La Igualdad puede esperar

La CNMV concede una moratoria de dos años a las empresas para llegar al 40% de consejeras, así lo ha anunciado su presidente, Sebastián Albella, hace escasamente una semana. A pesar de la inteligencia, la capacidad y la determinación de la que presumen los hombres, en 13 años, desde que se aprobó la “Ley para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres” (LO 3/2007), “no han sido capaces” de resolver las cuestiones que impiden que haya como mínimo un 40% de mujeres en los consejos de las empresas, y ahora piden dos años más para ver si en este achuchón final lo logran.

Desde luego, si esta es la capacidad de los líderes empresariales que deben sacarnos de la crisis económica, la situación es para preocuparse seriamente.

Pero me temo que no es una cuestión de capacidad porque siempre ocurre lo mismo, y ante cualquier circunstancia quien espera y pasa al final de la lista es la Igualdad. Llevamos siglos con el mismo argumento.

En la crisis económica de 2008 hubo quien aprovechó las circunstancias para consolidar una economía que ahora, vista con perspectiva, ha hecho más ricos a los ricos, más poderosos a los poderosos, y más débiles y pobres a los pobres y débiles. Una economía que ha recortado sueños y restado oportunidades para que ni siquiera se pueda evitar la pobreza con el trabajo, hasta el punto de haber creado el llamado “precariado” como un nuevo grupo social, tal y como explica el economista Guy Standing; aunque se nos olvida que si existe como tal es porque hay otro nuevo grupo, el “opulentariado”, que vive en la opulencia a través del abuso del primero.

Y son esos mismos economistas que recortan en salud los que ahora alargan el confinamiento ante la ausencia de alternativas, sin preocuparse de que el “rescate” de las personas enfermas no ha podido impedir la muerte de muchas de ellas.

Por eso los economistas de entonces intentan utilizar hoy la crisis sanitaria y social de 2020, para consolidar su modelo de sociedad después de los embates del tiempo y de la recalcitrante actitud de un feminismo y una izquierda que insisten en la Igualdad para una sociedad que no quiere vivir por encima de sus posibilidades, pero tampoco vivir ni morir por debajo de ellas.

Quizás por eso los empresarios no quieren empresarias en sus empresas, porque es posible que con ellas se rompa la retroalimentación que conduce a que una crisis económica plantee como solución recortes en sanidad, los cuales hacen que cuando se produce una crisis sanitaria conduzcan a una crisis económica, que a su vez permite repetir las palabras de Sarkozy, y decir lo de “hay que refundar el capitalismo”. De ese modo se cierra el círculo y se consolida el modelo social sobre la desigualdad y el abuso desde las posiciones de poder, que, como se puede ver, además de ricas son machistas.

Por eso el modelo económico ahora tiene prisa en vender la salud por dinero, y recuperar la referencia cultural que define a las personas por su condición, cual quiera que esta sea: hombre, mujer, extranjero, nacional, heterosexual, homosexual, separatista, patriota… para ubicarlas en el espacio definido que la cultura patriarcal tiene reservado para ellas.

La demostración es sencilla aplicando las propiedades de los conjuntos.  La propiedad simétrica dice que si el modelo androcéntrico utiliza la economía para conseguir los mismos objetivos, y la economía busca reforzar los valores del modelo androcéntrico a través del marcado y las finanzas, la conclusión es que el modelo androcéntrico es igual al modelo económico.

Si a esta ecuación le unimos un tercer elemento, como es la política que defiende esa economía, entonces podemos aplicar la propiedad transitiva. De manera que si el modelo social androcéntrico es igual a la economía, y la economía es igual a la política que la define, entonces podemos decir que el modelo social androcéntrico es igual a la política que gestiona la economía en cualquier circunstancia, da igual que esta sea una crisis económica, un virus, una catástrofe medio-ambiental o una época de prosperidad.

Por eso las empresas no han querido mujeres en sus consejos, no porque no sean capaces de resolver las cuestiones técnicas, sino porque no van a compartir en gran medida la visión y las ideas que sostienen un modelo social, político y económico de poder basado en la explotación de personas, ambiente e instituciones para acumular más poder desde el que definir la normalidad, sea esta nueva o antigua, porque bajo sus medidas siempre será machista.

 

El modelo machista y la política

El machismo es hábil, más por poderoso que por listo, pero al final se sale con la suya a través de sus juegos y provocaciones, porque es el machismo quien lleva la voz cantante de la normalidad y lanza los retos para que otros se sientan compelidos a responder, bajo la idea de que si no lo hacen no son “hombres de verdad”.

Lo estamos viendo estos días con las constantes provocaciones que desde la derecha y la ultraderecha lanzan al Gobierno, y cómo desde el Gobierno y los partidos de izquierda se ha entrado en ese juego de la violencia, que no “crispación”, como intentan disimular algunos.

No hay que olvidar que el machismo es una construcción cultural de poder. Que los hombres hayan definido históricamente una cultura androcéntrica que establece la desigualdad esencial sobre la superioridad de los hombres respecto a las mujeres, para apuntalar el sistema con la labor invisible, anónima y gratuita de estas, y para que al menos cualquier hombre tenga a alguien en una posición de inferioridad en las mujeres de su mismo contexto, no ha sido por azar, sino que se ha hecho para crear una jerarquía de poder sobre lo masculino que permita obtener privilegios a los hombres y a su modelo.

Y la política es el ejercicio de poder que gestiona esta realidad. Lo del bien común, la sociedad, lo público, la patria… queda muy bien en los discursos, pero en la práctica son objetivos que se interpretan de forma muy diferente desde una posición conservadora y una progresista, sin que ninguna de ellas ponga en riesgo su posición de poder por la consecución de alguno de esos objetivos, y menos ahora que la política se mueve más bajo el criterio de las estadísticas y las encuestas que por las ideas y proyectos.

Por lo tanto, si el machismo es cultura y poder y la política quien gestiona el poder en la sociedad, la política se convierte en un ejercicio de poder machista, puesto que no cuenta con referencias diferentes para desarrollar sus iniciativas. Esto es algo que puede pasar más o menos desapercibido dentro de la rutina de los días, pero cuando se producen conflictos los elementos androcéntricos que hay en la estructura de la política se pone de manifiesto de forma inmediata y clara.

