The nothing box

Quizás recuerden el monólogo de Mark Gungor en el que describe con ironía las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. En él explica que el cerebro de los hombres tiene una caja específica e independiente para cada cosa: una para el coche, otra para la casa, una para la familia, otra para el trabajo… y así para cualquier tema, mientras que en el femenino todo está interconectado y relacionado. El funcionamiento del cerebro masculino es muy sencillo, cuando necesita pensar en algún tema acude a su caja correspondiente, entra en ella y lo analiza al margen de todas las demás. Sin embargo, a pesar de tener una caja para cada cosa y cada cosa en una caja, algo que le da una gran potencialidad a la hora de resolver los problemas, el autor destaca que la caja más importante de ese cerebro masculino es la “nothing box”. Sí, una caja vacía llena de nada a la que se acude como refugio o escondite cuando surgen problemas que no se pueden resolver desde alguna de las cajas sencillas o cuando predomina el estrés.

Y claro, una sociedad machista construida a imagen y semejanza de los hombres, ha adoptado el modelo masculino de reflexión y toma de decisiones. Y para ello cuenta con una especie de cajas específicas donde sitúa cada uno de los temas sociales, de manera que cuando se tiene que resolver un problema relacionado se acude a la caja correspondiente. Así, por ejemplo, ha creado una caja para la economía, otra para el paro, una para la inmigración, otra para la educación, una para la sanidad, otra para la ordenación territorial… y bajo ese criterio crea todas las que sean necesarias para que no haya problema sin caja a la que ir ante las diferentes cuestiones que se suscitan en el día a día.

Sin embargo, al igual que le ocurre al cerebro masculino, en esta sociedad machista y en la política que aborda los problemas que surgen en ella,  cuando lo necesita recurre a la “nothing box”. Una caja vacía a la que se llega para esconderse de la realidad y soñar con tiempos pasados o momentos por venir bajo la luz de los símbolos, pues en la oscuridad de la caja hueca son ellos la única vía de dar forma a la imaginación, y de hacer que en esa nada encajada adquiera apariencias de verosimilitud.

La estrategia también es simple, primero se reduce a nada todo lo que se hace, bien porque lo hecho hasta el presente no gusta y se dice que “no vale nada”, o bien porque lo que se plantea no se comparte y se afirma que “no servirá para nada”,  después se abre la caja de los truenos de la “nothing box” para dar salida a su imaginación y se habla de racismo, de machismo, de xenofobia, LGTBfobia…

El problema para quienes prefieren acudir a la “nothing box” es que olvidan que la realidad es todo lo que sucede fuera de ella mientras ellos están en su interior, por eso cuando se asoman al salir se muestran desorientados y desfasados en un tiempo que no ha parado de suceder. Esta es la razón, volviendo al monólogo de Mark Gugor, por la que se hace tan importante tomar como referencia el modelo de cerebro femenino que plantea en su charla. Un modelo repleto de interconexiones que permiten relacionar cada una de las cuestiones individuales con todas las demás, para darle un sentido global a la realidad con su diferente problemática, y a la convivencia desde la pluralidad. Y todo ello, como dice el autor, movido por la energía de las emociones, a la cual yo también añadiría la de la Igualdad, única forma de no caer en la trampa de la “nothing box”.

La solución, como se puede ver, es sencilla, quien busque respuestas en la “nothing box” encontrará la nada como salida, por mucha resonancia y por mucho eco que sea capaz de producir el sonido hueco de sus palabras. Al final sólo es el quejido de la “nothing box” en una sociedad que necesita el compromiso común para mejorar la convivencia sobre el respeto y la diversidad, no crear cajas vacías o llenas de nada.

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La casa por el tejado

El Tribunal Supremo ha resuelto que una madre y sus hijos abandonen la casa donde vivían tras el divorcio, porque en ella vive también su nueva pareja. Argumenta que el domicilio donde antes vivía con su exmarido deja de ser “familiar” cuando se forma una nueva relación de convivencia.

La sentencia responde a una demanda histórica promovida fundamentalmente por padres que tras el divorcio no aceptaban que sus exparejas rehagan su vida afectiva, y que entienden la separación como un nuevo escenario de control y poder sobre la mujer, para lo cual es importante que sea ella quien tenga la custodia de los hijos e hijas, puesto que consideran que actúa como una dificultad para rehacer sus relaciones afectivas.

