERPRETAN LA REALIDAD DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO.  Si importantes son las dos aportaciones que hace la sentencia al caso, más trascendente, si cabe, lo es la referencia y el mensaje que manda a toda la sociedad, incluida la Administración de Justicia, a la hora de mostrar cómo se interpreta la violencia de género de manera habitual. La distorsión que introduce la “perspectiva machista” a la hora de dar significado a la violencia contra las mujeres es tan marcada, que unos “Hechos probados” por la Audiencia Provincial de Navarra son la base para llegar a conclusiones contrarias a lo demostrado. Por ejemplo, la sentencia concluye que se trata de abusos sexuales porque no hay intimidación, pero da por probado, y recoge literalmente con relación al momento en que la víctima, en un espacio de 3 metros cuadrados, es rodeada por los cinco agresores y comienzan a desnudarla, que “experimentó sensación de angustia”. Un párrafo más adelante describe que “la denunciante sintió un intenso agobio y desasosiego, que le produjo estupor y le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad, determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera, manteniendo la mayor parte del tiempo los ojos cerrados”.Y sobre las consecuencias de los hechos, en el momento del juicio oral reconoce que la víctima, dos años después de los hechos, padece un “trastorno por estrés postraumático” grave a pesar de haber estar bajo tratamiento. Si todo eso está presente y ha sido demostrado tiene que haber algo que lo haya causado, y ese factor capaz de producir todas esas consecuencias no puede ser un “error de consentimiento”, sino que tiene que ser una situación caracterizada por la violencia en alguna de sus múltiples formas. Esta circunstancia muestra cómo la Audiencia y el Tribunal de Justicia de Navarra a partir de elementos objetivos llegan a conclusiones contrarias, pero también revela esa misma actitud en la sociedad, incluso cómo una parte de ella insiste en que todo fue una “juerga y diversión”. Finalmente,  ha sido el Tribunal Supremo quien muestra la visión crítica cada vez más numerosa en la sociedad, que entiende que se trató de una violación.

La sentencia del Tribunal Supremo pone mucha luz sobre las sombras que el machismo siempre ha levantado alrededor de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones, especialmente en la que se lleva a cabo dentro de las relaciones de pareja y como violencia sexual. La sentencia demuestra cómo la clave que ha utilizado la sociedad a la hora de valorar y de responder profesionalmente desde distintos ámbitos no ha sido la negación de los hechos, sino su reinterpretación para darle el significado necesario que permitiera integrarlos como parte de la normalidad,  o como un hecho aislado y menor sin trascendencia ni significado social. Y para ello resulta fundamental cuestionar la conducta y la palabra de las mujeres víctimas, no la de los hombres agresores. Es lo que se ha visto también en la sentencia de “la manada”, cuando se cuestiona a la víctima porque hubo un beso con uno de los agresores antes de la violación, o cuando se intenta investigar en su vida privada tras el juicio. En cambio, esos mismos sectores no dicen nada de la conducta de los agresores antes de la agresión, de cómo la introdujeron en el portal tirando de ella, concretamente (según se escribe en la sentencia), dos de los agresores la cogieron de las manos y “ambos la apremiaron  a entrar en el portal tirando de “la denunciante”, quien de esa guisa entró en el recinto de modo súbito y repentino, sin violencia”. Y continúa después, “cuando la introdujeron en el portal, los procesados, le dijeron “calla””. Y tampoco dicen nada de la conducta de los cinco hombres y su relación con una teórica juerga cuando dejan a la mujer sola en el pequeño espacio, llorando y sin móvil, mientras ellos salen a la calle de uno en uno, no como los cinco amigos que se acaban de divertir tanto con una conocida.

No es algo puntual, sino generalizado. Si ante un caso como el de “la manada”, tan objetivo y corregido judicialmente todavía hay quien lo niega, imagínense la verdad que hay detrás sobre todo lo que desde el machismo dicen respecto a la violencia de género en la pareja, a las “denuncias falsas”, a la manipulación de los hijos e hijas por las madres, o al presentar los homicidios machistas como “casos aislados”… Todo forma parte de su estrategia de ocultación y confusión, por eso ahora intentan, una vez más, esconder la violencia de género dentro de la “violencia intrafamiliar”, para así facilitar todo este proceso y dar un nuevo significado a la realidad.