Por eso el machismo necesita la “crispación” y el enfrentamiento violento, porque es su estrategia, similar a la que utiliza el maltratador o una persona que ocupa una posición jerárquica superior. Esa es la razón por la que ante el conflicto necesitan generar más conflicto, no buscar más diálogo o consenso para resolverlo, sino que su estrategia es lanzar nuevos ataques para aumentar el enfrentamiento, y en la medida de lo posible utilizar cargas de profundidad, como vemos que hacen con el 8M, conocedores de que cuanto más se agrava el conflicto más capacidad tienen para recurrir a elementos informales y presentarlo, no como algo puntual o personal, sino como un ataque a los valores que definen la convivencia, lo común, la sociedad, la patria… porque son esos valores los que la cultura patriarcal ha establecido como referencia para toda la sociedad. Por esta razón, al decir que se están atacando esos elementos resulta sencillo presentar las críticas como ataques contra toda la sociedad, no contra un partido en cuestión ni a una persona particular, sino a todo lo que representan, que va mucho más allá del partido y la persona, puesto que esos partidos se identifican con la misma construcción cultural androcéntrica que reivindica como propia la tradición, la costumbre, la historia…

Esa es la razón que lleva a hacer creer de manera tan fácil que la “crispación” la ha iniciado el Gobierno y que la oposición es “víctima” de su agresividad, de sus bulos y de medios afines. Justo lo que están haciendo desde la derecha y la ultraderecha con todo su aparato político y social, como se puede comprobar a diario.

Por eso se equivocan quienes entran en este juego, no sólo por caer en la trampa de la provocación puntual, sino porque al hacerlo refuerzan el modelo de poder machista y sus dos instrumentos básicos: por un lado, la capacidad de condicionar la forma de hacer política, y por otro, el hecho de dar significado a la realidad. Las políticas podrán ser diferentes entre los partidos conservadores y progresistas, de hecho lo son, pero condicionar el significado de esas políticas es algo que nunca conseguirán desde las posiciones alternativas, por más datos que aporten datos sobre hechos concretos. Sólo el tiempo da la razón a las políticas progresistas transformadoras, como hemos comprobado con el matrimonio entre personas del mismo sexo, que se decía que era un ataque contra la familia, con la interrupción voluntaria del embarazo, que iba a suponer un incremento en el número de abortos cuando en realidad han disminuido, con la ley contra la violencia de género, al presentarla como un ataque contra todos los hombres, no contra los maltratadores y asesinos…

Mientras el machismo sea quien defina la normalidad, lo que ocurra dentro de ella será machismo.

Cuando hablo de que hay que erradicar el machismo, y no sólo manifestaciones como la violencia de género, me refiero a todo esto, a la necesidad de acabar con una cultura androcéntrica que interpreta el presente sobre el pasado para que no exista un futuro diferente.

 

La “nueva realidad”

El confinamiento no ha cambiado nada de la esencia de nuestra sociedad, pensar que porque cambian las formas se modifica el fondo es como creer que el invierno, con sus abrigos y bufandas, sus días fríos y sus noches alargadas, transforma la realidad social del verano.

Hablar de “nueva normalidad” en estas circunstancias como regreso al lugar donde escenificar la convivencia de otra forma, es un doble error. Lo es porque no debe haber vuelta atrás cuando la experiencia indica que el lugar de partida no es seguro; y lo es porque no puede ser “normal” aquello que está construido sobre la desigualdad y la injusticia.

Y es un planteamiento erróneo de origen por no entender que cuando una situación sobrevenida afecta a la normalidad, lo que hace es potenciar los elementos que la definen, no diluirlos, puesto que a nivel social “normalidad” no es diferente a “realidad”. Se produce así un hiperrealismo donde todo lo esencial aparece con mayor intensidad en aquello que define el día a día, mientras que lo que se considera menos trascendente queda relegado a posiciones alejadas que se mueven por el fondo de la realidad, ocultadas entre el camuflaje de los sucesos aislados y los hechos monótonos.

Nada de lo que ocurre durante el confinamiento es diferente a lo que sucede fuera de él: los ricos siguen siendo más ricos ante el empobrecimiento de la población, y los pobres más pobres y vulnerables; los hombres siguen siendo los líderes en este tiempo de días revueltos, y más relajados en el descanso de sus privilegios; las mujeres más confinadas en mitad de sus brechas y sus cuidados; los agresores más impunes tras las paredes silenciosas, y las víctimas más atrapadas en esta prisión del tiempo que hemos levantado en mitad de la nada.

Porque los agresores y su compañía de silencios de ayer y hoy viven este tiempo como una “tormenta perfecta”, un drama que para ellos, que son huracán violento, se presenta como un retiro en el que poder desarrollar su particular “toque de quédate en casa” en su plenitud por medio de la violencia física, de la violencia psicológica y de la violencia sexual. No hay que olvidar que la OMS recoge que en el 45% de las relaciones de pareja donde hay maltrato también se producen agresiones sexuales, lo cual se traduce en que el 7% de las mujeres de la UE haya sufrido agresiones sexuales por parte de sus parejas o exparejas, tal y como recoge el informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA, 2014).

El aumento del número de llamadas al 016 durante el confinamiento, junto con el incremento del consumo de pornografía en un 61’3%, y la subida de un 70% en las ventas de bebidas alcohólicas, son los componentes perfectos para los agresores y su barra libre de violencia, como lo es la pulsera del “todo incluido” en unas vacaciones.

Por eso no debemos hablar de “nueva normalidad”, sino de “nueva excepcionalidad”, porque la novedad no está en el fondo de la realidad, sino en las formas. Y del mismo modo que las personas no dejan de ser quienes son por llevar mascarillas, aunque no sean reconocibles a simple vista, el machismo de la normalidad histórica tampoco va a dejar de ser lo que es, aunque muchas de sus acciones y decisiones no se vean tras las paredes, los silencios o los acontecimientos del primer plano.

Si tomamos como referencia las paredes, el confinamiento ya se prolonga durante algo más de dos meses, pero si situamos la referencia en la amenaza y la violencia, las mujeres llevan confinadas miles de años tras la normalidad que dice sin pudor lo de, “estos no son sitios para una mujer” o “estas no son horas para una mujer”, limitando su libertad y responsabilizándolas de las consecuencias en caso de no cumplir con los límites. Y ese estado de excepción es el que se ha considerado “normalidad”, porque han sido los hombres y su cultura normalizadora quienes han decidido el bien y el mal para hacer del regular una justificación.

