Un hombre solo, una mujer sola

Según la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona, se absuelve al hombre que se masturbó mientras otros cinco hombres agredían sexualmente a la víctima, porque “no podría haber hecho nada efectivo para evitar los delitos, cometidos por una pluralidad de hombres y en un descampado alejado de zonas habitadas donde poder encontrar auxilio, fuera para detener los ataques a la víctima o en caso de enfrentarse solo a los ataques, evitar la posible reacción agresiva contra él”.

Es decir, la actitud pasiva de un hombre solo ante la escena de la violencia ejercida por cinco hombres, justifica su inacción ante la posibilidad de que la conducta violenta de los cinco se volviera contra él, mientras que la actitud “pasiva” de una mujer bajo los efectos del alcohol y el hachís que está siendo agredida físicamente y sufriendo violencia sexual por esos cinco hombres, con la suficiente consciencia como para, según se deduce de la sentencia y de los hechos, obligarla a practicar dos felaciones tras las múltiples relaciones sexuales contra su voluntad, y poder expresar quejas durante los hechos (como dicen los propios agresores por Whatsapp), no justifica su “teórica pasividad”, hasta el punto de que los hechos han sido considerados como abuso sexual, en lugar de “violación” (agresión sexual).

O sea, según se concluye la sentencia, un hombre solo que contempla unos hechos violentos protagonizados por cinco hombres puede ser intimidado por la posibilidad de que esa violencia se vuelva contra él, mientras que la mujer que está sufriendo esa violencia por los mismos cinco hombres no es intimidada, ni por dicha conducta violenta ni por la posibilidad de que se agrave ante sus resistencia, como por desgracia ha ocurrido con otras mujeres como Laura Luelmo, Diana Quer o Leticia Resino en un pueblo de Zamora.

Dos son los elementos que deben tenerse en cuenta a la hora de valorar unos hechos de este tipo:

  1. El primero de ellos es la necesidad de ajustar el Código Penal a lo que dice el propio Código Penal. Si se trata de “delitos contra la libertad sexual”, la circunstancia que define el hecho es el consentimiento para mantener la relación sexual, no la forma de quebrar el consentimiento o de evitarlo. El modo en que se haga podrá matizar y agravar más o menos la pena, pero no definir la existencia de un delito que viene conceptualizado por la necesidad de contar con dicho consentimiento como reflejo de la libertad de la persona para mantener o no relaciones sexuales.
  2. El segundo se trata de acercar la realidad teórica del enunciado de la ley a las circunstancias concretas de unos hechos. La manera de expresar el rechazo a las relaciones sexuales y la negativa del consentimiento a mantenerlas no es una cuestión teórica y rígida, sino que ha de ajustarse al contexto en el que se producen los hechos, desde una doble perspectiva: la situación de la víctima y las características de del entorno. Y si una víctima está intoxicada, al margen de que ya es una situación que no cuenta con su consentimiento, tal y como hemos recogido en el punto anterior, hay que tener en cuenta las formas en que ese rechazo se puede expresar. En el caso analizado, las “quejas” que los propios agresores recogen en su Whatsapp ya son indicios suficientes para demostrar que no había consentimiento. Pero si, además, se tiene en cuenta el otro elemento, las características de un contexto solitario y aislado capaz de intimidar a un hombre que contempla la violencia que ella sufre, la manera de expresar el rechazo debe ajustarse a ese contexto, y la no expresión no puede significar nunca la existencia de un consentimiento o la ausencia de violencia. Pero si persisten las dudas sobre el significado de lo ocurrido, hay que tener en cuenta el resultado de lo ocurrido y su impacto psicológico sobre la víctima. Y cuando unos hechos y el escenario que originan no son traumáticos, no tienen por qué generar un “trastorno ansioso-depresivo” que tres años después de la agresión aún requiere terapia.

Los agresores sabían que iban a violar a la menor, por eso esperaron el momento en que estuviera lo suficientemente intoxicada para manipularla y trasladarla sin excesivos problemas hasta la nave del descampado, una vez allí se organizaron para agredirla sexualmente por turnos, y luego, a pesar de las quejas mostradas durante las relaciones por vía vaginal, obligarla a que le practicara una felación a dos de los agresores. Y mientras que la conducta de los agresores es perfectamente coherente con el objetivo criminal buscado, a la víctima se le exige que exprese su consentimiento o su rechazo de una forma que las propias condiciones en que se encuentra le imposibilitan expresar, y no se tienen en cuanta las “quejas” y el silencio derivado de una situación capaz de intimidar a un hombre que participaba en la escena, aunque según la sentencia no en los hechos. En cambio, sí se tiene en cuenta que “sólo recuerda flashes” de la agresión, como si la memoria tuviera que ir siempre ligada a la realidad de lo ocurrido, máxime cuando las propias circunstancias de los hechos dificultan e impiden la fijación de los recuerdos.