Nada es casual. La sentencia del Tribunal Supremo ha puesto luz, conocimiento y referencias para interpretar la realidad de la violencia de género.

 

Violencia de Género: 1000 = 60 + 60 + 60…

La dramática realidad que refleja la cifra de 1000 mujeres asesinadas por los machistas de la violencia muestra parte de la terrible realidad capaz de producirla, pero también esconde algunas de las circunstancias que la hacen posible.

El impacto de los mil homicidios es tan intenso que nos hace olvidar que el tiempo en que se han producido se reduce a menos de 16 años, concretamente desde 2003, año en que se unificaron los criterios y se definieron los indicadores para hacer un seguimiento estadístico de los homicidios de mujeres cometidos por los hombres con los que compartían o habían mantenido una relación de pareja. La situación hace que la media anual de homicidios machistas supere los 60, lo cual revela las características de una realidad que de una manera u otra ha permitido que los asesinatos hayan ido sumando hasta alcanzar la referencia crítica de los 1000 homicidios.

No se trata de una serie de atentados aislados ni de situaciones particulares con decenas de homicidios simultáneos, que tras haberse repetido un número de veces han generado el escalofrío de esas 1000 muertes criminales. Se trata de una “normalidad” mantenida para dar lugar a 60 homicidios un año, 60 al otro, 60 al siguiente, 60 después, 60 a continuación, 60 de nuevo, 60 una vez más… así hasta los 1000 que ahora impactan contra nuestras conciencias. Y lo terrible no sólo es la dimensión alcanzada, sino el camino que lo ha hecho posible.

¿A qué otra violencia se le habría “permitido” sumar, año tras año, 60 homicidios hasta alcanzar los 1000? ¿Se habrían “permitido” 60 homicidios terroristas anuales durante 16 años, se habría reaccionado del mismo modo ante 60 homicidios racistas, o ante 60 crímenes mortales xenófobos o de cualquier otro tipo?. Claramente no.

En ninguno de esos homicidios habría una parte de la sociedad justificando las muertes por el origen o alguna circunstancia del agresor, o por la conducta  de las víctimas. En ninguna de esas violencias habría una estrategia a nivel de redes sociales intentando ocultar las características específicas de esas conductas, ni se hablaría de que “violencia es violencia”, ni tampoco se diría ante las denuncias que la mayoría son falsas o que los agresores pierden la presunción de inocencia por el simple hecho de ser denunciados. Y en ninguna de esas violencias se permitiría una asociación de víctimas de la ley encargada de combatirlas. En cambio, en violencia de género se permite todo eso y más. Ese es el problema.

Abordar la violencia de género significa enfrentarse a la realidad que la hace posible, no a las circunstancias de cada uno de los casos, sino a los elementos comunes a todos ellos que la cultura machista pone a disposición del hombre que decide acudir a ellos desde la normalidad. Una normalidad que lleva a las víctimas a decir “mi marido me pega lo normal”,como refleja la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia que sufren “no es lo suficiente grave”, o a que sean las víctimas, no los agresores, las avergonzadas (el 21% no denuncia por sentir vergüenza). Es esa normalidad machista la que genera la violencia contra las mujeres y la que dificulta solucionarla. Ninguno de los 60 homicidas que matan un año asesinan al siguiente, sin embargo, ese nuevo año otros 60 hombres terminarán asesinando a sus parejas o exparejas, pero estos tampoco lo harán el próximo año, aunque otros nuevos 60 hombres asesinarán a las mujeres con quienes comparten una relación de pareja… Y todos ellos surgen de la “normalidad” de una sociedad capaz de invisibilizar la violencia contra las mujeres y de ponerla en duda cuando se visibiliza. Ninguno formaba parte de redes criminales, ni estaba en bandas de delincuencia… eran  “hombres normales”, como luego los define el vecindario ante los medios de comunicación cuando conocen que han asesinado a sus mujeres.