La pandemia ha puesto de manifiesto la levedad de un ser humano escondido en su vanidad y en una cultura donde parte del reconocimiento se establece sobre el “tanto tienes, tanto vales”, por eso hay muchos que tienen prisa por volver a esa “normalidad de la desigualdad”. El machismo y su concepción conservadora de la realidad ya hace ruido en mitad de este confinamiento para reforzar su modelo de sociedad, ellos no desaprovechan ninguna ocasión.

Quienes creemos en la Igualdad tampoco podemos perder la oportunidad. Si hemos llegado hasta aquí no ha sido por avanzar sobre lo de siempre, sino por transformar la realidad que suelta lastre e integra a personas diferentes, aunque en cada momento histórico el progreso haya sido una “excepción”.

Nada de más “normalidad”, necesitamos una “nueva realidad” construida sobre los cimientos y la estructura de la Igualdad y el resto de los Derechos Humanos.

 

No somos héroes ni heroínas

No somos héroes ni heroínas, sólo somos responsables. Hacer de la responsabilidad heroicidad, es el primer paso para ocultar tras la excepcionalidad el compromiso individual y el deber ético con lo público. Y no podemos caer en ese error.

Es cierto que el comportamiento de quienes desde las profesiones sanitarias y el resto de trabajos que mantienen a diario los “cuidados paliativos” de una sociedad enferma de coronavirus, resulta admirable y debemos reconocerlo, pero entendiendo que se debe a la responsabilidad adquirida con los valores de sus profesiones, y a su compromiso con el bienestar de la sociedad. Y esos valores y actitud son los mimos que prevalecen cuando no hay crisis y muchos tienen que realizar algunas de las actuaciones que llevan a cabo en el momento actual sin el foco de lo noticiable. Porque todos los días hay profesionales que doblan guardias, que realizan su trabajo sin el material idóneo, que tienen que tomar una decisión que conlleva un riesgo de agravamiento en el proceso que sufre la persona enferma… Ahora todo es más grave por el impacto de la dimensión cuantitativa de la pandemia, y por el aspecto cualitativo  que origina la carga emocional de su significado, pero su presencia no es ajena al día a día de estas profesiones.

Y ocurre lo mismo con quienes llaman a la heroicidad para reconocer el esfuerzo que supone el confinamiento. ¿Hay que ser héroe para ser responsable?, ¿es la responsabilidad individual una cuestión de heroicidad?. ¿No hay una responsabilidad social más allá de la decisión individual?, ¿o es que una sociedad sólo es el resultado de la suma de personas, y no de los valores, derechos y referencias que dan sentido a la convivencia para formar parte de un proyecto común?

El lenguaje define la realidad y construye el recuerdo para hacer de él historia, y gran parte del relato sobre la situación que ha generado la pandemia del Covid-19, se está escribiendo con un lenguaje bélico que habla de excepcionalidad y de lucha, con lo cual la historia se construirá sólo sobre los meses que dure la “batalla del confinamiento”. Una batalla que se narrará con todos los ingredientes de las historias de Hollywood para explicar cómo los abnegados héroes y heroínas combatieron cuerpo a cuerpo (nunca mejor dicho) frente al virus, y en la que unos “incapaces gobernantes” no supieron planificar la estrategia para evitar el dolor vivido, al tiempo que permitieron que el feminismo y sus manifestaciones actuaran como un caballo -o yegua- de Troya para aumentar el daño desde dentro.

Ese es el discurso que están elaborando quienes quieren utilizar las circunstancias para defender sus ideas, valores y modelo de sociedad. La simple trampa de utilizar su terminología bélica y accidental ya lo refuerza, aunque no se reproduzca la literalidad del relato.

Porque todo parecerá como una disrupción entre dos fragmentos de normalidad, el previo y el posterior al confinamiento, no como la reacción de una sociedad en la que no había héroes ni heroínas, todo lo contrario, de la que se decía que estaba formada por una gente irresponsable por “vivir por encima de sus posibilidades”. Una sociedad anterior a la pandemia en la que nadie recordará los recortes para la dependencia y la sanidad, y en la que se olvidarán de los “contratos basura” de quienes trabajaban en sanidad, antes menospreciada y hoy cargada de heroísmo. Del mismo modo que tampoco se hablará de las facilidades para el crecimiento del sector privado al tiempo que florecían compañías y seguros sanitarios… Nada de eso parecerá haber existido ante la heroicidad de tanta gente durante la excepcionalidad de estos días.

Pero no, no son ni somos héroes ni heroínas, somos ciudadanos y ciudadanas responsables; lo cual, para quienes no creen en lo público ni en lo común, supone una amenaza mayor que un ejército armado repleto de sus héroes y heroínas.

“Médicos y enfermeras”

A pesar de los intentos de muchos medios por usar en lenguaje inclusivo estos días, la mayoría de las veces, al referirse al personal sanitario se habla de “médicos y enfermeras”. Se reproduce así el estereotipo que asocia el conocimiento y la razón a lo masculino, y el cuidado y el afecto a lo femenino. Y se hace al margen de la realidad.

Hoy, por encima del 55% de quienes ejercen la Medicina son mujeres, y en el grado de Medicina aproximadamente el 70% del estudiantado son también mujeres. En Enfermería el 84% de sus profesionales son mujeres, mientras que en los estudios de grado representan el 80%. Por lo tanto, ante esta realidad sería más correcto hablar de “médicas y enfermeras”.

Pero claro, si se hace, rápidamente se dirá que el masculino es neutro y que incluye a hombres y mujeres, pero curiosamente sólo se utiliza para referirse a los “médicos”, no a los “enfermeros”, por lo cual, según ese mismo razonamiento, el 16% de los enfermeros hombres quedan excluidos al llamar al grupo como “enfermeras”, puesto que el femenino no les incluye. Entonces se dirá que se hace referencia a “enfermeras” porque históricamente ha sido una profesión muy feminizada, lo cual es cierto, sin embargo, para los puristas del lenguaje real y académico se seguirá sin incluir a los hombres, negando, al mismo tiempo, el reconocimiento del trabajo realizado mayoritariamente por mujeres al impedir su representación a través del lenguaje.