La OMS define la violencia como, “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Es decir, la violencia viene definida por el uso de la fuerza física o el poder, no sólo de la fuerza física

¿Alguien cree que los cinco agresores no eran conscientes de la situación de poder que les daba abordar en la fiesta a una menor intoxicada, trasladarla a un lugar solitario y alejado, y allí forzarla a mantener relaciones sexuales con los cinco, y a practicarle una felación a dos de ellos?

Hay que cambiar el Código Penal, pero sobre todo hay que cambiar la mentalidad y las referencias de una cultura machista que interpreta la realidad de manera coherente con lo que hace que sea de ese modo, para luego negarla.

 

“No había denuncias previas”

No termino de entender por qué se recurre al dato sobresi había o no denuncias previas en el momento de informar sobre el homicidio de una mujer por violencia de género. Se imaginan que al dar la noticia de alguien que ha fallecido por infarto de miocardio dijeran que nunca había acudido a urgencias o al hospital, o que al informar sobre alguien que acaba de morir en un accidente de tráfico comentaran que no había llevado el coche a la ITV… no se entendería que esa primera información viniera acompañada de detalles que generan dudas sobre el sentido de lo ocurrido. En cambio, en violencia de género el dato sobre las denuncias previas ante los asesinatos es habitual, tal y como hemos comprobado, una vez más, en las informaciones sobre los últimos casos de Vic y Granada.

Sin duda es un elemento importante a la hora de analizar las circunstancias del crimen, pero comentarlo justo en el instante en que se da la noticia del asesinato genera confusión sobre dos tipos de ideas:

  • La primera es poner una cierta responsabilidad en la víctima por no haber denunciado la violencia que ha terminado por matarla.
  • La segunda se mueve en sentido contrario, y transmite la imagen que niega que haya una violencia previa en la pareja, como si todo hubiera sido consecuencia de una situación puntual e inesperada. Es lo que se refleja en frases como, “tras una fuerte discusión”, “en el seno de un conflicto familiar”… que tanto se utilizan para contextualizar los homicidios de las mujeres.

En cualquier caso, recibir esa información sobre la ausencia de denuncias previas junto a la notica del asesinato de una mujer, genera distorsión sobre lo ocurrido y confusión sobre la realidad de este tipo de violencia, al situar el significado de lo sucedido alrededor de lo que la víctima ha hecho o ha dejado de hacer, en lugar de hacerlo sobre lo que el hombre que la ha asesinado acaba de llevar a cabo.

Con independencia de desviar la conciencia crítica sobre la esencia de una violencia construida desde dentro de las referencias culturales, materializada por los hombres bajo la normalidad, y llevada hasta el homicidio desde una posición moral que no acepta que la mujer se revele a sus imposiciones y dominio, lo que también se produce con ese tipo de planteamientos es el refuerzo de los mitos que existen para explicar porqué las mujeres son asesinadas por sus parejas. Y entre esos mitos la idea de que el hombre “pierde el control” por estar bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno mental, es uno de los argumentos más potentes y directos, que se ve confirmado con comentarios informativos de ese tipo.

Si la violencia contra las mujeres no hubiera contado en su resultado con las mismas justificaciones que la cultura machista sitúa en su origen, habría sido imposible que una historia y una convivencia caracterizada por su realidad objetiva, hubiera podido superar los plazos del tiempo sin rechazarla. En algún momento, antes o después, el conocimiento sobre su significado y circunstancias habría levantado la crítica y conducido a su erradicación, al igual que ocurre ahora cuando la sociedad ha adquirido conciencia crítica gracias al feminismo.

No es casualidad que desde la posiciones más conservadoras y los partidos de ultraderecha con la connivencia de la derecha, se intente ocultar ese significado de la violencia de género, porque al hacerlo se defiende el modelo de sociedad levantado sobre la desigualdad, y con los hombres y lo masculino como jueces y parte.