Las 1000 mujeres asesinadas por violencia de género son consecuencia del “éxito” del machismo que lleva siglos maltratando, violando y asesinando, no del fracaso de la ley. Pero el machismo se mantiene con esa capacidad criminal porque no se hace lo suficiente para erradicarlo, lo vemos cada día ante la permisividad de los mensajes machistas que aumentan el odio hacia las mujeres, y presentan a los hombres como víctimas de una especie de complot feminista que busca enriquecerse a costa de su dolor. Y lo hemos visto cuando el Pacto de Estado se ha dirigido “contra la violencia de género”, y no “contra el machismo” que la origina desde la normalidad que ha impuesto por medio de la cultura.

La negación de la identidad como identidad (El “hombre invisible”)

Cuando se comienza afirmando con una negación se suele terminar negando con afirmaciones que no son verdad, es la única manera de encajar la incongruencia de quien busca algo sin mirar a los ojos de la gente ni a la realidad social.

La masculinidad define que “ser hombre es no ser mujer”, y, claro, con ese principio no se puede ir muy lejos sin tropezar en las propias incongruencias de quienes niegan la evidencia con falsas afirmaciones que presentan a las mujeres como inferiores, incapaces, menos inteligentes, más perversas… para así situarse ellos en una posición superior y justificar los privilegios que disfrutan, no como una injusticia, sino como algo consecuente a unas diferencias que inventan y amplían hasta convertirlas en desigualdad social.

Lo que sorprende es que cuando se está dispuesto a elaborar toda una cultura desde esa visión masculina para organizar la sociedad y la convivencia dentro de ella, y cuando después se crean estructuras, partidos, instituciones… para defender su creación, al final se niegue esa posición ideológica y vital que da sentido a toda esa construcción que se aplica a diario y se reivindica cada día.

Es lo que ocurre con el machismo, que defiende toda su elaboración cultural y las identidades de hombres y mujeres definidas sobre ella (siempre con la condición masculina como referencia y pivote para todas las demás), pero luego sus protagonistas niegan ser machistas, incluso se muestran ofendidos cuando se dice que ese planteamiento que defienden y aplican es machismo. Ocurre igual, por ejemplo, con la derecha y la ultra-derecha, posiciones que comparten una serie de ideas, valores, creencias, estrategias, prioridades, visiones… dentro de un planteamiento conservador en el que los elementos y las propuestas alcanzan una mayor o menor intensidad, pero siempre dentro de esa posición ideológica de derechas, pero luego la niegan para decir que la derecha no es derecha, sino “centro-derecha”, y la extrema derecha no es extrema derecha, sino simplemente derecha, o sea, “centro-derecha”.

La situación es tan absurda que, además, la negación es múltiple, pues es desde esas posiciones conservadoras desde las que más se crítica la Igualdad y las políticas de género, lo cual conduce a una doble negación que lleva a muchos a no reconocerse como “machistas de derechas”, ni como “ultra-machistas de extrema derecha”, como luego se aprecia de forma nítida en sus planteamientos políticos y en su posicionamiento social. Y para que no parezca que lo son, como cuentan con el poder que les ha dado la historia, son capaces de crear otros espacios de disimulo para esconder sus planteamientos, por eso hablan de “masculinismo” en vez de machismo, o de “igualdad real” en lugar de Igualdad, o, como hemos indicado, de centro-derecha en vez de derecha.

Y como tercer paso de su estrategia, el primero es la “negación” y el segundo el “disimulo”, está el “ataque directo” a las ideas, posiciones y planteamientos que cuestionan su identidad ocultada. Y para ello intentan utilizar el mismo tipo de elementos que se dirigen de forma crítica hacia su posición, pero en sentido contrario. Esa es la razón para que desde el machismo hablen de “hembrismo” o que desde la derecha y la extrema derecha llamen a las posiciones progresistas como “extrema izquierda” o “izquierda radical”. Evidentemente, no se quedan ahí e incorporan otros calificativos a su ataque, como escuchamos a diario cuando hablan de “feminazis” o de “destructores de la patria, la familia, el orden natural”…

Es la estrategia que han impuesto quienes cuentan con espacios de poder: “negación, disimulo y ataque”. Primero niegan que ellos son lo que son, después, ante la evidencia de sus posiciones, ideas, prioridades… disimulan creando nuevos espacios que ayudan a camuflarlas y a confundir para que la normalidad creada sobre sus referencias continúe como tal. Y, finalmente, atacan de forma directa a las posiciones contrarias utilizando, paradójicamente, los argumentos críticos frente a las suyas pero en sentido contrario y agresivo.

