Hombres “protagoristas”

El machismo lo tiene claro: el hombre es la referencia y lo masculino la razón. En eso son “protagorístas”, no sólo protagonistas de la vida en sociedad con su poder y sus privilegios, sino que se sitúan a sí mismos en el centro de la realidad, de ahí que cuando se ha cuestionado esa construcción han sacado su vis “protagorísta” para volver a reivindicarse.

Protágoras de Abdera fue un filósofo sofista que vivió en el siglo V antes de nuestra era, y conocido, entre otros pensamientos, por su “homo mensura”, la idea que resumía su filosofía de que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuento que no son”, y claro, con una propuesta tan explícita el machismo no ha dudado en hacerla suya de forma literal. Es lo más parecido a un dios terrenal con su omnipresencia más allá de lo que es, su omnisciencia capaz de conocer lo más íntimo y lo más trascendental, y su capacidad todopoderosa para hacer y deshacer según le convenga en todo momento y lugar.

Desde esa posición ha utilizado su poder para condicionar la realidad de manera que cambiaran las circunstancias y protagonistas, pero no el poder de los hombres ni la referencia de los hombres en el poder. Cuando había un tirano no importaba que llegaran otros hombres y lo derrocaran; cuando era un rey, los hombres que llegaban lo quitaban e incluso podían cambiar el modelo de Estado para instaurar una república donde otros hombres mandaban. Cuando la esclavitud impuesta por hombres protagonizó la historia, llegaron hombres y mujeres para abolirla, pero luego sólo fueron hombres los que dominaron en la nueva sociedad; y cuando tiempo después se instauró el apartheid y el racismo en algunos países, también fueron hombres y mujeres de todos los colores quienes consiguieron abolirlos para que fueran hombres de todos los colores quienes lideraran la nueva época. La estrategia era simple: enfrentar a hombres contra hombres siempre daba vencedor a hombres, la derrota forma parte de su modelo de poder y es un estímulo para que los hombres lo asuman con la violencia que conlleva  como parte esencial del mismo.

Con la Igualdad cambia la situación  y el escenario. Ahora se trata de acabar con esa cultura creada sobre la referencia de los hombres, no se trata de cambiar circunstancias y protagonistas dentro del marco cultural, sino de cambiar la cultura rompiendo con su machismo funcional.

Ante esta nueva realidad, la percepción que tienen los hombres “protagorístas” es de pérdida y ataque, porque ya no serían la medida de todas las cosas.  De manera que han reaccionado con todos sus instrumentos a través de tres vías: premiar a los suyos, castigar a los contrarios e influir en el resto para que sean afines y dóciles a sus propuestas. Por eso su crítica a la Igualdad, su ataque a todas las políticas de género, su miedo al diálogo, y la necesidad de manipular y atacar a quien cuestiona la falacia de una construcción que parte de la idea de superioridad masculina, tan gráficamente expresada recientemente por el eurodiputado Yanusz Korwin-Mikke cuando dijo que las mujeres deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”.

Esta situación es la que ha llevado, como apuntaba, a que nunca haya habido reparo en adoptar medidas y leyes contra el racismo, la xenofobia, el terrorismo… es cierto que algunas les ha costado mucho, sobre todo las que protegen los derechos de quienes desde el machismo consideran “diferentes e inferiores”, pero las han respetado en su formalidad porque las personas que pueden ser condenadas en caso de delinquir incluyen tanto a hombres como a mujeres.

Lo que no soportan ni aceptan son las medidas para avanzar en Igualdad y para erradicar la violencia de género porque hacen una distinción sobre los hombres debido a que son ellos quienes marcan la diferencia. La violencia de género es una violencia desarrollada por los hombres sobre las mujeres y las niñas al amparo de una cultura machista que la normaliza, la minimiza y la justifica, al tiempo que responsabiliza a las propias mujeres que la sufren. Por eso no es casualidad que a pesar de su presencia histórica y del impacto tan grave que ha tenido en número de mujeres maltratadas, violadas y asesinadas, no haya sido regulada atendiendo a sus características específicas y a sus circunstancias particulares hasta hace unos años.

Y no lo soportan porque la conocida como Ley Integral contra la Violencia de Género  tiene un doble impacto: incide sobre cada uno de los maltratadores, pero también sobre todas las circunstancias que permiten actuar a los hombres que lo decidan desde esa impunidad que da el abrigo de la normalidad, lo cual hace que sólo se denuncie un 25% de toda la violencia de género que existe, y que sólo el 5% de todos los maltratadores sea condenado.

De repente, el hombre que era medida de todas las cosas para repartir culpas entre hombres y mujeres, lo cual le ha permitido caminar por la historia ejerciendo la violencia contra ellas sin apenas consecuencias, ha pasado a ser la referencia exclusiva de la violencia de género, tanto por ejercerla como por crear una cultura que entiende que es “normal”, tal y como reveló el Eurobarómetro de 2010 al mostrar que un 3% de la población de la UE piensa que hay motivos para que los hombres ejerzan la violencia contra las mujeres.

Por eso sus argumentos son tan gráficos y reveladores cuando dicen que la Ley Integral contra la Violencia de Género, al centrarse en los hombres como agresores, es como si se tomara a los musulmanes como terroristas yihadistas o los vascos como terroristas de ETA. Pero se equivocan y desenmascaran porque las leyes contra el terrorismo se centran en quien está alrededor de las posiciones y estrategias terroristas y, por tanto, van contra las personas que forman parte de esos grupos y actúan en su nombre. Cuando esas personas son condenadas lo son por ser terroristas, no por ser musulmanes o vascos. Y la ley contra la violencia de género actúa contra las personas que la ejercen, que son aquellos hombres que de manera voluntaria deciden acudir a ella desde su masculinidad y bajo las referencias de una cultura que la ha normalizado, tanto que según la Macroencuesta de 2015 el 44% de las mujeres que la sufren no la denuncian porque a violencia vivida “no es lo suficientemente grave”,o sea, porque la consideran “normal”, lo cual no es una decisión individual, sino una idea impuesta por la cultura machista. Por o tanto la Ley Integral contra la Violencia de Género  no condena a hombres por ser hombres, sino por ser maltratadores o asesinos.