Esta percepción clásica ha cambiado bastante, pero las ideas que la sustentan no tanto. Quizás muchos de los que ahora se felicitan por la decisión del Supremo desconozcan la evolución seguida en esta materia, y no recuerden una época no muy lejana cuando los exmaridos se negaban a pagar la pensión por alimentos y no había manera en la práctica de actuar contra ellos. Después la ley cambió para obligarlos y facilitar el embargo de sus cuentas o bienes si no lo hacían, pero muchos de ellos, en lugar de entender su error, lo que hicieron fue simular que estaban en paro, cobrar de manera “no visible”, justificar un salario inferior para pasar menos cantidad de dinero… todo lo que hiciera falta menos asumir sus responsabilidades como padres, una situación que no ha desaparecido en la actualidad. Y claro, para todo ello el argumento no puede ser que les importa muy poco que sus hijos tengan dificultades, sino que se justifican al decir que lo hacen porque “la mala de su exmujer”  se gasta su dinero en zapatos, ropa o con su nueva pareja.

Si tenemos en cuenta estos antecedentes y la estrategia que sigue el machismo para ocultar la realidad de la violencia de género, al tiempo que busca imponer la custodia compartida en cualquier circunstancia y de espaldas al interés de esos hijos e hijas, que según dicen es lo que les mueve, la pregunta que surge es sencilla. ¿Si no fueran mujeres quienes están a cargo de la mayoría de las familias tras la separación, habría sido igual la sentencia del Tribunal Supremo?

Según la Encuesta Continua de Hogares de 2017, realizada por el INE, hay 1.529.900 familias formadas por madres y sus hijos e hijas, frente a las 312.600 constituidas por padres con sus hijas e hijos; es decir, el 83% de las familias monoparentales en realidad son “monomarentales”. Y esto no es por casualidad.

Desde el machismo se dice que en los Juzgados se les da la custodia a las madres “de forma automática” “por ser mujeres”, cuando en realidad las decisiones judiciales se adoptan en interés del menor a partir de la experiencia y de las responsabilidades asumidas durante la convivencia por cada uno de los progenitores. La paternidad empieza durante la convivencia, no tras la separación, y además de las averiguaciones judiciales que se realizan en cada caso, todos los estudios demuestran que, cada día, las mujeres dedican más tiempo que los hombres a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos e hijas, lo mismo que son ellas las que piden reducción de jornada para esas tareas de cuidado, y solicitan días u horas libres para poder atender situaciones imprevistas relacionadas con la educación o la salud de los niños y niñas. Y todo eso sucede cada día, es decir, todos los días, no sólo cuando se produce la separación.

No deja de sorprender que los argumentos del machismo cuestionen la violencia de género cuando se dice que las mujeres son maltratadas y asesinadas “por el hecho de ser mujeres”, que nieguen el acoso cuando son hostigadas “por el hecho de ser mujeres”, que duden de la discriminación y la brecha salarial cuando se demuestra que les ponen dificultades y les pagan menos “por el hecho de ser mujeres”,o que ataquen las políticas de acción positiva para corregir su infra-representación en puestos de responsabilidad debido a los obstáculos y exigencias que les hacen “por el hecho de ser mujeres”. Para el machismo esa referencia de que determinadas conductas y situaciones se producen “por el hecho de ser mujeres” les resulta una tontería o una simpleza, pero en este caso son esos mismos argumentos machistas los que dicen que en los juzgados les entregan la custodia de los hijos y de las hijas “por el hecho de ser mujeres”. Nada coherente, como el machismo mismo, pero ya se sabe que la “palabra de hombre” siempre tiene el acompañamiento de la credibilidad.

Por eso no deja de sorprender el razonamiento de la sentencia del Tribunal Supremo, pues da la sensación de que más que mirar por el interés de los menores en verdad refleja ese malestar hacia la mujer que rehace su vida e inicia una nueva relación de pareja, y la “comprensión” del mosqueo del hombre que ve que todo eso sucede “en su casa”. Si el padre tiene una responsabilidad con sus hijos e hijas y como consecuencia de ella ha de pasar una cantidad de dinero para su cuidado y necesidades, el hecho de que la mujer viva o no con su pareja en el mismo domicilio es intrascendente sobre las responsabilidades del padre. Y si el padre, como consecuencia de que la decisión judicial que ha otorgado el uso del domicilio a la madre por ser ella quien obtiene la custodia, tiene que buscar una nueva residencia y asumir un alquiler, además de pagar la hipoteca de una casa que es suya, aunque ahora la usen sus hijos y su madre con ellos, también es independiente de que la pareja de la mujer viva en la casa o no.

Aunque todas estas situaciones tras las separaciones y divorcios han de resolverse mejor, no lo dudo, lo que resulta sorprendente es que se traten de presentar como consecuencia de la “maldad de las mujeres”, y que se vea a la Igualdad como responsable de la “injusticia” que viven los hombres. La Igualdad es la solución, no el problema, si los padres asumieran sus responsabilidades en igualdad desde el principio, dedicaran el mismo tiempo que las madres al cuidado y al afecto, dieran prioridad a sus hijos e hijas sobre otras responsabilidades del trabajo o de ocio… la custodia la tendrían ellos, bien de manera exclusiva o de forma compartida, sin necesidad de imponerla, tan sólo continuando con lo que hacían durante la convivencia.