Y todo ello sin reconocerse como machistas ni como de derechas o de extrema derecha. Si tan convencidos están de sus ideas y valores, ¿por qué no los reivindican con claridad y desde esas posiciones que tanta importancia tienen, según ellos, para el bien de la sociedad? No lo hacen porque saben que son posiciones injustas de poder desde las que se beneficia a una parte de la sociedad a costa de la otra, por eso entienden que las críticas cambiadas de signo son válidas como insulto y como ataque, porque su propia posición levantada sobre la desigualdad insulta y ataca a la convivencia y a la democracia. El ejemplo es claro, si no entendieran que “machismo” es una crítica basada en la realidad social, no intentarían utilizar “hembrismo” como ataque.

Es parte de la realidad-ficción que vivimos, mucho más sorprendente que la ciencia-ficción de las películas y novelas, pues en esta sociedad no hace falta desaparecer para ser “hombre invisible”. ¿Qué mayor negación de la realidad que esa?: lo que se ve es mentira, y lo que no se ve también.

 

Violencia doméstica machista

“La violencia no tiene género, pero sí tiene casa”, ese parece ser el mensaje repetitivo del machismo para llevar la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres al lugar de donde nunca debería haber salido, según ellos: el hogar, lo doméstico, la familia, para así poder ocultarla entre todos los muebles, adornos y personas que lo forman.

La situación es objetiva, hablar de violencia de género significa sacar la violencia del “domus” u hogar y situar el protagonismo en el hombre que la ejerce a partir de las referencias que ha establecido una cultura androcéntrica, de manera que el argumento de lo doméstico y lo familiar no actúe como parapeto para detener el impacto de los golpes y ocultar de puertas para dentro a las personas que los sufren y los dan.

Por eso quienes viven del machismo nunca se han preocupado de la violencia sufrida por los menores, ancianos, mujeres, hombres… pero en cuanto se vio la necesidad de abordar las violencias con especificidad y atendiendo a sus circunstancias, y se promulgó la Ley Integral contra la Violencia de Género para romper con la normalidad que la envuelve y con la culpabilización de la víctima, entonces a esas mismas posiciones pasivas y distantes con la violencia les entró la prisa para que toda violencia volviera al redil de lo “doméstico y familiar”. Es la forma de ocultar la construcción cultural que normaliza, minimiza y justifica la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres, hasta el punto de que la crítica se establece sobre la intensidad de la violencia ejercida, no sobre su uso en sí, tal y como revela la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no denuncia dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”.

Por eso lanzan la idea de que lo importante es la violencia doméstica y de que “violencia es violencia”, y que por tanto no hay que hacer diferencias entre ellas. Pero su objetivo no es sólo confundir con el significado de las diferentes violencias, sino que también buscan crear la imagen de que las mujeres son tan violentas como los hombres, y que ellas son las máximas responsables de la violencia que se vive en el ambiente doméstico.

El informe presentado por el INE el 28-5-19, sobre la violencia incluida en el “Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica y de Género”, aporta datos muy significativos sobre la realidad de estas violencias.

Centrándonos en la violencia doméstica, se observa que los hombres son el 72’6% de las personas que llevan a cabo estas agresiones y las mujeres el 27’4%, mientras que entre las víctimas los hombres son el 37’8% y las mujeres el 62’2%. Es decir, dentro de la violencia doméstica los hombres también son los más violentos, y lo son fundamentalmente contra las mujeres con las que conviven: madres, hermanas, hijas, nietas, abuelas… aunque tampoco se escapan de sus golpes otros hombres del contexto familiar.

El ambiente doméstico reproduce la construcción machista de la sociedad impuesta por una cultura que entiende que los hombres pueden recurrir, si así lo deciden, a la violencia contra las mujeres para mantener el orden decidido por ellos, y a partir de ahí ampliar las agresiones a otras personas.