Si una mujer u otro hombre ejerce una violencia en contextos similares, pero sin el amparo de una cultura que la normaliza, la respuesta de la ley es la misma, pero no por ello forma parte del mismo tipo de violencia y de sus circunstancias, como si un budista o un musulmán al margen de un grupo terrorista ponen una bomba en un lugar público, serían unos asesinos, pero no unos terroristas, porque el terrorismo no está definido por la condición de quien lo lleva a cabo, sino por la ideología criminal que lo sustenta. En cambio, la violencia de género sí se define sobre su autor: aquel hombre que a partir de la cultura machista decide desarrollar una conducta violenta sobre las mujeres, porque es esa condición la referencia que históricamente ha creado la cultura para ejercerla desde la normalidad. Pero la condena es por ser violento, no por ser hombre.

A muchos hombres les cuesta aceptarlo, aunque lo entienden tan bien que no quieren perder el privilegio de acudir a esta violencia para imponer sus criterios dentro de la relación de pareja. Por eso “su lucha” es para derogar la Ley Integral, no para pedir más medios y recursos con las “otras violencias”.

El machismo está nervioso porque su androcentrismo “protagorista” se viene abajo con la Igualdad. Los hombres ya no son la medida de todas las cosas, ni de las que son en cuanto que son, ni de las que no son en cuanto que no son. Los hombres ya no son la única referencia ni medida, son lo que deberían haber sido, una persona más.

 

 

 

 

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Las mentiras necesarias del machismo

El machismo es una falacia en sí mismo, partir de la idea de que los hombres y lo de los hombres tiene un valor superior a las mujeres y a lo de las mujeres para organizar las relaciones sociales, establecer la estructura de la convivencia a través de la cultura, y definir las identidades de unos y otras con el objeto de distribuir los roles, tiempos, espacios y funciones de manera diferente entre mujeres y hombres, es una mentira necesaria para hacer de ella la normalidad cómplice con su injusticia.

Gracias a esa construcción se ha dado un significado interesado a la realidad, de manera que la discriminación histórica de las mujeres para desempeñar determinadas funciones e impedir la realización de los trabajos remunerados que daban reconocimiento y poder, no haya visto como una desigualdad, sino como una consecuencia de las diferencias “insalvables” entre hombres y mujeres.  Una situación similar a lo que hoy sucede con la brecha salarial, la violencia de género o la dedicación a las tareas de cuidado, que se perciben como producto de las circunstancias particulares, no como consecuencia de los factores estructurales de una cultura hecha a imagen y semejanza de los hombres.

Conforme el feminismo ha ido desmontando esa falacia, ha quedado al descubierto tanto su mentira como la falsedad de las razones que han permitido construirla, por eso desde el machismo son tan críticos con las políticas de Igualdad y con los instrumentos que corrigen la desigualdad incidiendo en los elementos de la estructura que dan lugar a ella. Es lo que sucede con la Ley Integral contra la Violencia de Género, que no sólo aborda los casos que se conocen, sino que además actúa contra las circunstancias que la originan.

Pero como su razón es el poder y su instrumento la mentira, necesitan mantenerla a toda costa para que no se venga abajo su burbuja cultural y pierdan los privilegios que viven bajo ella. Por esa razón manipulan la realidad sobre una doble referencia: Por un lado con lo que ellos dicen e instrumentalizan para reforzar su normalidad cómplice, y por otro, con lo que ellos refieren que dicen las personas que trabajan por la Igualdad, a quienes atribuyen ideas y planteamientos que no son ciertos.

Ejemplos de esta doble manipulación los tenemos en las siguientes y habituales referencias argumentales:

  • Desde el machismo comentan que las denuncias falsas por violencia de género suponen un 80%, y que desde las posiciones de Igualdad se niega su realidad, cuando se trata de una doble mentira, porque según la FGE suponen menos de 0’1%, y lo que se dice dese las posiciones de Igualdad es que existen, pero en esa baja proporción.
  • También comentan que se niega la existencia de otras violencias diferentes a la violencia de género, afirmación falsa, porque no sólo no se niega, sino que precisamente por ser conscientes de que hay otras violencias, incluida la violencia que sufren los hombres, se desarrolla una ley específica para la violencia de género por sus características y circunstancias distintas a las otras violencias, no por sólo por sus resultados.
  • A partir de esa idea juegan con la referencia de que desde la Igualdad se habla de “mujeres buenas” y de “hombres malos”, planteamiento falso puesto que la Igualdad implica la incorporación de los hombres a sus referencias.
  • Desde ese planteamiento intentan hacer ver que las políticas de Igualdad presentan a todos los hombres como maltratadores, lo cual no sólo es incierto, sino que significaría que el problema estaría en su condición masculina, no en su decisión libre y voluntaria desde ella, que es lo que en verdad se dice desde la Igualdad.
  • También afirman que no se reconoce la violencia que ejercen las mujeres, cuando en lo que se insiste es en la base cultural y la normalización que existe alrededor de la violencia de género, no en que las mujeres no la ejerzan ni que toda violencia que apliquen los hombres sea de género.
  • Esas mismas referencias las trasladan a la maternidad y paternidad para decir que el planteamiento desde la Igualdad afirma que las mujeres son buenas madres y los hombres malos padres, falacia que trata de desviar la atención sobre la realidad que muestra cómo son las madres las que asumen la mayoría de las tareas de cuidado y afecto, tal y como reflejan los estudios sociológicos, incluidos los del CIS.
  • A partir de esa realidad, como el argumento es falaz y no funciona, enfatizan toda la violencia que ejercen las mujeres (mujeres que matan a sus parejas, a sus hijos o hijas, a familiares…) para buscar contrarrestar la violencia de género, intentando de nuevo reducir el problema a una cuestión cuantitativa, cuando la clave está en el significado y en las diferentes circunstancias de las distintas violencias, todas ellas reales con sus diferentes elementos y circunstancias.
  • Sin salir de los temas familiares, dan por hecho que la Igualdad está en contra de la custodia compartida, otra falsedad que intenta ocultar que las críticas van hacia la custodia compartida impuesta, sobre todo cuando las Macroencuestas indican que más del 70% de las mujeres que sufren violencia salen de ella a través de la separación.
  • Otra de sus grandes falacias de ayer y de hoy, es plantear que las políticas de Igualdad y la medidas contra la violencia de género van contra las hombres, cuando la Igualdad busca que se incorporen a ella, y las normas contra la violencia de género actúan contra los maltratadores, no contra los hombres. Como se puede ver es el machismo quien presenta a todos los hombres como maltratadores.
  • De ahí que otra de sus mentiras, como es decir que los hombres “han perdido la presunción de inocencia”, se desmonte de forma tan sencilla al comprobar que las condenas representan el 20% de las denuncias. Si no tuvieran presunción de denuncia el porcentaje de condenas sería mucho más elevado.
  • Como se dan cuenta de que con ese argumento no van muy lejos, unen que con la denuncia basta la palabra de la mujer para que detengan a un hombre y lo metan en el calabozo, y además lo adornan afirmando que las mujeres denuncian los viernes para que pase el fin de semana encerrado. Quien decide si tras una denuncia el denunciado es detenido o no, es la policía o Guardia Civil (por cierto, la mayoría hombres), no las mujeres, por lo que deberían recriminarle a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad su actuación. Pero no lo hacen porque si lo hicieran su falacia quedaría al descubierto.

Podríamos poner muchos más ejemplos de la doble manipulación falaz que hacen desde el machismo, tanto en lo que mienten directamente como en la mentira que supone decir lo que los demás afirman o piensan sin ajustarse a la realidad.

El machismo es mentira en su construcción androcéntrica y falaz en la defensa de sus mentiras.

Todavía no he visto a nadie en las redes ni en ningún lugar que a raíz de los argumentos machistas o de los datos que manejan, haya manifestado que estaba confundido y que gracias a esa “información” ha tomado conciencia de la realidad. Sólo los creen y aceptan quienes ya forman parte de su grupo. En cambio, cada vez hay más gente a favor de la Igualdad y consciente de la falacia que supone una cultura construida sobre la referencia de los hombres y la desigualdad.

 

“Un hombre blanco hetero”

Brenton Tarrant, el asesino que ha acabado con la vida de 50 personas y ha herido a 36  en el atentado que ha llevado a cabo contra dos mezquitas en Nueva Zelanda, es un “hombre blanco y hetero”. Puede parecer algo anecdótico o secundario, pero no lo es, hasta el punto de que él mismo se ha encargado de recogerlo en su manifiesto al definirse como “un hombre blanco normal”.

“La realidad no un accidente, es un resultado”, con frecuencia insisto en esta idea para hacer ver que muchas de las agresiones y homicidios que se producen son consecuencia de elementos estructurales y de un contexto violento que se mantiene en el tiempo alimentado a diario por el odio. No son “hechos aislados” o consecuencia de circunstancias y factores individuales que actúan de manera puntual en un momento dado, indudablemente, al final en cada uno de los casos hay elementos individuales y elementos del contexto que influyen en la forma de llevarlos a cabo, pero no son la causa de esos homicidios.

Los asesinatos de Brenton Tarrant son un crimen islamófobo y racista, pero no podemos olvidar que han sido planificados desde una posición de ultraderecha basada en ideas supremacistas que parten de la base de que hay determinadas personas que por su condición son superiores a otras, y que, en consecuencia,  sus ideas, creencias y valores están por encima de las del resto. Esa es la razón que lleva a que cuando deciden que ellos, por su condición, son los que tienen la capacidad para desarrollar determinados roles y funciones nadie diferente pueda ocuparlos, pues si lo hacen lo interpretan como una usurpación y un ataque que debe ser contrarrestado.

Este planteamiento es la esencia del machismo al situar, hace 10.000 años, allá por el Neolítico, la condición de los hombres como superior a la de las mujeres, pilar básico sobre el que luego se han introducido otros elementos de discriminación conforme se iban incorporando personas de diferentes características a los núcleos de población cada vez mayores y más complejos. La forma de pensar no ha cambiado en esencia, tal y como se ve en el propio Europarlamento cuando un eurodiputado como Janusz Korwin-Mikke pide desde la tribuna que las mujeres cobren menos porque “son más débiles y menos inteligentes”,u otro eurodiputado, también polaco y de ultraderecha, en este caso Stanislaw Zóltel, ha insistido recientemente (7-3-19) en el mensaje de que “hay tareas para hombres y tareas para mujeres”.

Esa idea basada en la condición como referencia para organizarlo todo es la razón de que cada vez haya más perfiles en las redes sociales que construyen sus argumentos desde la referencia de ser “un hombre blanco y hetero”para así demostrar y reivindicar su condición y presentarla como plataforma superior para lanzar sus argumentos en cada uno de los elementos que la componen:

  1. Hombre como referencia superior a las mujeres
  2. Blanco como referencia superior a otros grupos y extranjeros
  3. Hetero como referencia superior a otras orientaciones sexuales e identidades de género, pues no basta ser “hombre y blanco”, sino que además hay que ser heterosexual, tal y como la cultura patriarcal dice que han de ser los hombres.