Cuando una mujer es asesinada por violencia de género, la información debe centrarse en lo terrible que supone que ese asesinato se haya cometido en un contexto social que a pesar de los 60 homicidios de media que se comenten cada año, niega el significado de la violencia de género, minimiza su dimensión, cuestiona a la víctima y duda de su palabra, contextualiza las agresiones y homicidios sobre determinadas circunstancias, y llega a justificar a los agresores al quitarle responsabilidad bajo la idea de que han actuado bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno psicológico.

Por eso resulta clave hablar del hombre que asesina y de la sociedad que trata de apartar la mirada de la realidad de la violencia que sufren las mujeres, sin dudar para ello en utilizar la política, algunas informaciones y las redes sociales contra las medidas y políticas destinadas a erradicarla.

Para esa parte de la sociedad lo importante es continuar con las referencias que presentan al machismo como normalidad, y a la desigualdad con lo masculino en la cúspide como orden natural. Por eso, como ya no pueden ocultar ni negar la violencia que sufren las mujeres, intentan mezclarla con otras violencias al llamarla “violencia intrafamiliar”.

Ya se sabe que “quien hace la ley hace la trampa”. El machismo hizo la “ley del más fuerte” y luego “la trampa de la violencia de género” para mantener su modelo y privilegios. No podemos caer en sus engaños.

El playback de la ultraderecha

Lo que está sucediendo en la política es como una especie de onda sobre un estanque después de que haya caído la piedra de la ultraderecha en su “centro-derecha”, y se parece mucho a la “historia de playback” que cantaba Radio Futura. Como dice la canción, alguien mueve los labios mientras otros dictan en la sombra las palabras sobre Igualdad y las acciones para erradicar la violencia de género. Es lo que confirma el discurso de investidura de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Sorprende la facilidad con la que allí donde han pactado PP, Ciudadanos y Vox, se han admitido sus propuestas de ultraderecha en las cuestiones relacionadas con la Igualdad y la lucha contra la violencia que sufren las mujeres como consecuencia de la construcción cultural de los géneros, da lo mismo que hablemos de Andalucía, Murcia, Madrid o de donde sea. No hay que olvidar que para que un playback funcione hacen falta dos, quien pronuncia las palabras y quien mueve los labios, por lo tanto, la responsabilidad final es compartida, máxime cuando en esas tres comunidades se han producido homicidios por violencia de género desde que se han firmado esos pactos.

Lo que preocupa del discurso de Díaz Ayuso, además de ese playback pactado, es el gran desconocimiento que revela sobre la realidad, situación que siempre preocupa, pero mucho más en quien dirige una Comunidad como la de Madrid. No es admisible que diga que “los problemas de las mujeres en España son prácticamente iguales que los de los hombres: el empleo, la sanidad, el futuro…” No es así, puede consultar cualquiera de los estudios realizados, algunos de ellos en su propia Comunidad, donde se muestra que, aunque haya campos comunes para algunos de esos problemas, la dimensión de los mismos y las causas que dan lugar a ellos son completamente diferentes. Y mientras que los problemas de los hombres, centrándonos sólo en la cuestión económica, están relacionados fundamentalmente con las circunstancias actuales de la economía, los de las mujeres, además de verse afectados por dichas circunstancias, se deben fundamentalmente a los elementos estructurales de la desigualdad histórica, de ahí el mayor desempleo, la precariedad más alta, la menor representación en puestos de responsabilidad, la brecha salarial, la sobrecarga de trabajo dentro y fuera del hogar, la falta de reconocimiento, el menor tiempo libre diario… Por lo tanto, como dice la Presidenta Díaz Ayuso, hombres y mujeres pueden estar preocupados por el futuro, pero también debe decir que sólo las mujeres están lastradas por el pasado.

Cuando afirma, “yo lucharé contra el machismo y contra cualquier discriminación, pero no contra los hombres”, o lo de “enfrentar a hombres y mujeres es insensato”, reproduce con fidelidad uno de los argumentos típicos del machismo y la ultraderecha, que intenta confundir el hecho de que en violencia de género los autores son hombres con la idea de que todos los hombres son maltratadores. Es parte de la falacia non sequitur  que ya se utilizaba en la Antigua Grecia, y que tanto gusta al machismo (ya lo comentamos en “Machismo non sequitur” ). Sería como decir que como, por ejemplo,  en nuestro contexto los racistas que actúan contra personas negras o musulmanas son blancas, pues que todas las personas blancas son racistas; o que como todos los que votan al PP en las autonómicas están empadronados en la Comunidad de Madrid, todos los empadronados votan al PP. Y claramente no es así.