Que el 83% de las familias formadas por un solo progenitor con sus hijos e hijas las formen las madres no es casualidad ni producto del azar, sino la consecuencia de una sociedad impregnada por la cultura del machismo que lleva a los resultados que luego critican sin pararse a cuestionar las causas. Resolverla exige levantar la Igualdad desde los cimientos de la identidad y la convivencia, no empezar la casa por el tejado.

 

“Machismamente”

Si actuar desde la maldad es hacerlo malvadamente, desde la inconsciencia es hacerlo inconscientemente… actuar desde las referencias del machismo es comportarse “machismamente”.

La clave para erradicar el machismo de nuestra sociedad pasa por entender que no se trata de una serie de hombres con una mente machista “atávica y primigenia”, como apunta el juez en la sentencia que condena a Juana Rivas, una mente que los puede llevar desde discriminar y abusar hasta a maltratar y asesinar. La clave está en tomar conciencia de que se trata de hombres que de manera consciente e interesada deciden actuar imponiendo a las mujeres su visión de la realidad, y desde ella su criterio a la hora de desempeñar las diferentes funciones y roles, y de ocupar los tiempos y espacios que previamente les otorgan. Y para conseguirlo se dotan de diferentes instrumentos, unos que actúan “por las buenas” (control social, reconocimiento, reputación, integración, aceptación…), y otros “por las malas” (violencia, discriminación, crítica, rechazo, exclusión…)

Los machistas son conscientes de que toda esa construcción es injusta y está mal, por eso se han dado una cultura que la normaliza bajo diferentes justificaciones y argumentos.

Y cada uno de esos hombres necesitan de todos los demás, pues un hombre solo en defensa de esos argumentos y de esa construcción, por muy macho que sea sería sólo un “hombre solo”; y los hombres están acostumbrados a estar “solos ante el peligro”, como Gary Cooper, pero no a estarlo frente a la verdad de una desigualdad histórica y toda su injusticia secular. Por eso necesitan al grupo, y el grupo a la cultura que los define, ese patriarcado funcional y práctico que es el machismo. A partir de ahí todo es más sencillo y sólo tienen que actuar “machismamente”.

Esa situación hace que sus argumentos suenen creíbles a pesar de quedar huecos de significado, como por ejemplo sucede cuando dicen que la “Ley Integral contra la Violencia de Género” va “contra los hombres”, y que los hombres son condenados por el hecho de ser hombres. Y es cierto que la aplicación de esa ley condena a hombres, pero no por el hecho de serlo, sino por ser maltratadores, “detalle” que obvian en su argumentación de manera interesada. Sería como decir que el Código Penal va “contra las personas” porque cualquier persona puede ser condenada. A nadie se le ocurriría ver en el Código Penal una amenaza, sino un instrumento para la convivencia, porque todo el mundo sabe que dicho código se aplica sobre las personas que delinquen, no sobre las personas por el hecho de vivir en sociedad.

Entre sus argumentos estelares nunca falta igualar las diferentes violencias interpersonales sobre su resultado, para así esconder el machismo y la construcción cultural que lleva a la violencia de género desde la normalidad. De ese modo ocultan que se trata de uno de los instrumentos necesarios para mantener la desigualdad (y, por tanto, los privilegios de los hombres), esconden también su dimensión (600.000 mujeres maltratadas al año y 840.000 menores viviendo en los hogares donde sufren esa violencia –Macroencuesta 2011-), y diluyen su gravedad más extrema, las 60 mujeres asesinadas y los 4 niños y niñas asesinadas de media cada año. Y todo ello como parte de una “normalidad” que hace que sólo el 1’9% de la población considere esta realidad entre los problemas graves de la sociedad (CIS, septiembre 2018).

Al machismo no le interesa que se ponga al descubierto toda esa estructura social de la desigualdad que tantos beneficios les reporta, desde los económicos hasta la impunidad (sólo de condena a un 5% de todos los maltratadores). Por eso intentan por todos los medios que no se hable de violencia de género, pues hacerlo significa dejar al descubierto los elementos y las claves de esa construcción de poder.

Nunca han pedido, y siguen sin hacerlo, que se adopten medidas legislativas para proteger a las víctimas de la “violencia de las mujeres” ni de la violencia doméstica, sólo piden que se supriman las medidas dirigidas a abordar los elementos específicos de la violencia que sufren las mujeres desde la normalidad social y cultural. Nunca han hablado ni se han preocupado de esas violencias hasta que no se ha hablado de violencia de género, y si se suprimiera la “Ley Integral contra la Violencia de Género” con todo el sistema de protección que se ha desarrollado a partir de ella para todas las violencias, y quedaran las víctimas desprotegidas, tampoco dirían nada, como no lo decían antes de 2004.