Puro machismo. Un machismo que está en la esencia de toda esta construcción, puesto que el machismo es cultura, no conducta. La cultura que define esas identidades y al mismo tiempo establece las pautas, formas, espacios… de relación y convivencia en sociedad a través de lo que consideran que es el “orden social” y las ideas, valores, creencias, costumbres, tradiciones… que lo definen. Por eso, cuando interpretan que ese orden es alterado se ven en la necesidad de corregirlo, y de hacerlo con ese doble componente que imprimen a su conducta: el de castigo y el de lección.

Castigo sobre las personas concretas que entienden que lo han cuestionado (mujeres, extranjeros, practicantes de otras religiones, homosexuales, trans…), y lección para el resto en un doble sentido, por un lado, para los grupos diana que pueden sufrir esas agresiones con el objeto de que no se salgan de los roles, espacios, tiempos… asignados; y por otro, para toda la sociedad, con la idea de que sea consciente de los auténticos valores que le dan sentido, y de que hay gente que está dispuesta a defenderlos en cualquier momento.

El machismo está cada vez más organizado y articulado sobre esos elementos nucleares que vinculan la capacidad y el disfrute de los derechos a la condición de las personas, por eso en una época en la que la Igualdad avanza de forma imparable, y las mujeres ocupan el protagonismo y el liderazgo de la transformación social y cultural que se está produciendo, tanto a nivel local  como global, debemos estar pendientes de todo lo que sucede cada día para erradicar la violencia que ejercen y prevenir los golpes que dan desde sus posiciones y condición. Algunas de las informaciones que han aparecido estos días sobre el atentado de Brenton Tarrant lo han recogido de forma clara, el principal problema que lleva a este tipo de ataques es la “cultura online que existe, las redes sociales y las webs sobre asesinos de masas”, justo lo mismo que ocurre con la violencia machista y el odio que se inyecta a diario contra las mujeres con total impunidad.

“El machismo es la ideología de las ideologías”ya lo escribí en “La trampa del odio fragmentado” (19-6-16) tras el atentado de Orlando contra gais y lesbianas, por eso conforme pasa el tiempo y la Igualdad se asienta más, aumenta también la reivindicación de sus posiciones de poder a través de la exhibición de su condición de “hombre blanco y hetero”… Lo dicho, puro machismo.

 

“Not all women”

Si no fuera por que cuentan con el peso de la palabra y la tarjeta de visita de la credibilidad, los argumentos del machismo para cuestionar la desigualdad existente y la necesaria Igualdad serían considerados como absurdos y pueriles.

Muchos machistas, acostumbrados a llenarse la boca con referencias a los españoles, a los inmigrantes, a las feministas, a los empresarios, a los patriotas… sin hacer distinción alguna, bien sea para incluirlos entre sus elogios o sus ataques, cuando se habla de los hombres para reflejar conductas violentas llevadas a cabo por ellos como consecuencia de las referencias dadas por la cultura patriarcal impuesta a toda la sociedad, entonces sí hay que hacer distinciones y dicen eso de, ¡cuidado, que no son todos los hombres!

El machismo es cultura, no conducta, y por ello impregna a toda la sociedad. Por eso cuando el machismo habla lo hace con el convencimiento que da el poder, y, por ejemplo, cuando el eurodiputado ultraderechista Janusz Korwin-Mikke afirma que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son “mas débiles y menos inteligentes”,no dice que “not all men”son más inteligentes y más fuertes que “all women”.

Imagino que el siguiente paso del razonamiento machista será el “not all women”para justificar de manera similar que la violencia de género, la discriminación, los abusos, el acoso, las violaciones… no las sufren “todas las mujeres”, sino sólo “unas pocas”, casualmente las discriminadas, maltratadas, asesinadas, acosadas, violadas… por “not all men”.

Cuando desde organismos internacionales, universidades, instituciones, organizaciones… se habla de violencia de género, lo que se pone de manifiesto es la construcción cultural que crea una identidad para hombres y mujeres que lleva una especie de pack con los roles, funciones, espacios, tiempos… que deben desempeñar de manera diferente unos y otras; y que, además, establece las normas de relación a partir de lo que los hombres han considerado conveniente para “all society”y“all people”.Y entre los elementos de esa cultura han incluido la violencia contra las mujeres para corregirlas o castigarlas cuando hacen aquello que no deben, bien sea dentro o fuera de las relaciones de pareja.  Esa  normalidad de la violencia de género es la que lleva a que el 80% no sea denunciada, a que exista una actitud pasiva en la mayor parte de la sociedad ante un problema que supone que cada año asesinen a 60 mujeres de media y 600.000 sean maltratadas, y a que cuando se denuncia, en lugar de cuestionar a los hombres que maltratan se ponga en duda la palabra de la víctima, o directamente se la culpe por provocar o haber hecho algo mal.

Ese mismo escenario es el que da lugar a que cuando se plantean medidas específicas para solucionar este grave problema, en lugar de encontrar un apoyo generalizado surja una parte de la sociedad que cuestione estas iniciativas, y pida medidas para “otras violencias” que se llevan a cabo bajo diferentes motivaciones, en circunstancias distintas y buscan objetivos que nada tienen que ver con los de la violencia de género.