El modelo machista lo impregna todo, por eso la violencia doméstica es machista, como lo es la violencia de género, aunque en cada uno de los espacios haya margen de sobra para que se introduzcan otras formas de violencia, que no por compartir el mismo escenario tienen el mismo significado. Es lo que muestra el informe del INE respecto a la violencia doméstica al presentarla como una violencia fundamentalmente de hombres contra mujeres.

Pero también se observa otro hecho relevante en el informe, en este caso relacionado con la estrategia reactiva del machismo para intentar defender sus privilegios y detener el avance de la Igualdad. Me refiero a la instrumentalización de las denuncias en un doble sentido:

  1. Por un lado está el argumento de las “denuncias falsas” realizadas por las mujeres bajo la idea de que lo hacen para “quedarse con los niños, la paga y la casa”, y de ese modo reducir la credibilidad de las mujeres potenciando los mitos sobre su perversidad y maldad. Una falacia que demuestran los datos de la FGE al situar las “denuncias falsas” en cifras alrededor del 0’0075%
  2. Por otro, aumentar el número de denuncias contra las mujeres para concluir que son tan violentas como los hombres. Aunque en este sentido, del informe del INE se deduce que las denuncias interpuestas contra las mujeres son más infundadas, puesto que las mujeres son condenadas en el 80’8% de los casos, mientras que los hombres lo son en el 82’7%, en cambio las mujeres son absueltas en el 19’2% y los hombres en el 17’3%.

La violencia doméstica es machista en un doble sentido, por la conducta de hombres que agreden a mujeres para imponer el orden que ellos deciden, y por el intento de utilizar lo doméstico como cajón donde mezclarlo todo hasta esconder el origen de esta construcción violenta, que es lo que en verdad pretende el machismo, trasladar el debate social sobre el origen cultural de la violencia contra las mujeres al escenario particular e individual de cada uno de los hogares donde se produce la violencia. Pero ya no engañan a nadie.

 

“Credihabilidad”

Si en algo demuestra el machismo su habilidad para condicionar la realidad, es en su capacidad de jugar con la credibilidad de las palabras para darle el significado necesario a los acontecimientos, de manera que todo encaje en su forma de entender y presentar esa realidad.

El machismo actúa como un malabar de todo lo que nos rodea para que nunca parezca que está donde está, y como el prestidigitador que es capaz de hacer desaparecer la palabra de los labios de una mujer, al tiempo que se saca otra de la chistera para ponerla en sus labios y lanzar un mensaje diferente.

Esa capacidad es la que permite que un bulo como el de las “denuncias falsas en violencia de género”, que representan el 0’0075% como han demostrado la FGE, siga repitiéndose y se diga que suponen el 80%, y hacerlo con un argumento tan débil y pueril como afirmar que todo lo que no termina en sentencia condenatoria es denuncia falsa. La misma situación que ocurre ante las agresiones sexuales, ya se ha creado el marco para que lo primero que suceda ante una denuncia sea cuestionar a la víctima de forma progresiva, de manera que cuando supere un nivel de cuestionamiento se encuentre con otro: primero se niega que hubo una relación sexual, después se dice que fue consentida, más adelante que la denuncia es falsa, o que no se defendió lo suficiente, o que no huyó…

Y todo ello sucede en un contexto en el que 60 mujeres de media son asesinadas al año por sus parejas o exparejas, 600.000 son maltratadas, y más de 1200 mujeres son agredidas sexualmente, aunque si se consideran todos los delitos “contra la libertad y la indemnidad sexual”, sufridos fundamentalmente por mujeres, los casos anuales superan los 12.000. ¿Cómo es posible que ante una realidad tan objetiva y amplia, se pueda cuestionar su existencia y dudar de las mujeres que habiéndola sufrido acuden a las instituciones para que se responda ante ella?

La respuesta es sencilla: porque las referencias que dan lugar a esa realidad son las mismas que se utilizan para interpretarla, darle significado y responder en consecuencia. Se trata de conductas individuales que se llevan a cabo sobre referencias comunes integradas a partir de una serie de mitos y estereotipos construidos por la misma cultura que da lugar a la “normalidad” definida por esa sociedad, y a las identidades que llevan a hombres y a mujeres a entender que determinados comportamientos están “justificados” por argumentos precocinados listos para ser incorporados al microondas de la información cuando haga falta servirlos ante un caso en particular.