El machismo busca esconder la violencia que los machistas producen entre el resto de las violencias, por eso les interesa tanto equipar el resultado para esconder su significado. ¿Se imaginan que alguien criticara las actuaciones de la Dirección General de Tráfico bajo el argumento de que sólo tienen en cuenta los accidentes de tráfico, pero no los accidentes laborales cuando cada año también producen miles de víctimas?. ¿Se imaginan que dijeran que “por qué va a valer menos una víctima de un accidente de trabajo que una víctima de un accidente de tráfico”, o que afirmaran que las asociaciones de víctimas de tráfico lo que buscan es enriquecerse con las subvenciones, y que cuanto más accidentes y víctimas mejor para ellas porque reciben más dinero?… Sería absurdo e inaceptable, ¿verdad?… Pues son los argumentos que utilizan a diario contra la violencia de género.

Las personas que tienen una “mente machista” y aquellas otras que actúan “machismamente” intentan que la realidad siga dominada por la injusticia y la desigualdad, pero eso ya es parte del pasado. La sociedad, gracias a la Igualdad, mira libremente al futuro sin el yugo del machismo.

 

Serás hombre… o no serás

Identificar a una persona parece algo sencillo, basta con describir cómo es su aspecto, el color de sus ojos, cómo tiene el pelo, la forma de su nariz… para llegar a saber quién es. Pero cuando todo eso es falso o puede ser escondido tras características que no se corresponden con la realidad, entonces hay que irse a elementos profundos y ocultos a las miradas para saber de quién se trata. Así ocurre cuando los acontecimientos han hecho desaparecer esos elementos externos o cuando se ocultan detrás de disfraces preparados para la ocasión, y tenemos que acudir a una referencia inamovible como puede ser analizar el esqueleto, bien de forma directa o por medio de radiografías que lleven la mirada detrás de las barreras intercambiables. Es desde esa referencia estable desde la que luego se puede reconstruir la identidad de la persona estudiada.

Pero la identidad no sólo es el soporte biológico que individualiza a la persona del resto del grupo, la vida en sociedad también aporta un componente cultural y relacional a la identidad que permite conocer su vinculación a las referencias que esa sociedad ha establecido para las personas que la forman. Y del mismo modo que existe una parte variable que se puede adaptar a las circunstancias, también hay elementos que forman parte estructural de su esencia que sostienen la identidad social y cultural, una especie de esqueleto sobre el que descansan los elementos que le hacen sentirse parte del grupo y ser reconocido como tal por el resto.

El documental de Isabel de Ocampo, “Serás hombre”, nos muestra parte de ese esqueleto de la identidad social de los hombres.

Isabel de Ocampo ha sabido prescindir de lo superficial, de aquello que es fácil de disimular, esconder y negar, y ha diseccionado la masculinidad hasta llegar a esos “huesos” que sostienen la construcción de la identidad de los hombres. Una identidad que, bajo sus redes, ha llevado a prostituir a las mujeres a lo largo de toda la historia, y a ofrecérselas a otros hombres para que hagan uso de ellas para  reforzar su hombría en gestos que van desde el padre o el familiar que lleva a su hijo a “acostarse con una puta” para que “se haga hombre”, hasta aquel otro hombre que acude a ella para sentir el poder de una identidad levantada sobre el sometimiento de las mujeres.

El documental nos da tres claves para entender que “serás hombre o no serás nadie”, que en un mundo de hombres es mucho peor que no ser nada.

La primera clave se centra en mostrar la identidad masculina que se revela en el consumo de prostitución. Isabel de Ocampo establece un diálogo entre dos hombres, uno de ellos un antiguo putero o “prostituyente”, y otro el hijo de una prostituta que quedó embarazada de un cliente del que nunca supo nada más, y al que busca para intentar encontrarse a sí mismo.

Es un diálogo al que se incorporan otras voces de hombres como si fueran un coro, y que muestran diferentes elementos de una vida en la que los hombres se desenvuelven sin problemas a pesar de todas las contradicciones del día a día gracias a la “coherencia” de su identidad. Es un diálogo muy de hombres, de sus complicidades, sus jerarquías y su poder, que comienza de forma muy gráfica cuando el putero acude a su antiguo club y otro hombre se dirige a él como “Don Rafael”.

Otro de los pilares de ese diálogo y del documental es el uso de un lenguaje que representa una realidad “normalizada” gracias al camuflaje de las palabras, capaz de esconder significados y revelar consecuencias de todo tipo, desde ese respeto tan masculino que se guardan entre sí los hombres hasta las amenazas implícitas, desde las eufemismos que llevan a presentarse como “empresario de la noche” hasta la crítica a las mujeres al hacerlas responsables de su situación y afirmar que hay que “putearlas”… Putear a las putas.