Cuando se actúa contra la desigualdad y contra la violencia de género nadie actúa contra los hombres, se actúa contra los hombres maltratadores y se critica a quienes desde su pasividad y silencio permiten que los que usan la violencia de género sigan haciéndolo al amparo de esa normalidad cómplice del machismo. Los hombres también queremos la Igualdad y la erradicación de la violencia contra las mujeres en todas sus expresiones, por lo tanto, y de vuelta a otra de sus manifestaciones, es cierto que “todas las personas pueden ser víctimas de maltrato”,pero cada grupo lo es por diferentes motivos, con la idea de alcanzar distintos objetivos, y en unas circunstancias con elementos propios para cada uno de esos maltratos, aunque pueda haber algunos comunes. Mezclarlos todos por el resultado, como pretende la ultraderecha con el beneplácito de la derecha bajo el concepto de “violencia intrafamiliar”, lo único que hace es que se pierda eficacia en la prevención, detección, atención, protección y reparación, además de dificultar la investigación de cada uno de ellos. ¿Entiende ahora la Presidenta por qué el machismo no quiere que se hable específicamente de la violencia estructural que ha instaurado contra las mujeres, con el objeto de mantener la desigualdad y los privilegios que para los hombres se derivan de ella? Estoy seguro de que no se le ocurriría decir que “todas las personas pueden ser víctimas de accidentes”, y que por tanto no hay que diferenciar entre accidentes de tráfico, laborales, deportivos, de ocio o domésticos.

El PP y Ciudadanos han tenido mucha prisa en tocar poder y gobernar, pero deberían tener mucho cuidado con sus pactos con la ultraderecha y con las exigencias impuestas en ellos. El tiempo político pasa rápido y la sociedad no olvida aquellas cuestiones que afectan a lo más básico de la dignidad y la convivencia, menos aún cuando cada semana hay un asesino empeñado en recordar la realidad de la violencia de género en su máxima expresión.

El machismo ha impuesto el relato histórico que ha invisibilizado, normalizado y justificado la violencia contra las mujeres, no vamos a permitir que después de la conciencia crítica despertada por el feminismo, la reacción machista intente imponer que erradicar la violencia de género y la desigualdad es ir contra los hombres. Los hombres que respetamos los Derechos Humanos y que creemos en la democracia y en la convivencia pacífica y en Igualdad alzaremos nuestra voz y actuaremos contra quienes instrumentalizan a todos los hombres para imponer sus ideas, y con ellas perpetuar los privilegios del machismo a costa de los derechos de las mujeres.

Sería bueno que desde el PP y Ciudadanos tomaran conciencia de la realidad y dejaran de mover los labios en playback, mientras la ultraderecha dicta las palabras a la sombra de los pactos.

La familia es mía

Cuando alguien se sabe dueño de algo procura llevar cualquier debate, discusión o conflicto a ese terreno, para de ese modo utilizar todos los elementos de poder formales e informales a su favor. Es lo que hace el machismo y sus tres tenores de la política (da igual que canten o que muevan los labios en el playback pactado), cuando intentan derivar la violencia de género al contexto de la familia.

El debate sobre la paternidad y la violencia de género va mucho allá de las consecuencias que puede tener sobre los hijos e hijas. Lo realmente trascendente de él es la ocultación del significado de esa construcción de la intimidad como núcleo y pilar de la sociedad, tal y como lo comentamos en el anterior post (“Maltratador y padre”). Por eso, a diferencia de los argumentos que utilizan contra la violencia de género, no niegan la mayor sobre si un maltratador puede ser un buen padre, y tampoco acuden al mensaje de que la mayoría de las denuncias contra padres son falsas, ni que en comparación con el total de padres los que maltratan representan un porcentaje mínimo, o que se trata de padres con problemas con el alcohol o con algún trastorno psicológico… Cuando se habla de paternidad y violencia de género su respuesta es otra y su argumento es la familia.

El machismo quiere a la familia para sí, sabe que es el núcleo de su sociedad y donde la cultura no sólo incorpora pautas de comportamiento, sino que define la identidad y todo lo que ella conlleva en la construcción del género y sus roles para el ejercicio de las relaciones sociales. Por eso quiere la familia con sus tardes de cine, sus juegos, sus viajes, sus deberes, sus vacaciones… y su violencia.