Lo digo porque los colegios profesionales se han denominado tradicionalmente con el masculino de quienes los formaban por esa doble razón, por un lado, porque en su origen prácticamente eran sólo hombres quienes los formaban, y por otro, porque después, cuando se incorporaron mujeres de manera progresiva, el masculino neutro las incluía. Pero la trampa de este planteamiento formal se demuestra en la práctica al comprobar lo sucedido con Enfermería.

Si se toma el argumento de que la inmensa mayoría eran mujeres, debería haberse llamado “Colegio de Enfermeras”, y si utiliza el criterio de que el masculino incluye a mujeres y hombres, aunque estos sean minoría, debería haberse denominado “Colegio de Enfermeros”. Pero no se ha llamado de ninguna de esas dos formas, y se llamó “Colegio de Enfermería”; imagino que por esa “vergüenza ajena” que supone llamarlo en masculino cuando se es consciente de que la gran mayoría de las personas que lo forman son mujeres, pero al mismo tiempo con plena conciencia para negarse a llamarlo en femenino y reconocer la labor y dedicación que durante siglos han hecho las mujeres en Enfermería. Ha preferido utilizar la vía intermedia que hace referencia a la profesión.

Lo curioso, y donde se refuerza la construcción machista en toda esta forma de entender y denominar la realidad, se produce al comprobar que todo ese planteamiento que utiliza el nombre de la profesión de Enfermería para llamar al colegio que reúne a los hombres y mujeres que la ejercen, se ha considerado válido, sin embargo, se entiende incorrecto e inaceptable para el resto de colegios profesionales. De manera que se denominan (centrándonos en la profesión y quitando adjetivos), por ejemplo, Colegio de Médicos, Colegio de Ingenieros, o Colegios de Abogados, y no se admite que se denominen Colegios de Medicina, Colegios de Ingeniería o Colegios de la Abogacía, argumentando que agrupan a las personas que ejercen la profesión para abordar sus cuestiones profesionales, no a la profesión. Por lo visto, entonces, quienes ejercen la Enfermería no son personas, puesto que en esa profesión mayoritariamente desempeñada por mujeres, ¡oh casualidad!, si se ve bien denominar a su colegio bajo la referencia de la profesión (“Colegio de Enfermería”), no de las personas que la ejercen.

El lenguaje sólo reproduce las ideas que la cultura entiende adecuadas y válidas, y así las representa en la conciencia de las personas. Y aunque el masculino se entienda como neutro deberíamos llamar al pan pan, no masa de harina fermentada y horneada, al vino vino, no mosto fermentado; y a las médicas médicas, a los médicos médicos, a las enfermeras enfermeras y a los enfermeros enfermeros. Y así con el resto de las profesiones y trabajos.

Y muchas gracias por el gran trabajo y ejercicio de responsabilidad que están realizando estos días.

 

La espera entre cada crisis

Recuerdo una crónica para la SER de Francisco Peregil, corresponsal de El País en la guerra de Irak, en la que hablaba del silencio entre cada una de las bombas, mucho más inquietante en su indefinición que la realidad alejada del estruendo da cada una de las explosiones.

Con las crisis (sanitarias, económicas, financieras, humanitarias, ambientales…) ocurre algo parecido, y a muchas personas nos preocupan más por el silencio de tantos ante la injusticia que supone esa pausa entre cada una de ellas, nos asustan por la amenaza que supone para quienes sufren el abuso de la normalidad, y nos inquietan porque se desconoce dónde “explotará” la siguiente bomba-crisis y si lo hará por oriente o por occidente, por el Norte o por el Sur, si será cerca o lejos; y porque no se sabe si será económica o sanitaria, humanitaria o ambiental. Lo único seguro es la certeza de que aparecerá y la incerteza que la acompaña hasta ese momento.

Porque el caos de las crisis es parte del orden de la desigualdad y de un modelo que cuenta con ellas como un factor más, no deseado ni buscado, pero sí integrado para salir reforzado de ella. Durante las crisis, dentro de unos límites, se sabe cómo actuar, pero entre cada una de ellas todo gira sobre la amenaza fantasma de que una crisis global puede suceder, mientras mucha gente sufre las mismas manifestaciones de la crisis en el contexto individual ante la pasividad de la sociedad.

Es parte del modelo de poder androcéntrico en el que la legitimidad moral radica en el papel del sistema para proteger a la misma sociedad de la que abusa el resto del tiempo, y la legitimidad práctica se traduce en una especie de pacto feudal que impone “sumisión” a cambio de protección.

Es lo mismo que ocurre en el plano personal con muchos hombres, que construyen su relación sobre la desigualdad a partir de la legitimidad moral que les da su rol basado en el sustento y la protección, y la legitimidad práctica en su compromiso de llevar a cabo dichas funciones “hasta las últimas consecuencias”.

Y al igual que los Estados protectores se pasan la vida alimentando la desigualdad y las desigualdades bajo la promesa de responder ante una guerra o una crisis, muchos hombres se pasan la vida disfrutando de unos privilegios en el hogar bajo el compromiso de que si “entra un ladrón” o hay un “problema serio que exija el uso de la fuerza física”, ellos responderán. De esa forma, la vida transcurre con una normalidad aceptada en la que las mujeres y los grupos de población situados en las posiciones inferiores de la jerarquía patriarcal, sufren las injusticias y dificultades que mantienen el modelo de poder sobre los elementos que deciden quienes tienen la posibilidad de tomar las decisiones.

Por eso el modelo se prepara para la excepción a costa de la normalidad, y es capaz de mantener un Ejército para defender al país en caso de guerra sin dudar del coste que supone, y se olvida, por ejemplo, de un sistema sanitario que en los próximos años (y en los pasados), tendrá que responder ante más crisis y problemas sanitarios que el Ejército frente misiones y guerras.

Y no es que el Ejército no sea necesario dentro de un contexto internacional como el que alimenta el sistema, pero sí que hay que relacionar y entender cuáles son las prioridades y la forma de organizar las relaciones internacionales y las relaciones humanas cada día. Porque no se trata de actuar contra las crisis, sino de hacer que la sociedad sea la fortaleza desde la que responder ante los problemas que le lleguen. Y eso exige salud pública, no sólo hospitales y UCIs; educación y formación, no sólo protocolos y coordinación; profesionales reconocidos dentro de un contexto profesional digno, no precario y a la espera de que las circunstancias no lo pongan de manifiesto.