¿Han escuchado alguna vez que cuando un joyero sufre una agresión durante un robo, el joyero había provocado al ladrón al poner un escaparate lleno de joyas y relojes de lujo?. Pues en las violaciones y agresiones sexuales es habitual utilizar el argumento de la “provocación de la víctima” para justificar y llegar a decir que es una denuncia falsa.

¿Han leído alguna vez que cuándo un cliente sufre una intoxicación alimentaria en un restaurante la culpa es suya por haber pedido ese plato, o que en realidad lo que busca es no pagar la cuenta y simular la sintomatología?. Pues es un mensaje que se lanza con frecuencia en violencia de género.

¿La han dicho en alguna ocasión que como ha habido casos en que Policías o Guardias Civiles han estado implicados en algunas tramas de narcotráfico, se puede concluir que la mayor parte de la Policía o la Guardia Civil forman parte de mafias narcotraficantes?. Pues es el razonamiento que hacen desde el machismo ante algunas conductas delictivas llevadas a cabo por mujeres.

Podríamos seguir con ejemplos que demuestran cómo el significado que se da a la violencia de género es completamente diferente al que se da ante otros hechos criminales, y cómo el relato que se hace de la violencia que sufren las mujeres es coherente con la idea previa que ha creado de ellas la misma cultura que las considera malas, incapaces, desalmadas y perversas; de lo contrario no sería posible que una realidad que niega ese relato falaz y una historia que confirma el presente pudieran ser negadas.

Y sin duda, una de las claves para lograrlo es quitarle la palabra a quienes pueden contar lo sucedido, negarle la credibilidad a las mujeres que viven la violencia a partir del propio contexto de significado que han creado con esa cultura machista. El resultado es objetivo: si las mujeres no fueran “malas y perversas” no sería creíble que denunciaran en falso a los hombres, ni que los hechos que protagonizan algunas mujeres, bien en forma de violencia o de esas denuncias sin base real, puedan generalizarse y hacer creer que se trata de “la mayoría” con el objeto de crear una nueva realidad con dos dimensiones: la creencia de que las mujeres son tan violentas como los hombres, y además más perversas por denunciar falsamente, y la negación de la violencia que sufren ellas por parte de los hombres.

El último ejemplo lo tenemos en el caso de la mujer de Ponferrada que ha utilizado “burundanga” contra varias personas en para robarles 41.000 €”. Unos hechos con dos referencias claras que marcan su significado:

  1. El primero de ellos es la forma de presentar lo ocurrido a través de los titulares aparecidos en los principales medios, que lo definen como “una mujer que envenena a siete hombres”. Definir el uso de la burundanga como “envenenamiento” ya sitúa la conducta en un contexto de significado asociado a la idea tradicional de las “mujeres envenenadoras”. Cuando un hombre utiliza la burundanga contra una mujer para agredirla sexualmente nunca se dice que la “envenena”, se habla de que “la puso en la bebida”.
  2. El segundo es la credibilidad de las víctimas. En ningún momento se ha cuestionado que los hombres intoxicados mintieran, ni se ha dudado de que realmente haya existido un robo después de ver cómo alguno de ellos entraba en un cajero automático y marcaba por sí mismo el PIN para sacar dinero con la tarjeta. Nadie los cuestiona ni dice que no es compatible la intoxicación, la conducta seguida, tan compleja como para entrar al cajero y sacar dinero utilizando la clave memorizada, y el posterior olvido de lo ocurrido o su recuerdo parcial. Sin embargo, cuando una mujer denuncia que ha sido agredida sexualmente bajo una intoxicación y que no recuerda muy bien cómo transcurrieron los hechos, se duda sistemáticamente de la veracidad de sus palabras, y se dice que es incompatible una intoxicación con lo relatado por ella en la denuncia.

Al final todo encaja, las mujeres son malas y perversas y denuncian a los hombres que se acercan a ellas para beneficiarse por medio de “denuncias falsas”, y los hombres son buenos pero acaban traicionados por ellas para quítales la casa, los hijos, la paga y la libertad.