Y no deja de resultar curioso que ante tanta generalización sean incapaces de ver los elementos comunes, y por tanto generales, a cada uno de los casos de violencia y al resto de las consecuencias derivadas de la desigualdad. La clave para entender esta situación no se reduce a las decisiones individuales de los hombres que maltratan, agreden y matan, sino que se encuentra en la cultura machista que da razones para que cada uno de ellos inicie la violencia como algo propio de las relaciones de pareja, y permite que a pesar del daño que produce se mantenga invisible y callada dentro de la normalidad en el 80% de los casos. Es la propia normalidad social la que actúa como argumento y como cómplice para ocultar y justificar la violencia de género, por eso quien actúa desde ella, es decir, los hombres que lo deciden, cuentan con la ventaja de sentirse “justificados” por una sociedad que aporta argumentos para recurrir a la violencia contra las mujeres. Y esa misma situación es la que hace que las mujeres que la sufren se sientan cuestionadas y culpables de lo que les pasa, y crean que su responsabilidad está en continuar en la relación para intentar “hacer cambiar” al hombre que las agrede, sin ser conscientes de que en realidad quedan atrapadas dentro de la propia violencia.

Ejercer la violencia desde esas circunstancias da una serie de ventajas, entre ellas el hecho de que lo más probable es que el agresor no sea denunciado (se denuncia un 20%), si lo denuncian lo más probable es que no sea condenado (se condena un 23%), y de ese modo la relación continúa bajo los dictados impuestos por él a través de la violencia con la ayuda de la amenaza de que vuelva a ocurrir, y junto a una sociedad que cuestiona a la mujer en lugar de hacerlo al hombre agresor. Esa es la superioridad del hombre que utiliza la violencia de género, cuyo sentido es dado por la cultura que la “normaliza”, no por las circunstancias individuales del caso. Y eso es lo que reconoce el Tribunal Supremo en su jurisprudencia, como hemos visto recientemente.

La estrategia del machismo es clara, “negar para confundir y confundir para negar”. Esa es la razón por la que antes negaban la violencia de género, puesto que no había estadísticas ni una definición específica de ella en la ley, y ahora que sí la hay y conocemos su dimensión y significado, intentan negar el machismo de la violencia, es decir, la construcción de género que hay tras ella para ocultarla entre otras violencias.

En algo tienen razón, hoy “not all women”están dispuestas a aceptar las imposiciones del machismo, y “not all men”son ya machistas, por eso el machismo cada vez tiene menos espacio y menos poder, de ahí su reacción y los bulos que levantan, porque el machismo sin el andamio de la mentira solo es escombros.

 

Artículo 3. Definiciones (Convenio de Estambul)

Antes de querer inventarse una realidad, el machismo, la derecha y la ultraderecha deberían darse un paseo por la que ya existe, y así evitar tropezar con los hechos.

El Convenio de Estambul (“Convenio del Consejo de Europa sobre la prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica”) fue aprobado en 2011 y ratificado por España en 2014, ratificación que lo integra como normativa española. Su artículo 3 es muy claro, literalmente dice:

Artículo 3. Definiciones

A los efectos del presente Convenio:

  1. por “violencia contra las mujeres” se deberá entender una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres, y designará todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada;
  2. por “violencia doméstica” se entenderán todos los actos de violencia física, sexual, psicológica o económica que se producen en la familia o en el hogar o entre cónyuges o parejas de hecho antiguos o actuales, independientemente de que el autor del delito comparta o haya compartido el mismo domicilio que la víctima;
  3. por “género” se entenderán los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres;
  4. por “violencia contra las mujeres por razones de género” se entenderá toda violencia contra una mujer porque es una mujer o que afecte a las mujeres de manera desproporcionada;
  5. por “víctima” se entenderá toda persona física que esté sometida a los comportamientos especificados en los apartados a y b;
  6. el término “mujer” incluye a las niñas menores de 18 años.

Los  47 países que forman el Consejo de Europa reconocen, y así lo han legislado, que existe una violencia especifica contra las mujeres que nace de la construcción que la cultura machista hace sobre el género, es decir, sobre lo que esa cultura entiende que debe ser el papel y la posición de hombres y mujeres en la sociedad. Una violencia, la que sufren las mujeres bajo esas circunstancias, que se produce para mantener el orden dado bajo la idea de corregir y castigar a las mujeres que con sus conductas y comportamientos lo alteren, y que encuentra en la normalidad el mayor cómplice para poder invisibilizarla y silenciarla, tanto que el 75-80% de las mujeres que la sufren no la denuncian.

Pero, además, cuando superan todos los obstáculos, dificultades, miedos y dudas, y las mujeres denuncian la violencia vivida, entonces las críticas  se dirigen contra ellas, no hacia sus agresores, y se produce un cuestionamiento para poner en duda si es verdad o no lo que la mujer relata en la denuncia, o directamente la responsabilizan a ella por haber hecho algo para “provocar” a su agresor, todo ello como parte de los mitos que las asocian con la maldad y la perversidad que la misma cultura ha situado sobre las mujeres. La situación es tan grave que el 1% de “denuncias falsas” que recoge la FGE se convierte “por obra y magia” del machismo en el 80%. Un machismo que tiene dudas para creer a las mujeres cuando denuncian, pero que no tiene ninguna duda para saber que la mayoría de las denuncias son falsas sin necesidad de investigar ni de probar nada.

Las agresiones que sufren las mujeres se producen al final de un proceso de aislamiento y crítica hacia sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia, las amistades y el trabajo, proceso que las atrapa en la propia relación violenta y facilita que asuma los dictados del agresor responsabilizándola de la propia violencia que sufre. Ese proceso interno de aislamiento llevado a cabo por el hombre que la agrede es integrado dentro de la normalidad de los “asuntos de pareja” por el machismo externo de la sociedad, hasta el punto de llevar a las propias víctimas a manifestar lo de “mi marido me pega lo normal” sin que nadie que lo escuche reaccione ante tal afirmación. Es lo que recoge la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no la denuncian, refieren no hacerlo porque la violencia “no es lo suficientemente grave”. 