La violencia estructural forma parte esencial a la hora definir la realidad, lo hace en el contexto social con la violencia de género frente a las mujeres, y contra cualquier expresión de la diversidad a través del odio; y lo hace también en el contexto de la familia para lograr distintos objetivos, pero, el más trascendente de todos ellos, sin duda, es el de mantener la desigualdad entre hombres mujeres como algo propio de su condición. De ahí que la violencia de género se desarrolle en gran medida dentro de las relaciones de pareja y familiares, y que incluso la “violencia doméstica” se ejerza fundamentalmente contra las mujeres, tal y como recoge un reciente informe del INE (28-5-19), que muestra que el porcentaje de víctimas mujeres es el 62’2%.

No hay que olvidar que primero fue el hombre y después la familia. Han sido los hombres y su cultura patriarcal los que han definido en cada momento histórico a la familia, y quienes la han adaptado a las necesidades de los hombres, siempre con el papel de la mujer como referencia esencial dentro de ella y, por tanto, con la necesidad de someterla a sus dictados y de controlarla en el desarrollo de la dinámica familiar. Y para ello es necesario el control social sobre la idea machista de lo que debe ser una “buena mujer, esposa, madre y ama de casa”, y el control directo de la violencia como realidad, amenaza o posibilidad. Estas dos referencias, la social y la familiar, actúan como elementos esenciales y enraizados en la propia “normalidad creada”, tanto que ni siquiera llega a ser rechazada, como manifiestan muchas víctimas al decir lo de “mi marido me pega lo normal”,o como expresan los entornos más cercanos ante algunos homicidios de mujeres al referir, “sabíamos que la maltrataba, pero no que la iba a matar”.

El padre capaz de utilizar la violencia contra la madre de sus hijos es un hombre que demuestra que no le importan nada sus hijos, como tampoco la madre de esos niños y niñas. Todo lo contrario, lo que revela es que el objetivo de su violencia incluye a los hijos como elemento de coacción y violencia contra la madre, y como reflejo del orden que quiere mantener e imponer, no sólo de puertas para dentro, sino también como miembros de una sociedad en los que la identidad y el comportamiento son consecuencia del mandato establecido a través de la educación y la transmisión de ideas, valores, principios…

La insistencia del machismo en defender que un maltratador puede ser un buen padre significa que, para ellos, un maltratador puede ser también un buen marido, un buen compañero o una buena pareja de la mujer maltratada. Aceptar la compatibilidad de la violencia de género con la paternidad es aceptarla en todo lo demás, de ahí su insistencia en querer dominar la familia y de hablar de “violencia intrafamiliar”.

Porque esa es la clave, reducir a la familia lo que es un problema social para interpretarlo con las claves de ese contexto particular, entre ellas ideas como que se trata de una “discusión de pareja”, que “en todas las familias hay conflictos”, que es un tema que “pertenece a la intimidad familiar”, que “los trapos sucios se lavan en casa”, que “bien está lo que bien acaba”… Y sobre todas esas referencias luego está la más relevante, la que sitúa al hombre como pater familias, ese “buen padre” al que se refiere el Derecho, encargado de decidir lo mejor para toda la familia, de manera que si él decide “violencia”, ¿quién es la sociedad para llevarle la contraria en “su familia”? Por eso también suelen culpar a la mujer de la violencia que sufre ella misma, y plantean la agresión como que la mujer ha hecho algo para que el marido “le haya tenido que pegar”. Es más, hasta la propia Ley de Enjuiciamiento Criminal con su artículo 416 permite una escapatoria para el marido y padre  que maltrata, a pesar de que la mujer lo haya denunciado previamente y se haya iniciado el proceso judicial.

De ahí el interés del machismo y la ultraderecha en defender ese modelo de familia, y que se hable de “violencia intrafamiliar”, porque con esa idea consiguen dos objetivos inmediatos y un tercero en forma de impedimento. Los objetivos inmediatos son:

  1. Negar la construcción cultural que normaliza, justifica e integra la violencia de género como una violencia diferente en sus objetivos y motivaciones al resto de las violencias interpersonales.
  2. Ocultar la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños al presentarla como “problemas o conflictos familiares”que pertenecen a la propia intimidad de la familia, y sobre los que no hay que entrar salvo que el resultado sea grave. Para eso está el “pater familias”decidiendo y controlando.