Lo terrible de esta construcción del machismo no sólo está en ese significado que se le da a la realidad, sino que a partir de él ni siquiera se investigan los hechos denunciados para demostrar que la realidad es falaz y que las mujeres no denuncian falsamente a los hombres.

Esa es su habilidad, la capacidad de jugar con la credibilidad de las mujeres para que la única realidad aceptada sea la que se define desde el machismo en cuanto a sus acontecimientos y a su significado.

 

Mentiras de verdad

La mentira, además de no corresponderse con la realidad, implica la conciencia de que dicha afirmación no es cierta, pues de lo contrario se trataría de un error o de una simple incorrección. La mentira, por tanto, exige intención, y la intención se mueve por la voluntad de alcanzar algún objetivo, bien para obtener un beneficio a través de la falacia empleada, o bien para hacer un daño a alguien.

Cuando la sabiduría popular dijo aquello de que “la mentira tiene las piernas muy cortas”o que “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”, tomaba como referencia una sociedad en la que la palabra tenía un valor superior, y quienes eran responsables de gestionarla se sabían con el compromiso social de evitar que fuera tomado en vano. Esta situación facilitaba que, más antes que después, en un escenario de verdades la mentira fuera descubierta y el mentiroso señalado.

Utilizar la mentira con frecuencia y sin consecuencias es propio de quien ocupa posiciones de poder, pues de lo contrario esas “extremidades inferiores tan cortas” o la “cojera padecida” les impedirían avanzar por un terreno lleno de los obstáculos y dificultades que forman cada una de las verdades que intentan sortear.

La defensa de las ideas y valores tradicionales se basa en lo que los hombres han considerado a lo largo de la historia que eran los valores y las ideas que debían ser defendidos, pues han sido ellos quienes han ocupado las posiciones de poder para decidirlo e imponerlo. El machismo es eso, la construcción de una cultura, es decir, del conocimiento y las referencias que conlleva para definir las identidades, los roles y funciones de cada persona, y los tiempos y espacios que deben ocupar en la sociedad dependiendo de su condición, y de ese modo, establecer el tipo de relaciones que han de mantener esas personas según esa “normalidad”.

Las posiciones conservadoras y tradicionales defienden los elementos que desde esa construcción androcéntrica se han considerado adecuados para la convivencia, y así la han recogido en el Derecho, en la educación, en los temas laborales, en la política, en la salud… que a lo largo de toda la historia han quedado impregnados de esos valores y de esa forma de entender la realidad. Nada diferente a lo que hemos visto también a lo largo de esta campaña electoral en los temas relacionados con la Igualdad y las mujeres, especialmente en cuestiones como la violencia de género y el aborto, pero también en muchas otras derivadas. Y el problema no está sólo en las propuestas y decisiones particulares que se adopten en un momento determinado, sino en la concepción global de la que parten.

Y para poder mantener su construcción androcéntrica cediendo lo justo para que no se desestabilice, necesitan imponer sus ideas y valores a través de los instrumentos que la posición de poder ocupada a lo largo de toda la historia les ha permitido. Antes era la propia determinación de la realidad para que las cosas fueran como tenían que ser, tanto en su resultado como en el significado que se le daba. Así por ejemplo, a la violencia contra las mujeres se le ha dado un sentido de “normalidad”, como algo propio que puede pasar en las relaciones de pareja, y de hecho se la ha invisibilizado en mitad de la violencia doméstica y familiar para que no se pudieran conocer sus características específicas. Y cuando la situación es tan grave que se produce el homicidio de la mujer, entonces se dice que el hombre estaba bajo los efectos del alcohol, de alguna sustancia tóxica, con algún problema mental, o que es extranjero.

Pero ahora la situación ha cambiado gracias a la crítica que ha hecho el feminismo y al conocimiento social que ha surgido de la misma, de manera que se han visto obligados a cambiar de estrategia para continuar igual. Y si antes su táctica estaba en imponer una “única verdad”, es decir, hacer de sus posiciones y con todos sus instrumentos la única verdad, ahora se trata de utilizar los mismos instrumentos para llevar a cabo justo lo contrario, pero con el mismo objetivo.