La segunda clave es el modelo de sociedad y cultura que da sentido a esa masculinidad putera y “prostituyente” capaz de esclavizar a las mujeres para empoderar aún más a los hombres. Las “mujeres son billetes”afirma el protagonista en un momento del documental, expresión que refleja a la perfección la doble condición que le otorgan a las mujeres: la de objeto y la de mercancía. Son personas que pueden ser usadas y explotadas para obtener beneficios, tanto materiales con el dinero que obtienen a través de su esclavización, como personales en el reconocimiento que nace del ejercicio de la masculinidad. Porque el poder no lo da el escenario, sino la escenificación de la identidad.

Bajo esa idea, el protagonista comenta que las mujeres son las primeras interesadas en la prostitución y que los hombres acuden como el que va a un cepillo y echa una limosna. Todo forma parte del juego de la normalidad que impide que los hombres se cuestionen nada que pueda hacerlos dudar de su masculinidad, ni de un modelo de sociedad tan rentable para ellos, aunque luego tengan que colorear la realidad en blanco y negro con luces de neón. Es lo que un día me comentó el poeta Luis García Montero cuando hablábamos de cómo los jóvenes ahora prefieren irse de putas porque “ahorran dinero”,Luis me dijo, “ahorran dinero y ahorran sentimientos”.Y esa es otra parte esencial de esta masculinidad machista que desvincula a los hombres de las emociones: alejarlos de los sentimientos y esconder la injusticia y todo el daño que produce bajo la normalidad y la teórica libertad de las mujeres.

Es lo que lleva al otro protagonista, a pesar de toda su rabia,  a “respetar” al putero, porque al final hay algo que hace sentir que es más importante ser hombre ante otros hombres, que ser hijo, o padre, o hermano, o amigo…

Y la tercera clave que nos aporta Isabel de Ocampo es la representación de las mujeres que hace la cultura machista a través de la prostitución.

Las mujeres son creadas, definidas y utilizadas por los hombres, su voz sale del silencio y lo hace para volver a él a través de la asunción de su realidad. Y mientras que los hombres aparecen presentados bajo diferentes formas de entender la masculinidad, planteando una distinción y una graduación antitética que lleva a entender que lo malo y lo negativo no es consecuencia de los hombres, sino de determinadas circunstancias, las mujeres son presentadas por la cultura como una misma realidad y condición que luego se manifiesta de forma diferente en cada una de ellas. Y es desde esa condición desde la que se decide ser puta o “decente”, esposa o amante, pecadora o santa… pero siempre como mujeres que deciden ser de una forma u otra porque todas están en ellas.

El documental nos lleva por esas noches de neón que iluminan las mañanas de cada día, y en las que los hombres se visten de empresarios, de amigos, de hijos o de padres, en busca de mujeres a las que poder someter bajo precio para que otros hombres vean lo hombres que son al hacerlo, y así todos juntos sostener el modelo que les da la identidad y el poder.

Isabel de Ocampo lo ha reflejado a la perfección: “o serás hombre… o no serás”.

 

Polvos, lodos y machismo

De “aquellos polvos vienen estos lodos”…La sabiduría popular sabe más por vieja que por popular, la experiencia la hace sabia a través de las vivencias protagonizadas, aunque no siempre aprende de lo vivido.

En algunos de los acontecimientos que ocurren en nuestros días sólo falta escuchar de fondo esa frase que muchos padres y madres repetían ante los problemas de alguno de sus hijos, “es que no aprendes”, decían recriminándoles su responsabilidad en lo ocurrido. Pero el problema del aprendizaje no sólo está en la incapacidad de adquirir conocimiento, sino que con frecuencia radica en la falta de voluntad para aplicarlo. Y lo que nos dice la experiencia ante determinados sucesos no es que la sociedad sea incapaz de aprender, sino que dentro de ella hay quien no está dispuesto a renunciar a determinados beneficios y privilegios, aunque se a costa de generar un riesgo que por lo general afectará a otras personas.

Cuando decimos que “el machismo es cultura, no conducta”, hay quien reacciona con cierta confusión, pero también hay quien responde con beligerancia desde posiciones machistas diciendo eso de que “ahora resulta que todo va a ser machismo. Y sí, todo es machismo porque la cultura, ese conocimiento que permite organizar la convivencia y definir las identidades, está construido sobre lo que los hombres han considerado oportuno a lo largo de la historia para articular las relaciones, distribuir roles, tiempos y espacios, y definir la identidad de las personas que la forman. No hace falta esperar un resultado para considerar la existencia del machismo, el machismo no es el resultado, sino lo que hace posible ese resultado y luego le da significado para que sea coherente con sus ideas, valores y creencias. Por eso la Igualdad es la gran deuda de la historia y las mujeres las grandes discriminadas, y lo son más que las “razas”, castas, orígenes o procedencia de las personas, pues ellas, además de esas discriminaciones estructurales, están discriminadas en cada uno de esos grupos respecto a  los hombres.