Creer que la economía es la que debe decidir el tipo de sociedad y la forma de convivir en ella es la gran trampa del sistema, su gran mentira, la gran justificación para defender sus ideas y valores, puesto que es el argumento que legitima toda la injusticia y la desigualdad. La clave no es preguntarnos qué tipo de sociedad podemos hacer con esta economía, sino definir la sociedad que queremos y entonces diseñar la economía necesaria para sostenerla.

Si nos preparamos para las guerras y las crisis tendremos guerras y crisis, aunque haya tiempos de normalidad y espera más o menos prolongados que estarán llenos de injusticias, como lo están hoy. Si nos preparamos para convivir en paz y con Igualdad, evitaremos que las personas queden sometidas a los intereses de un modelo que prioriza el poder de lo material y lo económico. Y si llega una crisis en estas circunstancias, lo público y lo común previamente consolidado será su principal y más valioso “cordón sanitario”.

 

El soldado Dreyfus, el virus y el 8M

Una de las características de los bulos y las “fake news” es su capacidad integradora de todo lo que se argumente una vez lanzada la primera mentira, y lo consiguen por dos razones básicas:

  • La primera, porque el bulo se lanza con un enganche en la realidad centrado en un hecho objetivo.
  • La segunda, porque va dirigido a quien necesita creer esa falacia. No es información, sino doctrina para que la gente que ya comparte las ideas defendidas a través del bulo se mantenga en su residencia ideológica, y a ser posible sin abrir las ventanas.

Es lo que ocurre con la responsabilización que el machismo y la derecha hacen del 8M en el desarrollo de la pandemia por el coronavirus.

Nada nuevo. El nivel de manipulación de este tipo de estrategias es tal que a partir de la mentira original todo se refuerza, como ocurrió con el caso del soldado Dreyfus en la Francia del siglo XIX, tal y como recogió Kate Zernike en un artículo de The New York Times publicado el 30-4-11. Alfred Dreyfus era un joven judío capitán de artillería que en 1894 fue hecho prisionero acusado de traición. Los militares utilizaron como prueba varios documentos en los que existían anotaciones a mano incriminatorias atribuidas al soldado Dreyfus, él lo negaba y afirmaba que esa letra no era suya. Cuando se realizaron las pruebas caligráficas y se demostró que en realidad los documentos no se correspondían con la escritura del soldado Dreyfus, las autoridades, en lugar de rectificar concluyeron que la prueba caligráfica demostraba aún más la traición, porque ponía en evidencia que Dreyfus había alterado voluntariamente su propia forma de escribir para no poder ser acusado en caso de ser descubierto. De manera que la objetividad de la prueba exculpatoria fue utilizada como demostración de su culpabilidad a partir de los prejuicios y la posición de poder que ocupaban quienes lo manipularon todo a su conveniencia.

Otro ejemplo lo tenemos en la estrategia seguida en su día por Donald Trump con el presidente Barak Obama. Cuando Trump “sólo era” un poderoso empresario con imperio mediático a sus espaldas lanzó el bulo de que Obama no era americano y que no había nacido en Estados Unidos, a lo que Obama no respondió y estuvo sin hacerle caso durante mucho tiempo, a pesar de la insistencia de Trump. Al final, imagino que cansado de la situación y de cómo crecía el bulo, mostró su partida de nacimiento para aclararlo todo. ¿Lo consiguió? Evidentemente no, todo lo contrario, a partir de ese momento el bulo creció porque Trump dijo que había falsificado la partida, y que no la había enseñado antes porque había estado preparándolo todo.

Con la estrategia que ha lanzado la derecha y el machismo sobre la manifestación del 8M ocurre igual. Primero dicen que la concentración fue clave para la expansión del coronavirus, después, cuando se muestra que ese fin de semana hubo miles de concentraciones de todo tipo, comentan que deberían haberse suprimido todas, pero curiosamente sólo critican la del 8M. Cuando se les deja en evidencia por esa crítica centrada sólo en el feminismo, tiran de conspiración para insistir en lo malo del 8M, y argumentan que no se suspendió ninguna manifestación para no tener que suspender el 8M.

Como pueden ver, siempre darán una vuelta más para mantener su “mentira necesaria” y atacar a las posiciones diferentes a sus ideas y valores, que es de lo que se trata.

Los datos de la Comunidad de Madrid indican que el número de mujeres infectadas no es muy diferente al de hombres, lo cual está en contra de que el 8M haya sido un factor determinante en la expansión del virus, como afirman. Pero no se preocupen, seguro que le darán otra vuelta a la conspiración, y no me extraña que digan que el Gobierno previamente inmunizó con una “vacuna secreta” que sólo tienen para la gente de izquierdas, a las feministas que fueron a la manifestación para que ellas no se infectaran pero pudieran extender el virus entre la gente de la Comunidad y así arrebatarle el Gobierno a las derechas. Del mismo modo que, tirando de la maldad y perversidad propia de las mujeres, tampoco sería raro que puedan llegar a decir que enviaron a algunas de ellas a las residencias de mayores para que enfermaran y así ahorrar en ayudas, como dijeron de la propuesta legislativa sobre la eutanasia.

Recuerden que quienes atacan al 8M y al feminismo son las mismas voces que dicen que la mayor parte de las mujeres que denuncian violencia de género ponen “denuncias falsas” para dañar a los hombres y “quedarse con la casa, los niños y la paga”; y que la mayoría de los suicidios masculinos son consecuencia de “divorcios abusivos”.

Los bulos y la conspiración comienzan, pero no tienen final.

La imprudencia de quienes desde posiciones de responsabilidad social y política dan recorrido a estos bulos o guardan silencio tendrá consecuencias políticas y sociales, aunque no sean inmediatas. Deberían dedicarse a estudiar la situación cuando sucede y a plantear alternativas constructivas, en lugar de dedicarse a interpretar los hechos una vez que ya han ocurrido para decir entonces lo que está bien y lo que está mal.  Aunque algunos ni siquiera aciertan en esas circunstancias.

Virus frente a viral: El machismo y sus bulos

Los sectores conservadores de nuestra sociedad, los mismos que ven un riesgo en lo público y “confinan” en aulas separadas a niños y niñas para que no se contagien de Igualdad, intentan sacar partido de los efectos del virus contaminando el ambiente con manipulaciones y mensajes virales. En esto parece que siguen el principio hipocrático del “similia similibus curantur”, según el cual los problemas ocasionados por un humor se curan con aportaciones del mismo humor, de manera que, según esta ideología y su adoctrinamiento, lo que hay que hacer es aplicar lo viral frente al virus, y frente a la incertidumbre de la realidad la manipulación de los hechos.