Ese es uno de los logros del machismo, situar la crítica de la violencia en lo cuantitativo y luego hacer del umbral que define lo “inaceptable” algo relativo para que suba o baje según las circunstancias y la decisión del agresor.

La violencia de género, como vemos, vive entre la normalidad y es protegida por las circunstancias que llevan a que no se denuncie, y a la pasividad de los entornos y de muchos profesionales que atienden a las víctimas, y en lugar de profundizar en la situación que presentan miran para otro lado, por eso el porcentaje de denuncias a través del parte de lesiones, por ejemplo,  sólo fue del 9’7% en 2017.

Todas estas circunstancias para ejercer la violencia contra las mujeres, y luego para justificarla y mantenerla como parte de la relación, son propias de la violencia de género, no ocurren con otras violencias domésticas ni fuera de ese escenario familiar. No existe una construcción cultural que lleve a decir a los hombres “mi mujer me pega lo normal”, ni a que si hombre comente o denuncie que la mujer le ha pegado alguien le diga, “algo habrás hecho”,del mismo modo que no genera sospechas en el momento de acudir al Juzgado ni nadie dice que denuncia porque “quiere quedarse con la casa, los niños y la paga”.

La realidad de la violencia contra las mujeres es objetiva y los estudios la han puesto de manifiesto desde hace décadas. La resistencia del machismo y de los partidos de derechas no es casualidad, sino consecuencia de una defensa de su modelo de sociedad y relaciones basado en la desigualdad y en la referencia de los hombres, para hacer del resto de la realidad parte de sus competencias (mujeres, familia, educación, economía…)

Erradicar la violencia de género exige acabar con el machismo, no puede haber solución si permanecen las causas, del mismo modo que habrá consecuencias si continúan las razones que dan lugar a ellas. Por eso el propio Consejo de Europa en el Convenio de Estambul, en su artículo 9, reconoce y da un papel esencial a las ONGs y a la sociedad civil en todo el proceso, porque es consciente de que las actuaciones desde las instituciones y los propios entornos de las víctimas no es suficiente para abordar todos los elementos que genera el machismo desde la normalidad para atrapar a las mujeres en la violencia. Lo que el machismo y la derecha llama “chiringuitos” de manera despectiva son instrumentos esenciales para salir del foso que la cultura cava alrededor de cada relación violenta, lo cual demuestra el gran desconocimiento que tienen sobre la violencia de género y su desconsideración a las mujeres, niños y niñas que la sufren y viven bajo sus golpes y amenazas.

El artículo 3 del Convenio de Estambul establece de forma clara la diferencia entre violencia de género y violencia doméstica, confiemos en que los 3 partidos de Gobierno en Andalucía articulen sus políticas sobre el pivote de la Igualdad, de lo contrario no sólo estarán contra la realidad, estarán también contra la ley.

 

El fracaso del machismo

Los machistas han comenzado a salivar en cuanto han visto que los partidos de la derecha están cocinando una serie de medidas para limitar las políticas de Igualdad y contra la violencia de género, y así andan, salpicando con sus fluidos las redes y medios.

Nada nuevo respecto a los machistas, que desde el primer momento vieron que la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) era un instrumento eficaz para responder ante su violencia de género, tanto sobre los casos como sobre las causas, pero sí respecto a la política, donde un partido accidental es capaz de situarse por encima del Tribunal Constitucional para decir que la LIVG es inconstitucional, y se atreve desde su posición mínima, no sólo minoritaria, a enmendar lo que la soberanía popular a través de sus representantes ha aprobado y ratificado por unanimidad en diferentes ocasiones. Interesante ejercicio de democracia el del machismo.

Todo ello demuestra que andan un poco de los nervios y que el machismo ha fracasado en su intento de mantener la desigualdad como normalidad, y la violencia contra las mujeres como un tema privado e invisible para que los hombres puedan continuar con sus privilegios, entre ellos negar esa violencia de género y mezclarla con otras formas de violencia interpersonal para que pase desapercibida su responsabilidad social y criminal.

Hoy se denuncia más violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja y en la vida pública, circunstancia que demuestra el fracaso del machismo violento en sus formas y en su fondo.

Pero no sólo se denuncia más, también ha aumentando la violencia de género en la sociedad, como demuestran las Macroencuestas. El machismo es cultura, no sólo conducta, una cultura de poder levantada sobre las referencias de los hombres, y como tal tiene tres instrumentos para condicionar la realidad: la influencia, el premio y el castigo. El fracaso del machismo se ha traducido en una pérdida de su capacidad de influir y premiar, por lo que en un intento de mantener sus privilegios y de castigar a quienes los cuestionan ha recurrido al incremento de la violencia.

Sin embargo, como su capacidad de manipular en nombre del orden dado es tan alta, ahora intentan presentar ese incremento del número de casos como un fracaso de la ley, como si la ley fuera la que diera las pautas para maltratar, y como si el machismo estuviera feliz de ceder sus posiciones de poder sin resistirse, y como si la desigualdad construida sobre su idea de “inferioridad e incapacidad” de las mujeres hubiera sido para ellos un error.