El machismo es una construcción de poder, es decir, se ha hecho de manera interesada para que quien “parte y reparte se lleve la mejor parte”, y estas personas que cortan y reparten en nuestra sociedad son los hombres. Y para conseguir los beneficios materiales que les permitan cobrarse su compromiso con el sistema utilizan lo privado y lo público, el “amor romántico” y la violencia, la política y el conflicto, la salud y la enfermedad… Utilizan todo lo que sea necesario y lo hacen cada vez más, puesto que cualquier modelo de poder está pensado para crecer, no sólo para permanecer, de ahí que no haya espacio para el autocontrol ni la renuncia, puesto que su propia existencia sería considerada en sí misma como un fracaso.

Y el modelo de poder machista no sólo se basa en la obtención de beneficios y privilegios como resultado, sino que gran parte de su estrategia se fundamenta en las formas de lograr esos objetivos. Por eso al machismo no le basta con haber establecido una jerarquía en lo que lo masculino marca las diferencias y los hombres ocupan el poder, sino que, además, exige que quien actúe en su nombre debe expresarlo en la práctica a través del uso de la fuerza y la violencia, en dominar y someter, para de ese modo hacer de la realidad su principal instrumento, y así reafirmar y retroalimentar su carrera sin límites por medio de cada una de sus acciones y logros.

La naturaleza no es diferente al resto de los elementos que el machismo utiliza para y crecer en poder. La naturaleza queda sometida al machismo, la hace suya a través de la fuerza, la violencia, la invasión de sus espacios y su posterior conquista para sus intereses. Todo ello con el objeto de expandir su poder y recompensar a quienes lo secundan por medio del dinero, del status, de las influencias…. en definitiva, del reconocimiento.

El razonamiento es sencillo. Los edificios se construyen y el urbanismo de las ciudades se diseña tal y como se piensan, y se piensan según la cultura machista entiende que deben ser esas ciudades a partir de las necesidades y de la mirada de los hombres, y del uso que ellos vayan a hacer de ellas. Si ese diseño crea espacios donde las mujeres pueden sufrir la violencia de otros hombres, da igual; y si la naturaleza, su medio y sus ríos se ven sometidos y expulsados de su territorio, a ellos les da lo mismo. Lo importante son los beneficios y el reconocimiento obtenido por sus grandes construcciones.

El feminismo ha puesto de manifiesto esta realidad (como también lo ha hecho en cada uno de los diferentes ámbitos de la sociedad), y plantea alternativas para mejorar las ciudades, su desarrollo y su relación con la naturaleza. A pesar de ello, desde el machismo lo ven como una “exageración” y como un planteamiento absurdo, pues desde la visión androcéntrica todo se soluciona con más “fuerza”. Y si se dice que los pilares de un puente no aguantarían una riada, su solución es construir otros más sólidos, no evitar el problema de la ocupación del curso fluvial;  y si se plantea que un muro puede ceder ante una tormenta intensa, en lugar de buscar una alternativa responde que se levanta uno más ancho y más alto. La clave está en imponer su visión y demostrar su poder.

Los estudios urbanísticos con perspectiva de género llevan muchos años trabajando todas estas cuestiones e identificando los factores de riesgo para la convivencia en el día a día y en situaciones excepcionales, pero el machismo, esa “normalidad con perspectiva masculina”, los ignora y los presenta como “sinrazones” dirigidas a cuestionar a los hombres y a plantear temas menores, puesto que las mujeres, dicen, son incapaces de competir con los hombres en los “grandes temas”.

Lo ocurrido en las últimas riadas que hemos sufrido tiene parte de responsabilidad en el modelo machista de urbanismo, y en la prepotencia que muestran ante el riesgo, pues para el machismo el riesgo sólo es una oportunidad para demostrar su valor, aunque sea con el sufrimiento ajeno. Y la responsabilidad se inicia en las construcciones que se hicieron, pero antes lo estuvo en el diseño del plan de ordenación urbana del lugar, y todavía antes en las agresiones que se ejercen sobre la naturaleza a través de su ocupación y de toda la contaminación que se vierte sobre ella.

No es un problema nuevo ni propio de determinados lugares debido a sus especiales circunstancias, es un problema de siempre que cada vez se repite y se agrava más por esa forma de entender el urbanismo y las relaciones con la naturaleza. No se puede jugar a la ruleta rusa con el clima ni con nada, y el machismo lo hace esperando que no le toque a alguien, pero a sabiendas que siempre habrá quien se vea afectado por su juego y su riesgo.