El objetivo es claro y así lo plantean en sus “video-virus” y “mensaje-virus”, hacer responsable de la pandemia al Gobierno de Pedro Sánchez, como hicieron en su día responsable de la crisis económica mundial a Rodríguez Zapatero.

Y para ello hacen un collage interesado de trozos de verdad para crear una gran mentira, haciendo creer que la suma de verdades sólo puede ser otra verdad. No elaboran una crítica basada en distintas ideas ni aportan otras alternativas, se quedan en el cuestionamiento a tiempo pasado de las decisiones que en su día se adoptan sobre la base de los datos existentes, algo que siempre es fácil de utilizar para manipular a partir de su componente de objetividad.

Lo que se pretende es culpabilizar a los responsables gubernamentales para que haya un rechazo y un ataque directo hacia ellos y a las ideas que los sustentan. Y los elementos que utilizan para llevar a cabo la manipulación buscan la integración de tres referencias:

  1. Destacar elementos esenciales de su ideología conservadora para fundamentar las críticas sobre ellos. Lo hemos visto en la crítica al feminismo y a la Igualdad al achacar los problemas de la pandemia a la manifestación del 8M.
  2. Utilizar elementos del pasado que se puedan usar para reforzar el razonamiento el presente, es lo que ocurre al comparar la gestión de la crisis sanitaria actual con la gestión de la crisis económica de 2008.
  3. Empleo de los elementos propios de la situación actual para integrarlos en el contexto generado sobre los dos elementos anteriores.

La estrategia busca manipular la realidad a través de la integración de esos tres elementos, con el objeto de atacar a la posición interesada, en este caso al Gobierno y al feminismo, pero también a todas las ideas, valores, referencias o planteamientos que no coinciden con su ideología.

En la situación actual vemos que los elementos de los ataques se centran en los elementos antes citados:

  • Manifestaciones del 8M: Intentan responsabilizar de manera insistente de lo ocurrido a las manifestaciones del 8M, sobre todo en la Comunidad de Madrid, achacando casi en exclusividad la diseminación del virus a la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres. No dicen nada de los 4000 partidos de fútbol que se celebraron ese fin de semana, ni de los 680 de baloncesto, ni de los 1000 encuentros de otros deportes. Tampoco de las 18.000 misas, de la congregación de gente en cines, teatros y centros comerciales, y mucho menos del mitin de Vox en Vistalegre con dirigentes claramente bajo una sintomatología compatible con la infección por Covid-19. Lo importante es hacer creer que el problema fue el 8M para de ese modo reforzar el odio al feminismo, a las mujeres y a la Igualdad. Su estrategia es tan manifiesta, que cuando se les dan estos datos para explicar que en ese momento las referencias no planteaban suspender estas actividades, dicen que se permitieron todas las demás para de ese modo poder celebrar las manifestaciones del 8M. No importa la realidad, lo importante es imponer su visión.
  • Elementos del pasado: El objetivo que pretenden con sus estrategias virales es el ataque, no entrar en el debate cuestionando determinadas decisiones por medio de un razonamiento fundamentado y aportando alternativas. No plantean propuestas en el momento de tomar las decisiones, tan sólo critican los hechos cuando ya han ocurrido. Su lugar es el pasado y por eso se mueven bien en ese tipo de argumentos, y para ello recurren a hechos anteriores que son presentados como eslabón para darle continuidad a su estrategia. Por eso, ante la crisis sanitaria del coronavirus, han recuperado a la crisis económica de 2008 bajo un mismo planteamiento: la incapacidad del Presidente del Gobierno del momento, antes Rodríguez Zapatero y ahora Pedro Sánchez, como responsable del problema, da igual que sea global, porque lo que se busca no sólo es la crítica personal, sino relacionar la incapacidad individual con las posiciones ideológicas de esas personas, y hacer creer que el problema de fondo está en el socialismo y en la izquierda.
  • Elementos del problema presente: Para completar su ataque y su collage viral lo que hacen es tomar algún ejemplo de su capacidad de gestión y lo relacionan con la situación actual. Con la pandemia del Covid-19 ha sucedido al utilizar como ejemplo de buena gestión la respuesta ante la epidemia del Ébola del Gobierno de Mariano Rajoy, cuando son realidades completamente diferentes desde el punto de vista epidemiológico. Y mientras que en el coronavirus de lo que se trata es de responder sanitariamente para tratar y detener una pandemia que afecta a la población española, en la del Ébola se trataba, básicamente, de decidir si repatriar a personas y cadáveres para evitar que la infección llegara a España. Y todo ello se refuerza con datos sueltos de la crisis actual, como ha sido la diferente tasa de mortalidad en España y en Alemania, sin tener en cuenta las diferencias demográficas entre los países, o el especial impacto de la infección en algunas residencias de ancianos en nuestro país, ni los distintos tiempos de evolución de la pandemia; y hablan ese mayor porcentaje de mortalidad en España, pero no dicen nada de que el porcentaje de curaciones a día 24-3-20 es inferior en Alemania.

Y con ese tipo de argumentos manipuladores se llega al objetivo final, que no es la legítima y necesaria crítica al Gobierno, sino su ataque sobre una doble idea: por un lado la incapacidad esencial de las personas por formar parte del grupo del socialismo y la izquierda, y por otro, la responsabilidad directa en el resultado, como si hubiera sido algo buscado apropósito o por “imprudencia manifiesta”, llegando a hablar de “Gobierno criminal”.

Si se dan cuenta, hemos pasado de un “Gobierno ilegítimo” del 14M, repetido después con la moción de censura a Mariano Rajoy, a un “Gobierno Frankenstein” nacido del pacto del PSOE con Unidad Podemos, y ahora a un “Gobierno Criminal”. Toda una evolución argumental que revela de forma gráfica la estrategia de los sectores conservadores y machistas de nuestra sociedad, los mismos que no aceptan las diferencias sociales, salvo que estas se traduzcan en jerarquía y en la sumisión de los otros.