El fracaso del machismo es tan manifiesto que en estos 15 años de Ley Integral contra la Violencia de Género sus argumentos no han variado, tan sólo han sido repetidos. Entre esas razones que han dado para cuestionarla, destacan las siguientes:

  1. El número de homicidios no ha disminuido a pesar de medidas establecidas. Un planteamiento trampa basado en dos errores:
    1. Por una parte, comparan los homicidios anteriores a 2003 con los de los años siguientes a la LIVG, cuando en cada uno de esos periodos se medía algo diferente. Antes de la LIVG el concepto jurídico existente era el de violencia doméstica o familiar, por lo que muchos de los homicidios de mujeres en parejas sin convivencia (novios o exparejas) no se contabilizaban. Curiosamente, es a esta referencia a la que nos quieren llevar ahora para volver a ocultar la violencia contra las mujeres.
    2. El segundo error es contabilizar los homicidios en términos absolutos, sin considerar el grupo de población en el que se producen (el número de mujeres maltratadas), y si este es mayor o menor. Al haber aumentado el número de mujeres que sufren violencia machista debido a la reacción del machismo, la tasa de homicidios ha disminuido un 42%, y lo ha hecho en gran medida debido a los cambios sociales en cuanto a concienciación, e institucionales en cuanto a respuesta y atención, gracias a la LIVG.
  2. El número de mujeres maltratadas ha aumentado. Ya hemos comentado que este incremento de la violencia machista es consecuencia del machismo, no de las iniciativas que buscan erradicarlo. El objetivo de la violencia de genero es el control y el sometimiento de las mujeres a los dictados del hombre, y del mismo modo que los machistas no aplican la violencia explícita y directa sobre las mujeres que “hacen lo que ellos dicen”, el cambio social y la conciencia crítica de las mujeres que cuestionan esa imposición  ha llevado a que los hombres utilicen más la violencia. Una situación que requiere más medidas y tener en cuenta este proceso dinámico, pero que es responsabilidad única del machismo.
  3. Críticas sobre el presupuesto invertido. Tal y como hemos explicado, las políticas desarrolladas han permitido sacar a la luz la violencia y las agresiones que sufren las mujeres por parte de los hombres, y ha facilitado que muchas mujeres hayan salido de la violencia a través de la denuncia, pero también, y de forma mayoritaria, por medio de la separación y el divorcio. Este proceso en gran parte se ha debido a los recursos que la LIVG y otras iniciativas han desarrollado sobre la concienciación, información, asistencia, atención, protección… si no hubieran existido recursos ninguna de esas medidas podrían haberse aplicado para que las mujeres puedan vivir libres y sin violencia.
  4. Argumentos para confundir y desviar la atención. El machismo siempre ha desarrollado diferentes estrategias para mantener su status y privilegios, es lo que tiene el poder, la capacidad de hacer cosas diferentes sin que se vean incongruentes ni resten. Por eso, al mismo tiempo que piden derogar la LIVG hay quien pide incluir en ella a los hombres, da igual el sinsentido del planteamiento, lo importante es la crítica y la confusión. Y en esa confusión es donde el posmachismo insiste con argumentos sempiternos como el de las denuncias falsas, la violencia que sufre los hombres, o la idea de que “violencia es violencia”… todo ello con la idea de conseguir dos objetivos:
    1. El primero es ocultar la violencia contra las mujeres entre otras violencias para que no se conozca bien su dimensión y consecuencias, tal y como sucedía en 2003 antes de la LIVG.
    2. El segundo va dirigido a desviar la mirada del origen y significado de la violencia contra las mujeres para ocultar la construcción del machismo y esa normalización que existe detrás de ella. Hablar de violencia doméstica o familiar, además de mezclar y confundir las distintas violencias, sitúa el problema en el escenario, ese ambiente familiar o doméstico, en lugar de hacerlo en la construcción de género que da lugar a la violencia contra las mujeres.
  5. El elemento manipulador y “desesperado” del machismo se aprecia de forma objetiva cuando entre sus argumentos para cuestionar una ley introducen el ataque a las personas, organizaciones y movimientos que comparten la aplicación de dicha norma. Una situación tan “desesperada” la del machismo que no dudan en introducir los clásicos ataques a las “Ministras de Zapatero”, pues no soportan que mujeres jóvenes, valiosas y capaces, como Bibiana Aído y Leire Pajín, hayan sido las responsables de desarrollar e implementar gran parte de las políticas que han llevado al fracaso del machismo.

Su fracaso está claro, si la LIVG no fuera exitosa para erradicar la violencia contra las mujeres y para ayudar a consolidar la Igualdad, el machismo no se molestaría en cuestionarla ni en pedir que se derogue, y si esta ley no fuera tan buena en sus objetivos, tampoco habría sido premiada en 2014 por Naciones Unidas, el World Future Council y la Unión Interparlamentaria, como una de las mejores leyes del mundo.

La violencia del machismo es el gran drama que aún tenemos que padecer como consecuencia de su realidad, aunque ahora sea una realidad fracasada. Pero el siguiente paso es la erradicación del machismo para que ya no exista ni como fracaso, y el feminismo y una sociedad democrática lo van a conseguir.

Vox y la Tercera Ley de Newton

La cultura es el hábitat de la convivencia como la naturaleza es el de la vida. Entre las dos hay elementos comunes y diferencias importantes basadas en el distinto significado de cada una; así, mientras que la naturaleza es un proceso “natural” sometido a las leyes del universo, la cultura es una construcción artificial bajo las leyes de los hombres, unos hombres que en su día decidieron lo que es bueno y necesario para organizarse y relacionarse, es decir, para vivir en desigualdad y con una serie de privilegios sobre las mujeres y cualquier otra persona a la que consideren inferior.

El aprendizaje y la interrelación entre naturaleza y cultura a través del mandato de los hombres ha llevado a entender que gran parte de las claves del poder está en la dominación, y que su estrategia debe basarse en la adopción de sus leyes para adaptarlas a las de la cultura, desde la Ley de la Gravedad que da peso a lo cuantitativo, a la Teoría de la Relatividad que luego se lo quita según interese al poder. Y entre ellas no falta la “Tercera ley de Newton”, conocida como “principio de acción-reacción”.