Y el objetivo que pretenden evitar es que se llegue a conocer la violencia a través de la palabra de los menores, de esos niños y niñas que viven en el hogar y que, como la madre, la sufren a diario. El machismo se había protegido de este tipo de situaciones quitando valor a la palabra de las mujeres y al presentarlas cargadas de maldad y perversidad a través de sus mitos, de ahí la falta de credibilidad que todavía hoy tienen muchas de sus denuncias. Pero no había pensado en la palabra de los menores, de los hijos e hijas que ven como su padre maltrata a la madre y a ellos mismos, por eso no quiere que se reconozca que los menores sufren las consecuencias de la violencia de género ni que formen parte de las medidas ni de la investigación, porque de repente, ese contexto protector para los maltratadores que es el hogar, ajeno a testigos e intrusos, se llena de personas que saben lo que pasa y lo sufren. Y esos niños, con todas las limitaciones procesales existentes, sí son creíbles cuando hablan de violencia.

La situación es tan delicada para el machismo que han tenido que inventar nuevos argumentos, como el llamado “Síndrome de Alienación Parental”, conocido como SAP, y toda una serie de derivadas (interferencias parentales, reprogramación afectiva…) bajo la idea de que es la madre la que le dice a la hija o al hijo lo que tiene que manifestar en el proceso judicial. De ese modo la sinceridad de los niños pasa a ser palabra de mujer, y como tal cuestionada. Además, la presentan como una palabra que surge de un doble acto de maldad por parte de las mujeres, el de su perversidad propia y el del interés en hacerle daño al padre para beneficiarse ellas.

El machismo quiere la familia para sí por ser el contexto y el argumento más útil para defenderse contra la violencia de género a través de la negación y de su control “intrafamiliar”. Lo sorprendente es que el modelo de familia defendido por el machismo y la ultraderecha, como insisten en sus propios planteamientos, entiende la violencia como algo propio de las relaciones familiares, una situación que, al margen de su manipulación para cuestionar la violencia de género, no se debe admitir ni permitir. La familia no es violencia, la familia es amor, paz y seguridad en el más amplio de los sentidos. Aceptar que hay una parte de violencia inevitable en la familia es darle carta de naturaleza para luego ocultarla. Ya se llamaba “violencia intrafamiliar” o “violencia doméstica” antes de la Ley Integral contra la Violencia de Género y no hicieron nada para erradicar ninguna de las violencias. Y ahora tampoco lo harán porque su modelo de familia contempla la violencia como una posibilidad.

Si hay violencia no es una familia, y si la violencia la ejerce el padre no lo hace desde la paternidad, sino desde el egoísmo y el poder que la cultura le ha otorgado.

 

Maltratador y padre

Un maltratador siempre es un mal padre… Nadie entendería que un vecino que maltrata al resto fuera un buen vecino, por muy bien que cuide la comunidad, ni que un profesor que golpea a sus alumnos pueda ser un buen maestro, aunque aprendieran mucho con él, sin embargo, como podemos ver a diario, sorprenden las numerosas voces que niegan la idea de que un maltratador pueda ser un mal padre,  al tiempo que separan el ejercicio de la paternidad del maltrato, como si este fuera algo diferente o se desarrollara en contextos distintos.

Lo relevante de estas posiciones no es que nieguen la mayor, como suelen hacer en su argumentación sobre la violencia de género cuando recurren a las “denuncias falsas” y afirman que el 80% lo son, sino que en este caso tratan de justificar la compatibilidad del maltrato con la buena paternidad.

Según estas posiciones machistas se puede ser un buen padre y maltratador, o lo que es lo mismo, se puede ser maltratador y al mismo tiempo ejercer una buena paternidad. Para entender esta asociación utilizan diferentes ideas y razones, veamos algunas:

  1. Levantan un muro entre la madre y los hijos e hijas, como si fueran parte de mundos diferentes, y buscan hacer creer que la violencia sólo se ejerce sobre la madre, cuando en realidad también la aplican sobre los hijos como parte de sus ideas a la hora de resolver los problemas. La Macroencuesta de 2011 revela que hay 840.000 niños y niñas que viven en hogares donde el padre maltrata a la madre, de los cuales 517.000 sufren agresiones directas. Es decir, del total de menores expuestos a la violencia de género el 61’5 % sufre además ataques directos.
  2. Quieren hacer entender que violencia es agresión y que agresión es conducta física, de manera que como los golpes se dan a la madre los menores, dicen, no se ven afectados por ellos. No quieren reconocer que la exposición a la violencia, vivir en ese ambiente terrorífico de los golpes, pero también de los gritos, las amenazas, los gestos, la violencia simbólica… puede dañar más que una agresión física en sí. Y ese ambiente aterrador es la clave para imponer el control dentro de la relación y familia, y el responsable en gran medida de que no puedan salir de la relación violenta por el miedo a las consecuencias tras la constatación de la realidad violenta del día a día. Muchas madres dicen sobre la violencia que viven lo de “aguanto por mis hijos”, y los menores también refieren su experiencia de forma gráfica, como una niña de unos 6-7 años que decía: “Cuando estoy en casa con mi madre soy muy feliz, pero  cuando llega mi padre es como si entrara una corriente de aire frío”.
  3. Intentan hacer creer que una madre maltratada, con todo el daño físico y todas las consecuencias psicológicas que origina la violencia, con el miedo que vive a que se produzcan nuevas agresiones, y el pánico a que cada una de esos ataques se traduzca en una agresión hacia sus hijos e hijas, es capaz de mantener una actitud completamente normal, como si no sufriera violencia, y que la dinámica familiar tampoco se ve afectada por dicho ambiente violento.
  4. Pretenden que no nos detengamos ante los objetivos que buscan los padres maltratadores, entre ellos que su mujer sea una“buena esposa, madre y ama de casa”,y, en consecuencia, que la violencia no parezca imponer y mantener un orden en el que los menores son parte esencial, tanto como plasmación de que el objetivo se consigue, como argumento para atacar a la madre o como amenaza de hacerlo. En estas situaciones utilizan la violencia como castigo por lo que han hecho mal o no han hecho bien, y como mensaje para que sepan qué es lo que no tienen que hacer.

Todo ello nos indica que para el machismo la paternidad en gran medida es un ejercicio de poder dirigido a mantener el orden familiar, que cada hombre impone a partir de la interpretación personal que hace de las referencias dadas por la cultura androcéntrica. Y como orden fundado en la sociedad, exige que las referencias impuestas sean útiles en una doble dimensión: por una lado, para la dinámica interna de la familia, y por otro, para el desarrollo de las relaciones de hombres y mujeres en sociedad, lo cual necesita que la educación incida en las conductas y en la identidad para que los hijos e hijas sean en el futuro buenos hombres y buenas mujeres. Si como consecuencia de la experiencia basada en la violencia y de exponer a sus hijos e hijas a ese ambiente, en el día de mañana esos “buenos hombres” son maltratadores y esas “buenas mujeres” son maltratadas, el problema se ve como algo menor, puesto que se entiende como algo puntual y que el orden logrado y las identidades adquiridas son valores superiores y positivos para la familia y la sociedad.

No es casualidad que uno de los argumentos más utilizados por el machismo a la hora de criticar la Igualdad y las medidas contra la violencia de género, sea el del “adoctrinamiento” y el de la “ideología de género”, revelando que en verdad su proceso es un “adoctrinamiento” desarrollado a partir de una “ideología machista”, que intenta ocultar la construcción cultural y social de los roles y funciones, a partir de lo que desde ella se entiende que es un hombre y una mujer.

El peso de esa construcción de la sociedad y la familia bajo la mirada y la conducta vigilante del machismo es tal, que se habla de ella y de la propia violencia de género como “normalidad” y desde una posición neutral. Y no hay normalidad en la violencia como tampoco neutralidad en la construcción que da lugar a ella. Educar en la desigualdad no es el modelo de referencia ni el punto de partida para convivir en sociedad, sino el objetivo alcanzado a lo largo de siglos de machismo para mantener una posición de poder, y con ella los privilegios masculinos. Unos privilegios que, entre otros beneficios, hacen que  a pesar de los datos y las estadísticas sobre violencia de género, se dude y se cuestione más a la mujer que denuncia que al hombre que agrede, y que, por ejemplo, pueda haber una orden de alejamiento de la madre al tiempo que un régimen de visitas con el padre, porque todavía se entiende que “un maltratador puede ser un buen padre”.

Todo forma parte de la construcción social del machismo, pero si hemos llegado a cuestionar y rechazar argumentos de base cultural, como el que decía que “la letra con sangre entra”, deberíamos comprender y rechazar aún con más intensidad los mitos del amor romántico que hacen compatible amor y violenciaDonde hay violencia no hay amor, y si una paternidad se ejerce con violencia contra la madre o los hijos, no es paternidad.

“Machis learning”

Si una máquina es capaz de aprender de sí misma a través de lo que se conoce como “machine learning”, imaginen lo que puede llegar a aprender un machista de otro con ese pensamiento rígido e irreflexivo que el machismo impone como cultura e identidad.