Estas estrategias llenas de silencios cómplices y pasividad recuerdan lo de “unos mueven el árbol y otros recogen las nueces”, y reflejan la falta de valores democráticos en quienes se consideran los únicos legitimados para ostentar el poder y el Gobierno. Sin duda un error que puede dar rédito a corto plazo, pero que al final se traduce en distancia y abandono por parte de una sociedad que cree en la Democracia y en la Igualdad. Sólo hay que ver cómo estaba la derecha hace unos años y cómo está ahora.

El problema añadido está en que esos mensajes virales aumentan el odio y la virulencia en mucha gente, y todo ello es el cultivo del enfrentamiento y la violencia. El lenguaje belicista que se está utilizando también es un ejemplo de toda esta visión, y es algo que debemos evitar para que todo se resuelva por los cauces democráticos, y con el necesario debate y las oportunas críticas a las decisiones bajo argumentos y propuestas constructivas. Sólo de esa manera superaremos la situación y creceremos como sociedad.

 

Máscaras y mascarillas

Cuando era un adolescente me explicaron que la palabra “persona” significaba etimológicamente “máscara”, y que su origen estaba en las caretas que se utilizaban en el teatro griego. Mi sorpresa ante ese significado no fue ante la idea de la Antigua Grecia de asociar esa máscara teatral con quienes la llevaban puesta más allá del escenario, sino por su vigencia actual, por esa especie de disfraz que vestimos como parte de nuestra identidad, capaz de confundir al resto de las personas, pero también a nosotros mismos.

Una crisis desenmascara a las personas y a la sociedad, las desnuda de circunstancias y las enfrenta a su propia realidad sin disfraces ni complicidades ajenas. Pero cuando sucede, no siempre se encuentra a alguien detrás de todo ese escenario que acarreamos junto a la máscara, y del mismo modo que muchas personas cercanas te abandonan ante los problemas, cuando la persona se enfrenta a sí misma ocurre como en la película del “hombre invisible”, que al retirar las vendas no hay nadie. No hay nada.

Y no hay nadie porque no existe una verdadera individualidad, porque la persona se ha convertido en parte de todo lo que la sociedad ha dicho que sea, una mera reproducción de sus ideas, valores y elementos de su cultura, pero sin nada propio, sin intimidad. Tan sólo un trozo de masa, una hoja en el viento de los acontecimientos que terminará siendo arrastrada por la lluvia de los días.

La crisis originada por la pandemia del covid-19 ha desenmascarado a la sociedad y a quienes la forman. Las ha desnudado de toda la parafernalia que las impermeabiliza de las miradas para que los ojos se deslicen hacia abajo, aunque dejen un reguero de dudas por el que nunca se asciende. Pero da igual, lo importante es que esas miradas no penetren para ver la realidad tras la máscara.

Un ejemplo que siempre resulta importante abordar por su gravedad y significado es el de la violencia de género. Poner en relación las estadísticas del impacto de la violencia de género con los de la pandemia del coronavirus es relevante para entender la realidad enmascarada. No se trata de restarle importancia a la infección, sino tomar conciencia de lo que habitualmente se mueve entre la invisibilidad de las circunstancias.

Según los datos oficiales a 20 de marzo, el número de personas infectadas en el planeta por el covid-19 era de 245.436, y el número de personas fallecidas 10.138. Los equipos de la OMS y otros organismos hablan de una mortalidad causada por del virus entre el 3-4% teniendo en cuenta las muertes entre las personas infectadas diagnosticadas, no entre todos los casos, puesto que muchos cursan con una sintomatología leve que no requiere asistencia específica ni son diagnosticados.

La violencia de género, según los estudios de la OMS y de Naciones Unidas, sólo en las relaciones de pareja afecta al 30’1% de las mujeres del planeta, lo cual significa que en algún momento la sufrirán unos 500-600 millones de mujeres, de las cuales, alrededor de 52.000 son asesinadas cada año en el contexto de las relaciones de pareja y familiares (ONU, 2018), con una tasa de mortalidad alrededor del 0’9% para las mujeres maltratadas. Todo ello significa que cada 5 minutos una mujer es asesinada en el planeta dentro de los escenarios descritos. Y a esta violencia en las relaciones de pareja hay que añadir todas las otras formas de femicidio, como las que ocurren en el contexto de la violencia sexual, la mutilación genital femenina, la prostitución, la trata de mujeres, los crímenes por la dote…

Si en lugar de violencia de género habláramos de otro virus, ni el resultado ni las políticas serían muy diferentes en su contundencia a las desarrolladas contra el covid-19, lo mismo que no son muy distintas las medidas contra el terrorismo yihadista u otro tipo de terrorismo, ni tampoco para afrontar enfermedades víricas similares, puesto que una de las referencias para actuar se basa en el resultado y en el impacto que producen los problemas, para luego abordar con especificidad las causas de cada uno.

Lo que resulta difícil de entender en violencia de género es cómo a pesar de tener un resultado tan objetivo, como lo son los 500-600 millones de mujeres del planeta que la sufren, las 52.000 que cada año son asesinadas a nivel mundial, o las 600.000 que la viven en España y las 60 asesinadas de media anualmente, no se responda de la misma manera que frente a otras causas que generan unas consecuencias similares, y que incluso se actúe con más rotundidad y se perciban como más graves algunos problemas que tienen un impacto menor que la violencia de género.

Y una de las claves para entender esta manera distinta de responder ante resultados objetivos está en la estructuralidad de la violencia de género, puesto que se trata de una violencia que nace de las propias normas de convivencia que nos hemos dado como sociedad, se utiliza para mantener el orden a partir de esas referencias, y no se ve como una amenaza, puesto que sólo afecta a las mujeres y, según esa construcción machista, no a todas las mujeres, sino a las “malas mujeres”, es decir, a las que no cumplen con sus roles y funciones según los criterios del “buen hombre”, o sea, de su maltratador.

Tanto la infección por el covid-19 como la violencia de género comparten algunos elementos, tales como la invisibilidad, el no reconocimiento de la sintomatología hasta que se hace grave, la utilización de la normalidad para extenderse y afectar a otras personas…. Sin embargo, también hay importantes diferencias, como por ejemplo, el hecho de que no se dude de la infección por coronavirus mientras que sí se haga de la violencia de género, la existencia de una prueba específica para la primera, cuando para la segunda hay que realizar una valoración amplia y a veces compleja que no siempre se acepta, la consideración de que todo está relacionado con el virus, aunque no sea determinante, mientras que en violencia de género todo se fragmenta y se muestra como ajeno a ella, algo que no resulta gratuito puesto que lleva a que no se identifiquen factores de riesgo para la violencia y que sí se haga para la pandemia, y, finalmente, el hecho de que prácticamente el 100% de las personas fallecidas por covid-19  hayan recibido atención, mientras que en violencia de género el 70-80% de las mujeres asesinadas nunca ha recibido asistencia por esa causa.