Ahora se trata de conseguir que no haya bases sólidas para que la sociedad no pueda posicionarse sobre ellas, y de esa manera facilitar que lo que ya existe como referencia, que son sus ideas, valores, creencias, tradiciones… continúen como elementos comunes para toda la sociedad. Por lo tanto, ahora no se trata de que haya una sola verdad, sino de que todo sea mentira para que los elementos que caracterizan la realidad no puedan ser identificados como tales, y se evite el posicionamiento crítico de la sociedad frente a ese problema.

Sin duda el ejemplo más paradigmático, y no por casualidad, es la estrategia y actitud que mantienen ante la realidad de la violencia de género con sus 60 homicidios de media al año, los 600.000 casos de maltrato identificados por las Macroencuestas, los más de 800.000 niños y niñas viviendo en los hogares donde se lleva a cabo, y las agresiones y homicidios que también sufren por parte de sus padres violentos. A pesar de la objetividad y las evidencias diarias de su realidad, desde el machismo lo único que contemplan son las “denuncias falsas” y logran hacer creer que toda denuncia que no termina en condena es falsa en su origen, cuando la propia Fiscalía General del Estado recoge en sus memorias que representan menos del 1%. La capacidad de jugar con el machismo hecho cultura para hacer de la normalidad razón y justificación, y el peso que le da la autoridad “autoconcedida” a sus palabras, permite que a pesar de esa objetividad y de que el 75% de la violencia de género no se denuncia, se siga creando confusión con ese argumento.

Pero como también perciben que a pesar  de las “denuncias falsas” ya no consiguen los mismos objetivos ni la misma pasividad que antes, ahora incorporan nuevas mentiras para generar más confusión y para armar el argumento de que “todas las violencias son iguales”, de manera que no nos detengamos ante las circunstancias específicas de la violencia de género que revelan la construcción machista que da lugar a ella y a los privilegios masculinos que ven amenazados. Y entre esas nuevas mentiras de diseño están la “lista de hombres asesinados”, la “lista de mujeres asesinas”,y la “lista de niños asesinados por sus madres”. Son listas que se repiten y multiplican el mensaje que muestra a las mujeres como asesinas de hombres y niños, bien de forma separada o mezclando víctimas en la misma lista, pero lo sorprendente es que son falsas y que la falsedad se puede ver en las noticias que anexan como justificación de los casos que presentan. Su manipulación es tan burda que muchas de los casos que recogen como homicidios llevados a cabo por mujeres en verdad se trata de lesiones sin resultado de muerte, o han sido otras personas las que han cometido el homicidio, o ni siquiera se conocen las circunstancias de la muerte.  Es tan grosera su estrategia que llevan a cabo que la propia noticia donde hacen referencia a la lista de mujeres asesinas la titulan como “79 víctimas de asesinatos y homicidios cometidos por mujeres en España en sus distintas formas. Año 2018”, y después recogen en el mismo texto, “40 mortales (31 dolosos, 7 culposos y 2 pendientes de clasificación), y 39 intentos frustrados”. Todo ello sin sentencia, sólo con lo que ellos consideran a partir de unas noticias en las que en algunos casos se puede leer que las mujeres a las que ya consideran asesinas es muy posible que no hayan participado.

Al final consiguen el objetivo de que en las redes y en muchos espacios se hable de las “79 víctimas”y que aumente el odio contra las mujeres, para lo cual, además, se incide en argumentos como que “los hombres han perdido la presunción de inocencia”y que “son detenidos sólo con la palabra de la mujer”, aunque esas afirmaciones sean incompatibles con la realidad que muestra que el 80% de los hombres no son condenados tras la denuncia, y con la profesionalidad de la Policía y Guardia Civil que detienen cuando las circunstancias lo requieren. Lo terrible es que, además, haya partidos de ultraderecha que utilicen estos datos para justificar sus políticas y propuestas, puede parecer extraño, pero lo triste es que todo resulta muy coherente.

Son las mentiras de verdad que se lanzan desde el poder para defender este machismo hecho cultura y todo lo que conlleva, desde la idea de orden social hasta los privilegios individuales para sus guardianes y defensores.