El machismo ha creído que después de diez mil años su poder era ilimitado, pero se equivocó al principio cuando creó una cultura desigual e injusta, y se equivoca ahora cuando cree que su razón pasada es motivo suficiente para perdurar. No se da cuenta de que todo está en su contra, y que la naturaleza se revela contra su dominio al igual que lo hace la sociedad. Y mientras que la primera llena las calles de su injusticia de agua, la segunda lo hace con mujeres (y cada vez más hombres), ambas exigiendo respeto, convivencia e Igualdad.

 

“Trumpetas” y apocalipsis

Donald Trump ha puesto de manifiesto la verdadera amenaza que se cierne sobre el planeta, una amenaza que no tiene nada que ver con un posible “ataque repentino de la URSS”, tampoco con atentados  terroristas por todo lo ancho y largo del globo, ni con el arsenal nuclear oculto de Irán o Corea del Norte, y menos aún con una invasión alienígena que arrasara nuestro planeta azul…

La verdadera amenaza para Donald Trump son las mujeres, y quienes están en peligro de extinción son los hombres… Eso es lo que se deduce de sus palabras cuando afirma que ser “hombre joven” es de lo más peligroso, hasta el punto de decir que los hombres viven un momento “difícil” y “aterrador”. Y todo porque las mujeres los pueden “denunciar falsamente”, y porque esa denuncia conllevaría de forma directa ser considerados culpables debido a la “pérdida de la presunción de inocencia”que viven los hombres.

Las mujeres para Trump no están en peligro. Que sean asesinadas por hombres dentro de las relaciones de pareja no conlleva riesgo, que lo sean fuera del hogar a la hora de relacionarse en sociedad tampoco supone amenaza alguna. Que sean violadas, mutiladas, forzadas a casarse siendo niñas tampoco es un problema para la convivencia. Que su voz no sea oída y que sus palabras no sean creídas, que se piense de ellas que son malas y que se diga que son perversas,  no es parte de ninguna presunción para Trump, sólo realidad. Por eso bajo esta forma de considerar a las mujeres ni siquiera pueden denunciar, hacerlo ya es un ataque hacia los hombres, como se deduce de sus declaraciones.

Así se ha manifestado el Presidente de los EE.UU. tras las acusaciones de “conducta sexual inapropiada” realizadas por varias mujeres sobre el candidato a la Corte Suprema Brett Kavanaugh .

Como se puede ver, el machismo no tiene mucha imaginación ni variedad en sus argumentos, pero no se puede negar que es repetitivo e insistente hasta la saciedad, y que sus planteamientos son globales. Da igual que se esté en EE.UU. o en Brasil, en México o en España, el mensaje que lanzan frente a la Igualdad y al posicionamiento crítico de las mujeres contra su normalidad machista siempre es el mismo:denuncias falsas”, “mujeres malas y perversas”, “pérdida de la presunción de inocencia de los hombres”, “suicidio de los hombres”, “mujeres violentas”…

Y también da igual que sus argumentos no se sostengan, no sólo por la negación que hacen de la violencia de género a pesar de su presencia objetiva, sino porque lo que afirman no se corresponde con la realidad. Por eso cuando hablan de que los hombres “no tienen presunción de inocencia”, y lo utilizan al hablar del candidato propuesto a la Corte Suprema de EE.UU. y de la violencia de género, luego quedan en evidencia y al descubierto.  La realidad es clara: el nombramiento del juez Kavanaugh no se ha visto afectado por las denuncias realizadas y ha sido nombrado sin problemas, y lo mismo ocurre con la mayoría de los hombres denunciados por violencia de género, que tampoco son condenados; concretamente en el 75-80% de los casos prevalece la “presunción de inocencia” que según el machismo no existe.

La reacción del machismo demuestra que sus partidarios no soportan que la sociedad esté cambiando gracias a las acciones de las mujeres y, mucho menos, que las mujeres les estén plantando cara a través de la superación de todos los límites artificiales que de manera interesada habían situado en diferentes espacios de la sociedad, para poder construir su idea de la “incapacidad de las mujeres”.

Su problema es que nadie cree ni acepta esos planteamientos, salvo ellos. Y el problema de la sociedad es que esa cohesión interna y la escenificación que hacen de lo que presentan como un ataque de las mujeres y las políticas de Igualdad contra los hombres, genera más odio y violencia contra ellas, algo que no podemos permitir.

Las palabras de Donald Trump, como la de todos los machistas, llegan con el sonido del Apocalipsis, circunstancia que refleja muy bien esa identificación que hacen del mundo con su mundo y del machismo con la vida. Para ellos no hay vida más allá del machismo ni lugar para hacerlo fuera de su modelo de sociedad, por eso para los machistas la Igualdad es la “trompeta del Apocalipsis”.