La convivencia está llena de problemas, y muchos de ellos, como la violencia de género, provocados por la propia forma de entender las relaciones. Creer que sólo lo nuevo debe ser motivo de preocupación es mantener un modelo de sociedad acostumbrado a la sorpresa, pero ajeno a sus problemas diarios y a la injusticia crónica de la desigualdad.

Muchas de las mujeres con patologías múltiples que mueren por la infección del coronavirus también son víctimas de violencia de género, lo cual es un factor de agravamiento clínico, tal y como ha recogido el reciente trabajo de las Universidades de Warwick y Birmingham, al demostrar que la mortalidad es un 40% más alta en las mujeres maltratadas respecto a las no maltratadas, y en cambio nadie ve esa relación con la realidad ni con el covid-19.

La conclusión es clara, hay que ejercer una crítica contra la cultura androcéntrica capaz de organizar la convivencia sobre la desigualdad, y para ello no sólo hay que ponerse una mascarilla ante determinados problemas, también hay que quitarse la máscara que impone el machismo para ocultar tras su normalidad a los hombres que ejercen la violencia de género y a las mujeres que la sufren.

 

 

Confinamiento y violencia

Las paredes y cristales nos pueden proteger del contagio del Covid-19, pero no de los males que viven dentro del hogar, y la violencia de género habita la convivencia para poner muros y techos de cristal allí donde el maltratador decide.

Según la OMS, referente indiscutible para la pandemia del coronavirus, la violencia de género es un “problema de salud global de proporciones epidémicas”, e indica que el 30% de las mujeres del planeta la sufrirán en algún momento de sus vidas (OMS, 2013). El “Informe sobre homicidios en España” del Ministerio del Interior, recoge que el 40’7% de todos los homicidios por violencia interpersonal sucede en el contexto del hogar, y que los hombres son sus autores en el 66’4% de los casos de violencia doméstica y en el 100% de violencia de género.

El confinamiento en el hogar no va a reducir esta violencia, todo lo contrario; la va a aumentar por la presencia de cuatro elementos principales:

  1. El aumento del tiempo de convivencia entre los agresores y sus víctimas.
  2. Los conflictos en gran medida van a surgir alrededor de cuestiones familiares y domésticas, circunstancia que los agresores viven como un ataque al considerar que todo lo que no sea seguir sus imposiciones se trata de un ataque a su “autoridad”. Es lo que reflejan de manera gráfica cuando justifican la violencia y dicen, “es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria”.
  3. La violencia se prolonga sin que se vea interrumpida por las circunstancias de la rutina de cada día, como marchar a trabajar, llevar los niños y niñas al colegio, ir a comprar, salir a dar un paseo…
  4. Percepción de seguridad e impunidad en el agresor, al percibir que las circunstancias del confinamiento dificultan salir de la relación o interponer una denuncia por la violencia ejercida.

La situación no es del todo nueva, pero sí es diferente en la novedad de algunas circunstancias, y las consecuencias pueden ser mucho más graves, especialmente para las mujeres por las características de la violencia de género.

El objetivo principal de la violencia que se ejerce contra las mujeres es controlarlas y someterlas a los dictados del maltratador, el daño y las lesiones son una parte de los instrumentos que utilizan para lograrlo, pero la idea que mueve a un agresor es retener a la mujer dentro de los límites que él impone sobre las referencias definidas por la cultura. Por eso antes de las agresiones se produce un aislamiento de la familia, las amistades y el trabajo, y por ello utiliza también una estrategia aleccionadora con el objeto de que las agresiones se vivan como una referencia de lo que puede ocurrir en caso de no seguir sus dictados, y de ese modo hacer que la propia mujer se “auto-controle” sin necesidad de agredirla a cada momento.

Cuando el agresor percibe que pierde el control sobre la mujer es cuando recurre a las agresiones, y cuanto mayor es su percepción, con más contundencia la resuelve. Este factor es el que hace que la separación y ruptura de la relación actúen como el principal factor de riesgo para que se produzca una agresión grave y el homicidio. La consecuencia es clara y directa, si el objetivo esencial de la violencia de género es el control, la separación significa la pérdida absoluta de control, lo cual lleva a muchos agresores a pensar en la idea del homicidio, y a algunos a llevarlo a cabo. El resultado es objetivo, los homicidios por violencia de género representan el 20’6% de todos los homicidios de nuestro país, es decir, que una media de 60 mujeres son asesinadas en sus casas cada año por parte de hombres “normales” con los que mantienen o habían mantenido una relación de pareja.

Las actuales circunstancias de confinamiento por la pandemia del Covid-19 dificultan la salida de la relación violenta y se traducen en una prolongación de la violencia, y con ella en un incremento de su intensidad y el control por parte del agresor, que a su vez lo vive bajo una sensación de seguridad e impunidad. La aparente disminución de casos graves y homicidios que se puede producir bajo las actuales limitaciones, se podría traducir en un incremento posterior cuando se modifiquen las circunstancias y las mujeres vean facilitada la salida de la violencia, puesto que el riesgo en ese momento será más alto.

No podemos esperar a que suceda, hay que desarrollar una estrategia de acción y prevención basada en cuatro elementos:

  1. Seguimiento activo de los casos de violencia de género conocidos en Servicios Sanitarios, Servicios Sociales, asociaciones de ayuda a mujeres víctimas y sobrevivientes…
  2. Desarrollo de programas de detección activa en la atención que se preste a mujeres en las circunstancias actuales.
  3. Llamada a la implicación de los entornos cercanos a las mujeres que sufran la violencia para que las apoyen y comuniquen la situación a las administraciones correspondientes
  4. Desarrollo de campañas de concienciación e información específicas para el contexto actual.

También tenemos que actuar contra la pandemia de la violencia de género y evitar sus consecuencias y muertes. Ahora estamos a tiempo de adoptar medidas preventivas, y en esta materia, precisamente, lo único que no podemos hacer es “lavarnos las manos”.