El machismo es algo parecido a “HAL 9000”, el ordenador de la nave Discovery de “2001: Odisea en el espacio”, y poco a poco ha tomado el mando de la realidad, no desde el azar, sino desde la conciencia de poder para imponer sus directrices.

El machismo, como sistema cultural, está construido sobre el conocimiento nacido de la integración de aquellos elementos elegidos para crear el universo de las relaciones, y las identidades que deben llevarlas a cabo bajo una serie de referencias, roles y funciones que permitan dar sentido, consolidar y hacer crecer a dicha construcción de la normalidad. No es un diseño en su origen, sino la traducción práctica de los elementos necesarios para mantener el control inmediato, y a partir de ese conocimiento y toma de conciencia desarrollar los instrumentos para garantizar y facilitar el poder a partir de los valores, ideas, creencias, mitos… que definen la normalidad.

Para conseguirlo cuenta con dos referencias básicas que se retroalimentan y potencian entre sí. Por un lado la individual, definida por la identidad de las personas de esa cultura, originariamente centrada en la dualidad hombre-mujer, y por tanto desarrollada sobre lo que se entiende que es “ser hombre” y ser reconocido como tal,  y la manera de “ser mujer” y de ser reconocida como tal . Y por otro la social, es decir, la estructuración de las relaciones en sociedad, sus instituciones, los valores que acompañan y que son defendidos desde ellas, las ideas consideradas superiores, la religión tomada como propia… así como aquellos elementos funcionales que facilitan la integración consciente e inconsciente dentro de la convivencia, como son los mitos, los estereotipos, las costumbres, la tradición…

Todo este sistema hace que tanto a nivel individual como en el plano social, el conocimiento que se adquiere venga caracterizado por lo que la cultura exige para que la persona sea parte de la misma, y, en consecuencia, ser reconocida por ella.

Por eso el machismo es cultura, no conducta, porque no necesita expresarse para ser, puesto que lo que lo define no es la acción sino los argumentos, las circunstancias, las razones… para la acción, así como las referencias compartidas por esa sociedad para darle significado a esa acción, sea individual o grupal. Un ejemplo cercano lo tenemos en la violencia de género, la cual, a pesar de los 600.000 casos que se producen en España cada año y de los 60 homicidios de media, queda minimizada ante el debate sobre las “denuncias falsas” y la propuesta de derogar las medidas específicas para actuar frente a ella, como plantea desde la política la ultraderecha con el silencio participativo de la derecha.

El continuo aprendizaje del machismo a través del “machis learning” cultural, le permite adaptarse a las nuevas realidades sin renunciar a las referencias que sitúan el poder en los hombres y sobre lo masculino, y no cambiar nada de aquello que logra dar significado a la realidad escondiendo el machismo original, al tiempo que destaca las circunstancias particulares de cada caso como algo ajeno al modelo cultural.

Se trata de un aprendizaje doble porque, por un lado, se manda el contenido de lo que se debe aprender, y por otro, la expresión de dicho contenido por parte de cada persona, especialmente en los hombres como guardianes y galanes del sistema, se controla por el resto de las personas del entorno. Esta dinámica permite establecer un mayor o menor grado de reconocimiento o crítica, y de ese modo acceder más o menos a los privilegios y premios que establece el sistema para sus “buenos alumnos”.

Pero también es un aprendizaje dirigido, puesto que sólo se aprende en la dirección que lleva a reforzar la “con-ciencia” machista. Por esa razón, a pesar de la crítica social hacia el maltrato y su violencia, y las consecuencias negativas que sobre los autores se ven en los medios de comunicación, la programación del “machis learning”es tan poderosa con su lenguaje de “ceros”, “unos” y “otros” que no sólo lleva a repetir conductas similares (agresiones, homicidios, violaciones…), sino que facilita que el aprendizaje llegue a imitar algunos de los hechos conocidos previamente, como se ve en algunos homicidios por violencia de género, o como se comprueba con el modelo de violación en grupo “popularizado” por los agresores de “la manada”, ante la justificación y la negación de una parte significativa de la sociedad.

El “machis learning”  quiere devolver el mando al machismo. Hoy, en 2019, la odisea no está en el espacio, sino en la Tierra; y el destino que quiere evitar la nave del tiempo manipulada por los machistas es la Igualdad, pero no lo van a conseguir. Y para ello no sólo debemos programar un nuevo lenguaje, también hay que desprogramar el “HAL 9000” del “machis learning”a través de la educación y la concienciación crítica.