Sorprende que en este contexto, desde la política y los muchos análisis que se han hecho estos días no se vea esta dinámica, y se crea que la causalidad sólo está en el valor de las acciones, como si toda la sociedad fuera homogénea y como si desde la diversidad y pluralidad que la caracteriza se reaccionara siempre del mismo modo frente a propuestas e iniciativas. Se entiende, por ejemplo, que “nunca llueve a gusto de todos”, por muy necesaria que sea la lluvia y por muy suave que caiga para que no se produzcan daños, pero, en cambio, no se entiende que ante las políticas que garantizan  derechos, corrigen injusticias y mejoran la convivencia, haya quien las interprete como una “inundación” de sus ideas, valores, creencias, costumbres… y se reaccione con la misma agresividad y violencia que interpretan en esas medidas “invasoras” a favor de los Derechos Humanos.

La convivencia se basa en trabajar por lo común, no sólo proponer medidas al espacio compartido desde cada una de las posiciones. Convivir en un pueblo no es encontrarse en la plaza pública, sino lograr vivir la idea de pueblo en cada calle y en cada casa.

El auge de la ultraderecha y la llegada de Vox al Parlamento de Andalucía tiene varias causas, pero creo que la primera es esa “Tercera ley de Newton” ante situaciones, iniciativas, políticas… en definitiva, ante determinadas acciones que se han desarrollado, y que desde esa extrema derecha se consideran como un ataque a sus ideales y a su ideología.

Esta reacción a determinadas acciones concretas la vemos en sus propios argumentos y en las razones dadas por los dirigentes de Vox para justificar sus propuestas y su “necesaria presencia”. Todo gira alrededor de esa idea “trumpiana” de “lo mío primero”, y lo mío no es solo la idea de territorio o país, sino que quien piensa de ese modo sobre el territorio piensa también que “mis valores son primero”, “mis ideas primero”, “mis creencias primero”, “mi color de piel primero”, “mi sexo primero”… y por lo tanto, cuando se produce una acción diferente a esa visión egocéntrica, androcéntrica, etnocéntrica, geocéntrica… ellos reaccionan y apoyan a quienes defienden esas ideas y valores.

Esa es la fuerza de Vox, dividirlo todo en cuestiones particulares y unirlas bajo elementos simbólicos cargados de romanticismo, o sea, de subjetividad y de las referencias seguras del pasado.

Por eso, frente a la situación en Cataluña generada por el independentismo reacciona y alza la idea de una España “grande y libre”, ante la ley de Memoria Histórica reacciona y pide el olvido interesado, frente a las autonomías reacciona y plantea el Estado centralizado del pasado, ante Europa reacciona y copia aquello de “España primero”, frente a la “izquierda bolivariana de los <<Podemitas>>”reacciona y presenta su ultraderecha franquista, y ante la Igualdad reacciona y reivindica el machismo formal (no sólo funcional), y dominador de las esferas públicas y privadas…

Todas son cuestiones concretas sazonadas con los problemas económicos de ahora, y acompañadas de los elementos de temporada (corrupción política, desesperanza, percepción de amenaza, de que no hay salida…) y sobre todo miedo, mucho miedo, pues el miedo es el ruido de la política. Como se puede observar, no se trata sólo de una reacción global que sucede en toda Europa, el auge de la ultraderecha europea y Vox ya existían hace 4 años y entonces no hubo un apoyo en las urnas. Toda reacción necesita un enganche con la realidad, y Vox ha sabido canalizar los miedos y la preocupación sobre las acciones concretas que se han llevado a cabo estos últimos años y algunos acontecimientos ocurridos, para aglutinar la reacción en sentido contrario, además de aprovechar la visibilidad que se le ha dado y la pesca de insatisfacción a través de las “redes sociales de arrastre”.

A diferencia de muchas de las propuestas de los otros partidos, que parten de un diagnóstico más general y proponen soluciones más difusas (mejorar la educación, mejorar la sanidad, desarrollar la Ley de Dependencia…) el mensaje de Vox no es nada abstracto, todo lo contrario, es pura concreción sobre la destrucción: hacer desaparecer las Comunidades Autónomas, acabar con la Ley de Memoria Histórica, quitarle la autonomía a Cataluña, derogar la Ley Integral contra la Violencia de Género, echar a los inmigrantes…, pues parte de unos hechos objetivos sobre los que reacciona para alcanzar situaciones que ya han existido en el pasado. La referencia objetiva es doble, tanto en la causa como en la solución.

La situación se complica a partir de ahora. Ya se ha roto el miedo a identificarse con sus ideas y propuestas, o simplemente a aceptar su diagnóstico de la situación, lo vemos en las matizaciones que hacen desde el PP y Ciudadanos, pero sobre todo en algunos tertulianos que refuerzan sus argumentos sin pudor en los debates. No hay que olvidar que Vox juega con toda la construcción cultural histórica que ha mantenido como referencias sus postulados: machismo, centralismo, xenofobia, homofobia… No necesitan cambiar nada, sólo generar duda para que la gente se quede donde ha estado. A Vox no se le puede vencer en una especie de partida de partidos, la forma de lograr que la democracia vuelva a los valores comunes recogidos en la Constitución es convencer a la gente para que los apoye desde el compromiso, no sólo con los votos.

Creer que las manifestaciones, críticas, campañas… los puede debilitar es desconocer las razones por las que han llegado al Parlamento andaluz, cuanto más se les ataque más sólida será su reacción y más numerosos los apoyos, pues en definitiva se les estará dando la razón al demostrar que los sectores que ellos presentan como ilegítimos e interesados, y que consideran que se están enriqueciendo con el dinero de todos para intereses particulares (izquierda radical, feministas, animalistas, ecologistas, extranjeros…), están preocupados por su llegada. En definitiva, la “prueba del nueve” para Vox.

Vox significa menos democracia, por lo tanto la solución es más democracia, y hoy por hoy eso supone más Igualdad y definir un modelo de sociedad basado en el respeto y la convivencia, no sólo poner en marcha medidas para alejarnos de la desigualdad y su injusticia.