 

Machismo aleatorio

Celia Barquín Arozamena, la joven golfista española asesinada cuando entrenaba en el campo de golf de la Universidad de Iowa, lo fue por “mala suerte”. Es lo que ha declarado el sheriff del condado al calificar el homicidio como un “crimen aleatorio”.

Las palabras del sheriff Geoff Huff reflejan muy bien cómo el machismo ha logrado levantar un marco de significado alrededor de la violencia de género, desde la amenaza al homicidio, que resta transcendencia a cada uno de los casos y gravedad al conjunto de toda la violencia dirigida contra las mujeres. De ese modo, esta violencia queda situada en una serie de circunstancias particulares y de factores individuales, que permiten integrar su dramática realidad sobre esos “hechos aislados” sin cuestionar el machismo común a cada uno de ellos.

Esa es la trampa del machismo que le permite salir indemne de cada uno de esos crímenes y de toda su injusticia, ocultar los factores estructurales que llevan a los hombres a utilizar la violencia contra las mujeres, y a presentar los elementos particulares como determinantes de la conducta criminal, como si el machismo fuera incompatible con ellos y sólo pudiera actuar como causa única, y como si todo fuera circunstancial en esa última fase de agresión, sin considerar lo que ha llevado hasta ella.

Las explicaciones dadas por el sheriff sobre el asesinato de Celia Barquín son muy gráficas en ese sentido. La policía de Iowa presenta el homicidio como un “crimen aleatorio” y la muerte de Celia como “mala suerte”, levantando una falacia  frente al significado de esa conducta criminal, que no está en el resultado, sino en la motivación y objetivos pretendidos por el asesino, Collin Daniel Richards, Y él lo que quería era “violar y asesinar a una mujer”,demostrando la elaboración machista en la violencia y en el objetivo sexual que lo llevó a actuar.

Las circunstancias que hicieron que Celia Barquín fuera asesinada formaban parte de su construcción machista, aunque podía haber sido otra mujer la asesinada, pero esa aleatoriedad en la selección de la víctima no debe definir el homicidio machista como un “crimen aleatorio”, puesto que el objetivo está claro y bien definido: “violar y matar a una mujer”, y así lo hizo.

La estrategia es similar a lo que se intenta hacer con la violencia de género en España, dentro y fuera de la relación de pareja. Destacar lo individual y hablar de la multicausalidad de la violencia para esconder el machismo, como si el hecho de que existan diferentes causas para la violencia significara que todas ellas tuvieran que estar presentes en cada caso, y como si la presencia de alguna de ellas descartara el machismo estructural. Este planteamiento no se hace con otras violencias, por ejemplo con el terrorismo; nadie dice de un atentado yihadista sea un crimen aleatorio, ni que las víctimas del mismo murieron por “mala suerte” porque podrían haber sido otras distintas, o que se trató de un terrorista muy impulsivo que actuó porque “perdió el control”.

El planteamiento es sencillo: cuando el homicidio se produce en la relación de pareja, donde la mujer asesinada no puede ser “aleatoria”, se destaca la situación del agresor hablando del alcohol, las drogas, los trastornos mentales, su origen extranjero… Y cuando el homicidio se lleva a cabo fuera de la relación de pareja, se recurre a la situación de la víctima o a las circunstancias alrededor de los hechos, todo para esconder la construcción machista de la violencia que ejerce cada uno de esos hombres, y dar a entender que ha sido un problema contextual, aleatorio o de mala suerte.

El razonamiento que se ha hecho con el asesinato de Celia Barquín en EE.UU. es el mismo que se hizo con Diana Quer, Rocío Wanninkhof, Sonia Carabantes… al indicar que cada una de ellas tuvo “mala suerte”, y preguntarse “qué hacían ellas a esas horas en esos lugares”, planteamientos no muy distintos a los que se han hecho sobre la víctima de “la manada”.

Nada de eso se hace con otras violencias, ni nadie habla de sus víctimas diciendo que tuvieron “mala suerte” o que fueron “crímenes aleatorios”.

Y toda esa forma de presentar la violencia de género influye en la percepción que se tiene de ella. No por casualidad, a pesar de su gravedad y de las 60 mujeres asesinadas de media cada año, considerando sólo los homicidios dentro de las relaciones de pareja, el porcentaje de población que considera que se trata de un problema grave es el 1’9% (CIS, septiembre 2018).

Alguien vive en un error y el machismo no es. Los machistas lo tienen muy claro y actúan en consecuencia.

No podemos caer en sus trampas, con el machismo la suerte está echada, lo que hay que hacer es cambiar de escenario y dejar fuera de él a los machistas y su violencia.